
Exhibición del equipo de Mourinho en la primera mitad. Dos goles de Bellingham, el segundo en colaboración con Puga, y uno de Mbappé.
Antes de que cambie el viento (sople el Inter o el que venga), el Madrid decidió regalarse un recital ante el Málaga, recién ascendido con pretensiones. Pagó caro el atrevimiento. Muchas de las figuras del Madrid tienen una cuenta pendiente y prisa por saldarla. Bellingham, el primero. Dos asistencias frente a la Real, dos goles (el segundo, a medias con Puga) ante el Málaga, para demostrar que es futbolista para el rastreo y para la caza. El Mundial le ha devuelto el color que tuvo en su primera temporada. También la jerarquía. Mbappé siguió a lo suyo. Sus goles le están dando tiempo a Vinicius, el más retrasado en el despegue. El Málaga no quiso acorazarse, sino responder, pero una plantilla sin apenas fichajes y sin experiencia en Primera no le da para mucho más. Ayudó a que el estadio lo pasara bien. Empieza a volverse creyente en Mourinho. Cinco partidos en dieciocho días, el último de ellos frente al Inter, procedente del eurobombo de los cocodrilos, una tarde frente a un recién ascendido y en el Bernabéu. Argumentos todos de peso para que Mourinho, que había repetido once en los dos primeros partidos, cambiara a cinco de golpe. Eso sí, sin rozar lo intocable, Bellingham, Vinicius y Mbappé, santísima trinidad para el portugués y para sus antecesores. Ellos siguen formando el grueso del equipo de salvamento y socorrismo. En cualquier caso, la sacudida llevó al banquillo a Arda Güler, MVP del verano, y a la titularidad, al fin, a Cucurella, cuya plaza apunta a fija. Los demás, Trent, Rüdiger, Camavinga o Valverde, son cara B, al menos hasta que la temporada demuestre lo contrario. También Diomande, suplente de nuevo, aunque su precio le abrirá un hueco más pronto que tarde. Juan Funes, en cambio, apenas tocó su alineación respecto a los dos partidos anteriores. Todos los que puso ya le acompañaron en esa fabulosa aventura del ascenso, incluidos Larrubia y Chupe, dos revoltosos que están por descubrir en Primera. En definitiva, un equipo de fuerte arraigo, canterano, con un solo extranjero, buenos automatismos, buen gusto y una valentía impropia de quien ha estado ocho años sin pisar la máxima categoría. Al Madrid le costó ir al grano. Fue el suyo, al comienzo, un dominio hueco, sin continuidad. Para partidos así, ante rivales que abren el paraguas desde del comienzo, parecen especialmente útiles Bernardo Silva y Arda Güler, los mejores de la plantilla cuando escasea el terreno. El Málaga tuvo una buena salida en las dos direcciones. Concedía pocos espacios atrás y daba algún buen estirón en ataque. Suya fue la primera oportunidad, una larga combinación culminada con remate de Joaquín. El disparo no se enroscó como perseguía el extremo. La cuestión es que el Madrid no necesita al coro. Suelta a un solista cada poco y resuelve. Esta vez fue Bellingham el que alzó la voz. En versión Mundial inició un eslálom siempre buscando un último pase y como no apareció, fue volviéndose cada vez más intrépido para, ya en el área pequeña, resolver de tiro raso y cruzado. Podría decirse que marcó porque no le quedó otro remedio. Reclamó falta el Málaga porque en el inicio de la jugada el inglés se protegió poniendo la mano en el pecho de Recio, que teatralizó el contacto. A Martínez Munera, al VAR y al mundo en general les pareció venial. El gol fue suficiente para deshacer al Málaga, que tendrá que esperar para una vida mejor en Primera. El Madrid se vio en vuelo, movió la pelota de lado a lado, involucró a sus laterales, se aplicó en la recuperación y se encontró con un segundo gol, en maniobra de Mbappé, con remate a la media vuelta, rechace de Herrero y cabezazo de Bellingham que Puga acertó a tocar pero no a sacar. En cierto modo se produjo un cambio de registro respecto a partidos anterior. Fueron los goles los que animaron al Madrid a presionar cada vez más arriba y a robar con prontitud; en definitiva, a cumplir con las tareas del hogar. Dice la estadística que el Madrid es el equipo de Europa que más ocasiones produce tras la recuperación. Esta vez lo cumplía a rajatabla. En ese ambiente de fiesta y ante un rival al que no le gusta encerrarse hizo el tercero Mbappé, que voleó casi a ras de suelo un envío preciso de Trent. Ese pie de terciopelo es el gran activo del inglés, que necesita hacer migas con el Bernabéu. Al descanso, el partido y el Málaga estaban liquidados con el Madrid jugando a placer, sin oposición y con verdaderas ganas de agradar a un estadio que lleva dos años con la mosca tras la oreja. Así que el equipo no levantó el pie. Era una tarde para un reconciliación duradera y puso especial empeño en que se notara. Con un Málaga ya desarmado siguió volcándose sobre el área de Herrero. Bellingham volvió a ser el primero en levantar la mano al soltar un latigazo de zurda que reventó el palo. Con ese viento de cola entró Diomande, al que la afición está deseando conocer. El equipo no lo ha necesitado hasta ahora, pero lo hará pronto. Se soltó tres regates en su primera acción. Sabe que el Madrid no espera a nadie sea cual sea su precio. Con todo decidido, el Málaga quiso al menos salvar su imagen. Tuvo más posesión y rozó el gol en un disparo lejano pero picante de Juan Cruz. Redujo a tres sus defensores en esa recta final, cuando el Madrid reposaba y solo amenazaba en el contragolpe, pero no le dio para adecentar el resultado. Munuera hizo lo que pudo al pitar un penalti por mano de Diomande, producto de un rebote, que el VAR le obligó a corregir. Y el Madrid, que ahorraba energía, completó la sinfonía con un gol de Güler. Vinicius, que tamborileó menos de lo habitual, le asistió para salvar una tarde gris.
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