
Quiera o no, aunque con otra acepción, sigue siendo «The Special One». Otra cosa será cuando sucedan, muy pronto, un par de cosas.
Ya hemos visto que Flick no se anda con postureos en su camino hacia la perfección. Ha dado por finalizado el ciclo de un killer como Lewandowski, al que pese a los achaques se le seguían cayendo los goles. Abre la puerta a Ferran de nuestras vidas, recordando al mundo que fue él mismo el que cada día dejó claro, con la distribución de minutos, que el delantero es mejor de lo que parece y peor de lo que se cree. No le ha importado no tener atado a un nueve como recambio y que cubra el socavón. Con Rashford, otro de los que aportaban pólvora a la causa, ni se ha inmutado pese a poder hacer uso de una cláusula muy ajustada tal y como está el mercado. Hasta ha dejado salir a dos capitanes de la talla de Ter Stegen y Araújo. Y no se ha cortado bajando a Roony y Casadó de un avión rumbo a Udine. Bromas, las justas. Pese a venir de ganar la Liga y la Supercopa. Con Simeone, si continuamos mirando a las alturas antes de que arranque de manera oficial la temporada, más de lo mismo. Ni rastro de sonrisas. Vive en tensión. Que se lo digan a sus compatriotas. Almada ya está fuera. Y Julián Alvarez, pase lo que pase, sudará de lo lindo y jamás olvidará esta pretemporada. La asertividad, en la hoja de ruta del Cholo, es el único camino para resucitar a un campeón bastante herido. De Mourinho, pese a su fama de ogro, nos llega que le parece todo genial dos meses después de su regreso triunfal al Real Madrid. Más allá de las marchas ya cantadas, los notarios de la actualidad cuentan que está radiante con los fichajes realizados hasta la fecha, con las renovaciones, las cesiones, con los que se agarran a una última oportunidad, con las operaciones frustradas e incluso con las espantadas. Nada le ha empujado aún a sacar aquel viejo colmillo. Y si lo ha hecho, ha sido en la intimidad o en el documental de Netflix, que es del ayer y no del hoy. Con el tiempo escucharemos a Carvajal, Alaba o Gonzalo. El portugués parece tan feliz en esta nueva luna de miel que no parece preocuparle que Mendy siga hasta 2028, que Camavinga sea su cerebro y que tenga más mediapuntas en nómina de los que caben en un terreno de juego y una alineación. El míster me recuerda estos días a cualquiera de nosotros, mortales, en alguna etapa vital: A esa criatura a la que le han caído de Reyes unas zapatillas nuevas que no esperaba y que se las pone hasta para dormir. Al adolescente que una vez hizo alguna que otra gamberrada en el pasado y que hoy comparece, como padre de familia, en aquel patio donde la liaba como si no hubiera huellas y nadie se acordara de nada. Al guaperas del barrio que dejó a la novia porque supuestamente se iba a comer el mundo y, en su regreso, le pide renovar los votos sin hablar de sus escarceos en Reino Unido, Roma, Lisboa y Estambul. A ese travieso estudiante reinsertado que se autoimpone no hacer más ruido, comportarse en la mesa y saludar al cruzarse con cada vecino. A ese currela que hizo la maleta en busca de mayor reconocimiento laboral y ahora, sabedor de que fuera hace demasiado frío, regresa a casa, sale lo mínimo de ella y, atrincherado, pide hasta el pan por Amazon. A ese agitador de 47 años que, en 2010, no se perdía un festival rock & roll con calimocho en mano; y que hoy, 16 años después y con 63 a las espaldas, propone un plan de tranqui con té y pastas en la ópera. A ese parado al que papá, quién si no, le da cobijo otra vez en sus faldas y una buena paga para que reconduzca una carrera que iba bien y se fue torciendo. A ese sabio jubilado que baja de la casa de campo, donde es un ermitaño, para apurar su vida otra vez en el asfalto sin saber quién son Rodri, Lamine y Negreira. Quiera o no, aunque con otra acepción, el papel de Mourinho sigue siendo el de The Special One. Otra cosa será cuando sucedan, muy pronto, un par de cosas trascendentes. La primera, que se acabe la verbena del ficherío, donde se ha impuesto la moda de querer airear novedades cada cinco minutos por las exigencias de las redes cuando, a menudo, las partes, con 20 días de margen, debaten una vez a la semana. Y la segunda, cuando ruede el balón, el personal exija que las estrellas defiendan, que el centro del campo del Barça no promulgue una nueva dictadura y que aquí ya no vale plantarse en semifinales. Ahí sabremos si este nuevo Mou es real o se trata de un simple trampantojo. Analicen sus propias experiencias y apuesten.
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