

La élite suele castigar inventos como el de Trent ante el Inter y no invita a insistir con Bernardo o Güler de pivotes.
La profesión de mediocentro está de moda. La Selección, el Barça y Rodri, con su Balón de Oro y su margarita este verano, han contribuido a que la demarcación y su importancia en el juego colectivo esté en boca de todos. Pero también el Atleti, con la renovación de Koke. Y el Real Madrid, con su añoranza por Tchouameni, el orgullo de recuperar al mejor Valverde y las oposiciones creadas en este arranque por las bajas y las dudas con Camavinga. Tal ha sido la búsqueda de Mourinho por encontrar soluciones de urgencia que ha ido probando en esa posición un día a Bernardo Silva, otro a Güler e incluso a Trent, a sabiendas de que sus quehaceres diarios son distintos y mientras hornea a fuego lento a la cantera. Y el resultado ha sido más o menos el esperado: para mediocentro no vale cualquiera. Jugar ahí equivale a tener mil virtudes y casi ningún defecto. La misma RAE ya da pistas de las exigencias que tiene un centrocampista: “Miembro de un equipo que tiene como misión principal contener los avances del equipo contrario en el centro del campo y ayudar tanto a la defensa como a la delantera del equipo propio”. Algo que parece fácil pero no lo es. A Trent, sin ir más lejos, no le valió en su examen como apagafuegos ante el Inter tener un prodigioso toque y un físico endiablado. No tiró a portería ni asistió como suele. Acertó un centro de cuatro. Perdió siete balones de los 35 que tocó, alguno peligroso, con un 83% de acierto en el pase y sólo 11 en campo contrario, y sumó dos robos y tres conducciones. No hay noticias de que se acercarse al área rival. Las apariciones de Bernardo días antes le sirvieron para desaparecer de los onces. Y a Güler, antaño, ya le condenó alguna pérdida dolorosa en la salida en ese territorio Kroos. Los experimentos invitan a no insistir por esa vía y abrazarse al regreso de pivotes de nacimiento. Y, además, le recuerdan al técnico portugués que ese puesto de mando son palabras mayores. Su delegado, Miguel Porlán Chendo, podría dar un Máster al respecto. Toshack, animado por la dictadura de la Quinta del Buitre en la Liga en los años ochenta, se atrevió a poner al legendario lateral derecho al frente de la sala de máquinas. Y aunque el defensa resolvió la papeleta con la soltura que ya había demostrado anteriormente en un par de ocasiones con Beenhakker a modo de parche, pronto echó el freno. Los pesos pesados de ese vestuario recomendaron al técnico galés que se dejarse de probaturas. Resultado de la rectificación: otra Liga y récord de 107 goles. Schuster sabe bien lo que supone que un entrenador te cambie el paso y da fe de que el gremio de mediocentros es para elegidos ya que, encontrar la polivalencia perfecta alcanzada por Stones, Lahm o Kimmich, es complicado: “Es interesante este tema. Yo jugaba de centrocampista, pero en Alemania, en el Madrid y al final en el Leverkusen a veces me ponían de líbero. En la selección, porque se había retirado una leyenda como Beckenbauer y buscaban un nuevo kaiser, pero eso lo hacía mejor Uli [Stielike]. En la Liga [coindiciendo con el efecto Chendo] se atrevió a hacerlo Toshack por poco tiempo. Y todos los entrenadores buscaban lo mismo. Sacarla jugada con más criterio de como se hacía antes. Lo de Milla, Guardiola y Busquets no era lo normal en mi época, donde se lanzaba más en largo para luego llevarte la segunda jugada”. “La diferencia de jugar en un puesto u otro es enorme”, reconoce Schuster. Y da su explicación: “Como medio, si vienes de ser central, al principio te sientes más perdido hasta que te habitúas. Necesitas rodaje. Tocas el doble de balones y no puedes perderlo. Tienes que tener una visión mucho más abierta, todo el mundo te busca como si fueras Redondo, tienes más estímulos, hay que filtrar pases, distribuir, llegar al área... De central es otra cosa. Siempre juegas de cara. De pivote estás de espaldas y eso es difícil por muy bueno que seas como Ramos o Trent. Eso sí, peor es ser pivote y pasar a central. A mí me sucedió y... Detrás no tienes a nadie, debes ser contundente porque no puedes perder duelos y, en mi caso, me faltaba velocidad para perseguir al rival. No todo el mundo puede jugar igual en las dos posiciones”. En este siglo sólo Beckham supo reciclarse a tiempo en el Madrid por delante de la zaga, empujado por el amor propio de haber sido desterrado previamente por Capello, primero de la banda y luego de la convocatoria. Después, las ocurrencias han salido caras. Así lo dicen algunos resultados y, más que nada, el hecho de que la mayoría no hiciera carrera en su nuevo rol. Sergio Ramos duró poco como guía. Pese a la insistencia generalizada en el club. Luxemburgo fue el primero que lo intentó y su cuadrado mágico asaltó por los aires. López Caro repitió hasta que le llamaron al orden. Y hasta Ancelotti, en su primera aventura en el Bernabéu, vio en él al cerebro del equipo que el club no lograba comprar ni crear en Valdebebas. El propio Mourinho vio cómo su apuesta por Pepe en un Clásico de Champions descolocó a todo el equipo y desquició al personal en su obsesivo plan de frenar a Messi. Ni qué decir del hecho de que el valiente movimiento hubiera sido desvelado horas antes por la prensa. Y también recurrió a Albiol en algún que otro rato, animado por su pasado como creador. Sin embargo, The Special One no se rindió. Se lanzó de nuevo tiempo después a hacer algo similar como técnico del Chelsea y puso a Kurt Zouma para atar a Fellaini. Así que, ya se sabe: no hay dos sin tres. Siempre que se da la opción, Huijsen suena en las quinielas con fuerza. Únicamente falta que el resultado de la prueba sea lo fructífera que se desea o, al menos, genere debate. Hasta el punto de que el jurado premie algún día esa idea con un Balón de Oro que sólo han levantado desde esa posición nuestro líder de la Roja (2024), Sammer (1996) y Matthäus (1990), porque Modric (2018) y Nedved (2003) mandaban desde ese balcón pero, en realidad, eran otro prototipo de mediocentros bastante más inquietos. En el Madrid hay buenos espejos en los que fijarse, como el de Sanchis, que animan a seguir intentándolo, aunque siempre ha sido más habitual recorrer el camino inverso y dar un paso atrás para siempre desde la medular a la trinchera. Así lo hizo Hierro, le imitó Helguera (“demostraré que soy centrocampista” dijo para volver a su puesto) y coquetearon desde Casemiro a Tchouameni, que por cierto ya está listo, como Thiago Pitarch, para acabar con la incertidumbre de las probaturas. Di Stéfano, que es la referencia prioritaria con la que inspirarse a diario, jugó de absolutamente todo, medio incluido. Tanto, que en un River-Boca disputado en el 49 en el Monumental se puso la zamarra amarilla de portero, sin encajar, para suplir a un guardameta malherido. Y ahí sigue en pie Pirri, en ese cargo de presidente honorífico que se ganó a pulso tras ser jugador, secretario técnico y médico en la Castellana. El hombre de la Laureada, con 562 partidos de blanco, arrancaba un día desde la mediapunta hasta golear como un verdadero nueve, otro como repartidor por delante de Zoco o Camacho y alguno más como coche escoba o central. Fue, es y será el mejor ejemplo. Para Tchouameni e imitadores incluidos.
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