
Pese a amasar un palmarés inigualable con 19 años, el ‘10’ del Barça está sometido a una fiscalización sorprendente.
Lo primero es ir a las fuentes y la pregunta era sencilla, casi como la respuesta. “¿Le pasa algo a Lamine?”. “No”. El proceso de fiscalización al ‘10’ del Barça, un chico de 19 años recién cumplidos, en apenas dos jornadas de Liga ha resultado tan excesivo que ha obligado a una consulta a su entorno que pudo resultar casi retórica. Siete remates, tres de ellos a puerta, cinco pases clave, y una sensación de superioridad evidente en el juego contra el Athletic pese a estar lejos de su mejor momento de forma es una estadística que no responde a una corriente de comentarios excesivos sobre su gestualidad. Lamine, que suma 153 partidos oficiales con el Barça (a un gol del 50) y es el campeón combinado de Eurocopa y Mundial más joven de la historia, lleva ocho sin sumar un gol o una asistencia directa a su estadística (forzó el penalti del 1-0 en la semifinal del Mundial contra Francia). Puede tener algún motivo para estar serio porque le gusta impactar en los partidos, pero la temporada apenas ha caminado aún. Existe un peligro descomunal con Lamine al que es ajeno incluso el jugador pese a sus récords de precocidad y haber alcanzado ya éxitos colectivos que otros no tuvieron. La obsesión por darle valor a su carrera en función de su longevidad, poniéndola a medir con Messi o Cristiano como quien compara a Alcaraz con Nadal, es una calamidad que impide medir el palmarés que está amasando ya a estas alturas. Si la gente que le rodea no está excesivamente preocupada por él, resulta curioso que otros se enfaden. Lamine ya ha dado muestras suficientes de saber en qué mundo está porque participa de él; también de lo que ha llegado a trascender. Y es posible que en algún momento de su carrera esa situación que él cree tener controlada pueda rebasarle, todos tienen altos y bajos, pero no parece que esa cámara siniestra que le persigue vaya a poder con él.
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