

Las lágrimas del nuevo extremo racinguista, que hoy podría debutar contra el Rayo, recuerdan los casos de Messi, Luis Suárez, Zapater, Kaká, Redondo...
A veces no hay mayor signo de amor que decir adiós, aunque duela. Las lágrimas de Pablo García y su madre Celia, mientras abandonaban la ciudad deportiva del Betis en coche, decían mucho más que cualquier palabra. El máximo goleador de la cantera verdiblanca, roto de dolor, dejaba atrás una vida entera. Su club desde prebenjamín había cerrado su traspaso al Racing por unos 5,5 millones, aunque se guardaba un derecho de tanteo y el 50% del jugador. A pesar de que sus condiciones mejoran —cuadriplicarán su salario—, el extremo de La Rojita se marchaba roto y entre un cruce de acusaciones sobre quién tenía la culpa. Su entorno apuntaba al club y este, al jugador. “Llegué al Betis con cinco años. Me voy después de casi 14 creciendo con estas 13 barras. Aquí aprendí a jugar, competir, perder, ganar y soñar. Pasé por todas las categorías de la cantera hasta cumplir el sueño de debutar con el primer equipo. Viví goles especiales y momentos que me acompañarán siempre. El Betis ha sido mi casa desde niño. Y aunque ahora toque seguir mi camino, hay algo que no cambia. Me voy orgulloso de todo lo vivido, agradecido a cada persona que formó parte del camino y con la certeza de que esto siempre será parte de mí. Llegué siendo un niño bético y me voy siendo futbolista”, expresó en una emotiva carta de despedida. No es un caso único. Muchos blaugranas aún llevan clavadas las lágrimas de Messi en su despedida. La grave situación económica del Barça —unida a la nueva normativa de LaLiga— impidió que el mejor jugador de su historia pudiera firmar un nuevo contrato y se vio obligado a poner rumbo al PSG. “Hice todo lo posible para quedarme. Es lo que quería y no pudo ser. Este es el momento más difícil de mi carrera. Esto ya no vuelve. Es el final en este club y ahora comienza una nueva historia”, lamentaba el argentino, que aterrizó en La Masia con 13 años y se marchó 21 después. La historia de Luis Suárez y el Barça terminó con una llamada de teléfono. Al otro lado de la línea estaba su entrenador, Koeman, quien le dijo que no contaba con él. Una ruptura, después de seis temporadas de relación, que terminó en lágrimas. El delantero uruguayo hizo las maletas para partir al Atlético como el tercer máximo goleador de la historia azulgrana. “Cada jugador tiene su momento y si el club piensa que hasta aquí llegó el mío hay que aceptarlo y al revés también. Es difícil, uno tiene familia y es complicado irte, pero son cosas del fútbol. Me lo esperaba, ya se había dicho antes de que Koeman me lo comunicase. No tenía problemas para dar un paso al lado, pero quería seguir entrenando mientras buscaba una solución. El técnico estuvo de acuerdo”, explicaba. El adiós de Zapater tampoco fue fácil. El Zaragoza decidió no renovar a su eterno capitán, cuando estaba a punto de cumplir 38 años, y su despedida fue una declaración de amor. Sin reproches. Sin rencor. “Los finales son difíciles para todos. Yo hablé con el club y ya está. El Zaragoza está por encima de cualquiera y si ha pasado así es porque tenía que pasar. Me voy feliz porque he dejado huella”, dijo emocionado el centrocampista. Más traumática fue la salida de Dani Sánchez del Málaga. El lateral izquierdo tenía contrato y la noticia de que no contaban con él le pilló de improviso. Al no querer marcharse, el club malagueño le rescindió y ahora su caso puede terminar en los juzgados, como un mal divorcio. Atrás quedan momentos dulces como sus ascensos a Segunda y a Primera y el cariño de un vestuario, donde se sentía importante. Hay más clubes que, este verano, han invitado a salir a jugadores que no se hubieran ido. La Real Sociedad abrió las puertas a Karrikaburu, que no entraba en los planes de la dirección deportiva y el Athletic, a Gorosabel, Adama Boiro y Vencedor, que no contaban para Terzic. La historia del fútbol está salpicada de otros casos como estos. “Mi intención fue siempre quedarme, no sé qué pasó ahí dentro, son más cosas de los representantes. Me llevé lo más lindo, la última ovación del Bernabéu”, confesaba Di María respecto a su salida del Real Madrid. Tampoco Gerrard quiso abandonar el Liverpool: “Amé cada minuto. Estoy devastado con la idea de no jugar más ante mi afición. Si me hubieran ofrecido un contrato antes de la temporada hubiera firmado”. Los problemas económicos obligaron a Kaká a dejar el Milan: “Mi voluntad era permanecer allí, pero la crisis financiera mundial afectó a diversos clubes y en particular a ese”. No fue el único afectado en el club rossoneri. También tuvo que hacer las maletas Thiago Silva: “Fue una pena irme sin decir adiós, pero es que no sabía que me iba”. El dinero y el destino influyeron en el futuro de Payet en el Marsella: “No sabía que el club estaba tan mal financieramente. Tenía que vender y el traspaso de Imbulla se retrasó, así que fui yo el sacrificado”. Más duro se mostró Drogba con el Marsella: “Desde que llegué hasta mi partida, no he olvidado nada... como esa salida que yo no quería. Me explicaron que debía irme, por el club y por mí, pero lo viví como una traición”. La despedida de Redondo del Madrid fue un paso más allá y sacó a la hinchada a la calle. Hubo manifestaciones pidiendo que se quedara, pero tuvo que poner rumbo al Milan por unos 18 millones de euros. El tiempo secó todas esas lágrimas, pero nunca borró el recuerdo.
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