
La FIFA implantó las pausas de hidratación para proteger la salud de los futbolistas.
Más partidos, más espectáculo, más audiencia... y mucho más dinero. El Mundial de Estados Unidos, México y Canadá no solo ha aumentado el tamaño del torneo; también puede haber marcado el inicio de una nueva forma de entender el fútbol en el que las pausas de hidratación ya no solo se explican desde la medicina. También condicionan la táctica, generan un nuevo negocio para las televisiones y han abierto un debate sobre el futuro del juego. ¿Estamos ante un cambio puntual o ante una norma que ha venido para quedarse? Hasta el año pasado, la pausa de hidratación era una excepción. Nació en Brasil 2014, cuando el árbitro detuvo por primera vez un partido oficial por el calor: octavos de final, Holanda-México, 39 grados en el césped. Desde entonces, la interrupción solo se activaba cuando el termómetro —medido con el índice WBGT, que combina temperatura, humedad y radiación solar— superaba un umbral de riesgo real, en torno a los 32 grados, y quedaba a cargo del árbitro. Así funcionó el Mundial de Clubes de 2025: pausas opcionales, solo cuando el calor lo justificaba. Fue el aviso. En el Mundial de 2026 ya no hubo excepciones. El debatido ‘cooling break’ hizo acto de presencia en el minuto 22 de cada parte, durante tres minutos (siete horas y media en todo el Mundial), en cualquier estadio y con cualquier clima. No importó que hubiera techo cerrado o aire acondicionado. En este Mundial ha pasado a ser una norma. De la excepción médica a la norma universal hay solo dos años de distancia. Y doce, si se cuenta desde Brasil 2014. Gianni Infantino defendió la medida durante el torneo: “La razón principal es el calor. Queremos garantizar que todos jueguen en las mismas condiciones. Es muy difícil aceptar que un entrenador pueda influir en un partido porque hace más calor, mientras que otro no tenga esa posibilidad”. El presidente de la FIFA insistió en que “no hay ingresos adicionales para el organismo, porque todos los acuerdos comerciales se firmaron con mucha antelación. Es puramente deportivo”. ¿Qué justifica este cambio desde la fisiología? “Cuando la deshidratación alcanza solo un 2% del peso corporal, el rendimiento cognitivo y físico empieza a deteriorarse de forma medible”, explica a AS Víctor Jiménez Aransay, fisioterapeuta especializado en alto rendimiento y que ha trabajado con futbolistas como Luka Modric o Marco Asensio. Un futbolista puede perder entre dos y cuatro litros de líquido en un partido de mucho calor. Cuando la temperatura corporal supera los 39 grados, el organismo activa un mecanismo de defensa en el que el sistema nervioso central reduce el impulso motor para proteger los órganos vitales. Es el golpe de calor, una emergencia con riesgo de daño multiorgánico. ¿Sirven de verdad tres minutos? “No para recuperar al futbolista —algo imposible en tan poco tiempo—, sino para retrasar la aparición de la fatiga. El objetivo real es hidratar, enfriar y preparar el siguiente tramo del partido: beber poco a poco, aplicar hielo o toallas frías, bajar pulsaciones, controlar la respiración”, matiza Jiménez. Pero avisa de que la pausa no debería aplicarse de cualquier manera: defiende aplicar criterios objetivos basados en el índice WBGT en lugar de mirar solo el termómetro. “Si existe un riesgo para la salud del futbolista, la pausa debe aplicarse sin ningún tipo de discusión”, afirma. El problema llega cuando el parón se repite igual en un mediodía de Miami que en una noche templada de Toronto: entonces, las implicaciones de la medida pueden trascender las cuestiones médicas, cortando, por ejemplo, el ritmo del partido, tal y como lo explicó Carlo Ancelotti tras la eliminación de Brasil: “Perdimos el Mundial en la pausa de hidratación contra Noruega”. Los datos de Driblab respaldan esa percepción: en los cinco minutos posteriores a las 208 pausas del Mundial se marcaron 25 goles, frente a 15 en los cinco anteriores. Lejos de reequilibrar los partidos, el parón solía reforzar al equipo que ya llevaba la iniciativa. O permitiendo una de las estampas más icónicas del torneo, la de Mauricio Pochettino dando indicaciones tácticas a los jugadores estadounidenses en su ordenador portátil. En el partido inaugural, incluso, FOX se llegó a perder el reinicio del juego tras la segunda pausa debido a que los anuncios se alargaron más de la cuenta. “En Estados Unidos no teníamos esto«, recuerda a AS ‘Voro’ González, que jugó el Mundial de 1994. Treinta años después admite, como Cafú o Roberto Carlos, que aquellas pausas habrían sido bienvenidas, aunque también reconoce su enorme valor táctico como entrenador: “Son minutos de oro para hablar con los jugadores, corregir cosas y afianzar conceptos en caliente”, explica Voro. ¿Se ha convertido entonces en un tiempo muerto encubierto? Sin llegar a la etiqueta de la NBA o la NFL, la función es parecida: reorganizar el dibujo, corregir a varios futbolistas a la vez y frenar el ritmo que el rival acababa de imponer. Reconoce que, en la práctica, favorece más a quien necesita frenar el juego que a quien lo domina. Pero avisa de la deriva: “Si han venido para quedarse porque son un momento para introducir publicidad y demás, entonces cambia el concepto del fútbol. Los partidos ya no tendrían dos partes, sino prácticamente cuatro. Le quita parte de la esencia al