No sé si es justo o no pero, visto lo visto, si este argentino hizo algo grande en el mundo fue poner en valor su carácter protector.

No tuve el gusto de conocerlo. Jamás interactuamos. Y ni siquiera me lo crucé en uno de miles de campos a los que, sin saberlo, asistimos al unísono para ver el mismo partido. Sin embargo, asimilados mil testimonios después con emoción, admiro su grandeza. Como si en vez del padre de Messi, alguien tan familiar y lejano a la vez, se hayan escrito ríos de tinta sobre el viejo de mi mejor amigo. No sé si es justo o no pero, visto lo visto, si este argentino hizo algo grande en el mundo fue poner en valor su carácter protector. No pasará a la historia como hijo, hermano o marido con 68 años de trayectoria, ni tampoco como obrero, vecino o representante; sino como padre. Y eso, con todo lo que he experimentado y veo alrededor del balón, pone los pelos de punta. Cómo ha de ser su legado para que Real Madrid y Barcelona, en mitad de una guerra sin cuartel, hicieran un hueco en sus agendas este fin de semana para homenajear sus funciones como progenitor. Como futbolistas flipé con padres que, allá en la grada, insultaban al entrenador que intentaba formar a diario a su chaval, al que se sentaba enfrente simplemente por su rol de adversario, al de negro por dirigir como podía el tráfico y a todo lo que se moviera en dirección contraria a sus planes y expectativas. Las peleas, que las hubo, he preferido borrarlas del sistema. También he sufrido a papás entrando a un vestuario para estrellar en el pecho del mentor una medalla recién salida del horno. Al parecer, tenía pecados en el reparto de minutos. Y he asistido con mirada virgen de promesa al peloteo al staff, a base de regalos, para que el figura de turno siempre estuviera en la alineación y les sacara de la pobreza (mental). Ya de periodista, no puedo olvidar al añorado padre de Portillo gritarle a Vanderlei Luxemburgo, en mitad de un entrenamiento en la Ciudad del Fútbol de Las Rozas, que Raúl estaba tapando la progresión de su crío. O cómo, ya en este siglo, nada más conocerse algún once importante de la Selección de la era dorada en la que Del Bosque y Aragonés llevaban el timón, algún pirómano incendiaba los chats de medio mundo en busca de revancha. Su retoño no saldría en la foto oficial y, claro, convenía airearlo por injusto. Ahora, como asesor en rendimiento psico-deportivo en toda cantera que abre las puertas, tengo historias para otro libro. Padres que llevan al McDonals a sus joyas si ganan y, por el contrario, les privan del refuerzo si pierden a modo de castigo. Supuestos guías espirituales que, acabado el encuentro de autos, jamás pregunta a su vástago si se ha divertido o no y por qué. Sólo importa el resultado y si ha marcado. Sin saber que esas exigencias provocan, no en pocos casos, estrés precompetitivo y hasta angustia posterior. Más por dar explicaciones que por la pérdida de puntos. Incluso por ahí andan cabezas de familia que siempre tienen una excusa para acudir a las tutorías y a los talleres formativos para ser una ayuda y no una piedra en el camino, pero que se piden el día libre en el curro para dedicarse en cuerpo y alma a su momento crucial de la semana: no perder detalle, aconsejar, grabar y hasta trazar la estrategia del bolo benjamín que enfrenta en el barrio al Nottingham Prisa con el Aston Birra. Claro que también hay padres con comportamientos de lo más correctos. La pena es que escasean, si los hay les da cosa dar el cante —como el que no tiras pipas al suelo o utiliza bien el imperativo— y, por tanto, no contagian al resto. Ser padre es una responsabilidad tremenda. Por eso no lo soy. Los hay que pecan por exceso y otros por defecto. Por eso hay que alabar, como en el caso de Jorge, el término medio. Estar siempre a la distancia exacta es un don. Y ser tan respetado por ello en cada rincón, un acontecimiento que debería motivar al resto de mortales. Acompañó a Leo a Barcelona siendo un crío. En las buenas y en las malas. Que hubo de todo. Le preguntó con tacto si quería seguir con el reto de ser el mejor jugador del mundo que es o prefería cruzar del nuevo el charco y reagruparse con la familia. Le dio aliento en los días de gloria, con las Champions de Guardiola y Luis Enrique y los ocho Balones de Oro. Salió del Camp Nou con la cabeza alta hace cinco años. Siempre estuvo ahí en París o Miami. Y fue un apoyo constante para cargar con la responsabilidad de todo un país. Normal que Leo diera su vida por regalarle el Mundial de Qatar en 2022. Y lógico que llorara como un crío tras perder otra ocasión de homenajearle ante España. No le importó pelear, este mismo verano, entre lágrimas sabedor de la que se avecinaba. Siempre ha jugado a la pelota, sobre todo, para que él se enorgulleciera. Y así seguirá siendo. Descanse en paz. Y gracias por tanto. Más importante que aparezcan jugadores como Leo es que nos rodeen padres como usted.