
El malagueño ya demostró en el Mundial lo importante que es para un equipo, convirtiéndose en el máximo asistente de Marruecos y uno de los mayores de la ci
El Teresa Herrera es un torneo tradicional y maravilloso que ilustró mi infancia escuchando por la radio en verano esos partidazos en los que el Madrid era recibido en Riazor con banderas blancas y ovaciones sonoras gracias a la presencia de su paisano y exdeportivista Amancio Amaro. Un torneo con pedigrí al que el Madrid siempre ha guardado el máximo respeto, como demostró en 2013 acudiendo gratuitamente para aliviar la terrible crisis económica que atravesaban los gallegos. Esta edición, la décima que conquistan los blancos, no vimos nada especialmente superlativo, pero la tropa de Mou siempre tiene jugadores disciplinados y comprometidos que dan la cara. Uno de ellos es Brahim. El malagueño ya demostró en el Mundial lo importante que es para un equipo, convirtiéndose en el máximo asistente de Marruecos y uno de los mayores de la cita planetaria. No se da importancia ni le veremos nunca en una entrevista quejándose por no tener más minutos. Asume su rol y se limita a demostrar cada vez que sale que tiene un talento natural y una capacidad para desequilibrar desde la mediapunta hasta convertirse en un problema para los rivales. La Torre de Hércules viajó hasta la capital gracias a un gol de estupenda ejecución de Brahim. Lunin se convirtió en el aliado ideal con un pase majestuoso con el brazo derecho de 45 metros. Pero a partir de ahí Brahim sacó la varita con un control de pecho, una conducción en carrera y una definición propia de un crack. Lo que es. Quizás no sea titular. Pero se lo merece.
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