fútbol y cambia radicalmente el juego. Visto lo que ha pasado en el Mundial y que vamos hacia un fútbol en el que se intenta sacar rendimiento económico de cualquier cosa, puede ser que ocurra”. Las críticas de los protagonistas han sido numerosas y contundentes. Para Marcelo Bielsa, rompen “el alma del fútbol” y alteran su naturaleza. Thomas Tuchel va en la misma línea: “Rompen el ritmo competitivo”, lamenta. Didier Deschamps dejó la imagen más gráfica del torneo: “Ahora jugaremos cuatro cuartos. Corta todo, pero la industria está contenta; hay más anuncios”. Mauricio Pochettino solo les encuentra sentido cuando el calor es extremo y no entiende que sean obligatorias incluso en estadios cubiertos. Gustavo Alfaro, seleccionador de Ecuador, alertó de la creciente comercialización del juego y reclamó “defender” la esencia del fútbol. Incluso Arsène Wenger, director de Desarrollo Global del Fútbol de la FIFA, ha admitido que la medida no es popular y que el organismo la revisará. Esa es la gran paradoja. Lo que para las televisiones supone una oportunidad de negocio sin precedentes, para muchos aficionados representa un paso más hacia la comercialización extrema del fútbol. Cada partido genera 4 minutos y 20 segundos nuevos de publicidad que antes no existían. Multiplicado por los 104 encuentros del torneo, son 7 horas y media de anuncios adicionales. Se trata de hasta 8 espacios de 30 segundos por partido, 832 anuncios nuevos en total, en un Mundial que hasta ahora, en este deporte, apenas tenía hueco comercial dentro del propio juego. Por ejemplo, la BBC cifra en entre 200.000 (unos 170.000 euros) y 300.000 dólares (unos 260.000 euros) lo que gana FOX Sports por cada anuncio de 30 segundos durante esas pausas; en las rondas finales, hasta 750.000 (unos 650.000 euros). Solo en Estados Unidos, la cadena ingresará más de 250 millones de dólares (unos 215 millones de euros). Y la cifra, extrapolada al resto del planeta, se dispara: los analistas citados por la misma fuente calculan que la hidratación moverá más de 1.000 millones de dólares (unos 860 millones de euros) en publicidad a nivel mundial. Ningún parón por motivos de salud, en toda la historia del deporte, ha facturado tanto. Una mina de oro. La FIFA nunca ha presentado estas pausas como una herramienta para aumentar ingresos. Sin embargo, al permitir que las televisiones comercializaran esos minutos, abrió una ventana publicitaria inédita en el fútbol. Y esto, avisa Forbes, apunta a ser un anticipo del futuro. Este modelo convierte cada minuto de emisión en un activo comercial que fue este Mundial sienta las bases para que las próximas negociaciones de derechos televisivos ya no vendan 90 minutos de fútbol, sino un evento fragmentado, con bloques publicitarios garantizados que antes no existían. Entre 2022 y 2026, esos derechos ya han subido de 3.426 (unos 2.950 millones de euros) a 3.925 millones de dólares (unos 3.380 millones de euros), un 15% más, apunta la BBC. La propia FIFA calcula que sus ingresos publicitarios crecerán cerca de un 50%. Esos cuatro cuartos a los que aludía Deschamps no solo son una anécdota, describen un modelo de negocio calcado del fútbol americano, con sus tiempos muertos, su publicidad embutida entre jugada y jugada y una audiencia cautiva. “La FIFA está introduciendo elementos que le permiten generar más recursos. Es un objetivo claro, explica Ángel Barajas, presidente de la Sociedad Española de Economía del Deporte, a la Cadena SER. La institución suprema del fútbol mundial insiste en que la decisión responde únicamente a criterios médicos. Sin embargo, aunque no cobre directamente por cada anuncio, el aumento del valor de los derechos televisivos sí beneficia a su próxima negociación. Economistas consultados por la BBC lo explican sin rodeos: cuando un producto empieza a generar más ingresos, es extremadamente difícil dar marcha atrás. “Creo que esto ha llegado para quedarse, especialmente en los torneos organizados por la FIFA“, explica Thomas Peeters, profesor de Economía del Deporte, que indica: “Una vez que una norma crea una nueva fuente de dinero, eliminarla supone enfrentarse a los intereses comerciales que ya la han integrado en sus previsiones. Las televisiones que han pagado por esos bloques no van a renunciar a ellos sin resistencia”. La UEFA, en cambio, ha sido igual de tajante en sentido contrario: no aplicará este sistema ni en la Champions ni en la Eurocopa. La CONMEBOL ha hecho justo lo opuesto: ya ha anunciado pausas de hidratación en la Libertadores y la Sudamericana, aunque de 90 segundos, no idénticas a las del Mundial. LaLiga solo lo hará cuando los termómetros superen los 32 grados. Ya ocurrió con los cinco cambios. Nacieron como una solución de emergencia durante la pandemia y terminaron incorporándose al reglamento. Las pausas de hidratación podrían recorrer el mismo camino. Lo que empezó como una medida para proteger la salud de los futbolistas ya influye en la táctica, altera el ritmo de los partidos y ha abierto una nueva fuente de ingresos para la industria audiovisual. “Han llegado para quedarse, pero eso no significa que deban aplicarse siempre de la misma manera”, advierte Víctor Jiménez. El desafío, a partir de ahora, será decidir dónde termina la protección del jugador y dónde empieza la transformación del fútbol.
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