

El Rayo se despide del exilio con una importante victoria comandada por Álvaro. Roberto, una vez más, marcó y recortó distancias.
El adiós a Butarque suena aún mejor cuando le precede una victoria. Esta despedida no es amarga ni duele, porque pone punto final a un exilio que ha durado tres partidos —en los que se ha mantenido invicto— y ha parecido una eternidad. Álvaro lideró este importante triunfo, con un gol y una asistencia, ante un Espanyol que resucitó con la diana del omnipresente Roberto y buscó incansable el empate. Los franjirrojos se van al parón en mitad de la tabla y con la mirada puesta en su regreso a Vallecas. El Rayo llegó puntual a su cita con Butarque. A los dos minutos y en la primera contra, ya había encarrilado el partido, gracias a Álvaro. El utrerano cazó un mal despeje de El Hilali a un disparo a bocajarro de Pedro Díaz y espoleó a los suyos, que querían más ante un Espanyol al que le costaba reaccionar. No despertó hasta el minuto 20, cuando Bauza se sacó un zapatazo desde fuera de la frontal que se marchó rozando el palo. Ahí los visitantes comenzaron a tener más presencia en el área de Audero. Eso fue solo un espejismo, porque la Franja volvió para golpear. Primero reclamó un penalti sobre Tsitaishvili y, acto seguido, Pedrosa hizo una pared a toda velocidad con Álvaro y, de un zurdazo cruzado, batió a Dmitrovic y pidió perdón a sus ex. No se conformaban los locales. Tsitaishvili se sacó de la chistera una parábola casi perfecta, que se perdió por poco, y Camello tuvo la sentencia, pero cruzó demasiado su remate. Los de Manolo apenas tenían pulso. Apenas reaccionaban, después de los dos golpes vallecanos. Pedrosa y Tsitaishvili lo intentaron, pero sus tiros terminaron desviados y otro de Camello se estrelló contra la madera. El Espanyol se fue al descanso sin hacer ni un solo tiro entre los tres palos y con un escaso 30% de posesión. El guion cambió en la segunda mitad. El Rayo salió a morder con un lanzamiento de falta de Unai muy alto y los pericos se encomendaron a San Roberto, el que nunca falla. El delantero espanyolista tiró de velocidad para plantarse en el área, recortar y ejecutar a Audero, firmando su sexta diana e insuflando oxígeno a los suyos. A partir de ahí, repletos de confianza, los visitantes decidieron probar a Audero, que sacó la manopla para desbaratar un latigazo de Riedel y otro disparo de Javi Hernández. Las tornas se habían cambiado y el Espanyol llevaba la voz cantante. Los cambios de Manolo surtieron efecto y el empate parecía más cerca —Bryan Zaragoza perdonó en el añadido—, pero el marcador finalmente no se movió. El Rayo respiró y miró por última vez a esa grada desangelada. Regresa al abrigo del hogar y de la familia. Vallecas volverá a animar y a pelear. Volverá a entonar La Vida Pirata. Volverá a sonreír, después de unos meses difíciles. Porque el barrio recupera algo más que fútbol. Recupera a su equipo. Su alma.
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