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Cuando la segunda parte comenzó, los leones emergieron del túnel de vestuarios limándose las garras. Comenzaba la caza y a los rojiblancos de fuera se iban a comer. Un minuto bastó. Con un minuto fue suficiente para desnudar a este Atleti del Cholo al que San Mamés volvió a desnudar en tres zarpazos. El Atlético que salía calcado a Sevilla aunque ya tuviera nueves en el banco Simeone, ese David al que quitarle el forro y ese Julián obligado a redimirse. El Athletic casi igual salvo el detalle de que Iñaki era el 9 y Yeray aparecía atrás por eso de darle otra vuelta a la llave. Kang-in regresaba a San Mamés con el 7 de ese que ya nunca más, Griezmann, y enseguida quiso saludarlo como hubiera hecho aquel: quebrándole a Yuri la cintura para sacarse de la bota un disparo cruzado que se estampó en la base del palo para regresar al lado desde el que fue disparado tras recorrer toda la línea de gol. El Atleti había salido con aire Sevilla aunque pareciera vestir en pijama, con esa camiseta gris de rayas horizontales, cuello y botones que esta temporada es su tercera. Si el fin había sido el palo del surcoreano, el medio, cómo le había llegado el balón, con el Atleti sacándolo desde atrás, aguantando la presión y escondérsela al Athletic como en un truco de magia, hasta hacérsela llegar. Declaración de intenciones. Este iba a ser un partido made in San Mamés. De ritmo, alternativas y dos equipos buscándose el híegado con la frente alta. La respuesta del Athletic a la jugada de Kang-in fue cambiar de área la amenaza. Un Athletic vertical y rápido, tal y como lo quiere Terzic. El Atleti dejó de entenderse con el balón, atabalado en cuanto lo perdía o daba cuatro toques seguidos: el quinto ya no le salía. Oblak sentía el aliento del león con un zurdazo de Sancet al lateral de la red tras cazar una pelota que había quedado suelta en el área. Unai para el Atleti estaba siempre ya lejos, pero Baena lo vio adelantado e intentó sorprenderle con un misil desde su campo. Casi. Recuperó balón el Atleti tras la pausa de hidratación cuando el partido había perdido chispa quizá por el calor, treinta grados y humedad en la tarde de Bilbao. El Atleti volvía a entenderse con la pelota. Solo necesitaba calma, cabeza y Hjulmand. Lo que prometieron que era Gallagher era en realidad este danés que jugaba en Portugal. Omnipresente, abarcaba mucho campo, siempre cómo y donde debía en la presión alta. Buen tío, además. Avisó al árbitro para que parase el partido después de que, tras una colisión con Yeray, éste quedase tendido. Terminaría el Athletic la parte con su futbolista fuera, atendido por el golpe en la cabeza, mientras Barrios estampaba la segunda pelota rojiblanca en la madera. Pero a Simeone la faltaba un 9 sobre la hierba y enseguida Terzic se lo enseñó. Debió echarse el Atleti una cabezacita en el descanso, por eso de acompañar la camiseta, la hora también acompañaba, que cuando regresó el partido no se dio cuenta que todo había cambiado. San Mamés ahora era una selva de asientos rojos y los leones tenían hambre. Y los del Cholo eran la presa. El primer zarpazo llegó al minuto. En una jugada cocinada por los Williams. Nico para Navarro, Navarro para Iñaki. El mayor de los hermanos disparó primero aunque mordido, pero ahí estaba el pequeño para el rechace y batir a Oblak de cabeza. 1-0. Enseguida llegaría el siguiente. Un miuto después. Catorce segundos de juego efectivo. En una contra rápida y efectiva como cuchillada a la yugular. Los protagonistas, los mismos. El pequeño de los Williams recupera, el mayor prolonga para Navarro que recorta a Grimaldo y la cruza a media altura para volver a masticarse a Oblak cuando el Atleti no se había levantado aún del zarpazo anterior. San Mamés rugía. Simeone cambiaba a cuatro: Cuti Romero, Arnau, Koke y Julián a los leones. El primero redebutaba, esta vez lejos del Metropolitano, para que en este tramo de partidos fuera de casa aplaque los picos con implicación. Al menos salió como solía cuando solo era la Araña y no Julián El Traidor. Mientras el Athletic candaba su área, todos los hombres de Terzic repartidos por ella, el Atleti solo con Julián rascó una ocasión. Un Julián que recortó, giró y disparó raso con la izquierda desde la frontal para encontrarse con el portero de la final del Mundial, que sacó la mano como un semáforo. Y ya. Al Atleti le costaba hasta alcanzar su área, instalarse en el campo rival. Del Athletic, los duelos. Del Athletic, las recuperaciones. Del Athletic, el vértigo. Del Athletic, la agresividad. Del Athletic, la personalidad. Ante un Atleti que si algo tenía era falta de ideas. Los cambios nada cambiaron. Todo a peor. Y la puerta del área abierta de par en par. Porque del Athletic también sería el lazo, la guinda, la puntilla. Ese gol que Sancet llevaba todo el partido buscando. Lo encontró tras otra jugada iniciada en Iñaki que trató de cortar Cardoso pero no. El Atleti se va a Anfield despedazado tras otra tarde de leones convertidos en dragones en San Mamés.
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