
El Madrid de Mourinho cierra la pretemporada con brillantez y sin fisuras. 0-3 en el 25º aniversario del estadio del Schalke.
El fichaje más caro de la historia del Real Madrid se hizo esperar. Yan Diomande no aparecía en la tablilla del once titular anunciado por el canal del club una hora antes de la cita germana, dejando un poco plof al personal, que necesita ver a esa perla de ébano que hace dos años dibujaba sus primeros lienzos futbolísticos en Butarque. O sea, en Leganés. La cuna sagrada de un jabato irrepetible como Dani Carvajal. Y la de otro madridista ilustre que está que la rompe en esas pistas de tenis que ha puesto a sus pies: Rafa Jódar. Mou le dio la última media hora. No hay prisa. Tiene 19 años. Su yogur no tiene fecha de caducidad. Triunfará. Eso sí, Mourinho sí decidió no esperar más con Mbappé, el Bota de Oro del Mundial y máximo goleador histórico de esa cumbre cuatrienal en la que ha superado al mismísimo Messi jugando la mitad de ediciones. Un jugador especial. Diferencial. Que va por libre. Posiblemente. Pero cuando se trata de perforar redes enemigas es un cheque al portador. Se le caen los goles de sus botas imantadas de alto diseño. En 12 minutos aterrorizó a los voluntariosos zagueros del equipo minero y a Karius, ese amigo que en Kiev fue el jugador número 12 del Madrid, pero que ahora ha encontrado la luz y el arte de parar en Gelsenkirchen. Pero Kylian no se apiadó de él al agradecer la ‘asistencia’ de Schallenberg. El estadio enmudecía cada vez que el ’10′ tocaba la pelota. Mbappé es el auténtico jefe, en el césped, de este proyecto diseñado para reencontrar la ruta de los títulos. Y se le ve más implicado. Mejor agarrarse a sus lomos. A la tercera será la vencida... Su pareja de baile de los dos últimos cursos, el renovado Vini, le escoltó a la izquierda, y a la derecha el autor del golazo que vale una Torre de Hércules: Brahim. De la medular cayó, por fin, el desconcertante (y desconcertado) Camavinga, para probar con esa dupla formada por Fede Valverde y el sabio Bernardo Silva, con el mago Arda Güler por delante. Y atrás la mayor novedad fue el debut de Konaté, ese musculado central que se ha dedicado en vacaciones a adelgazar para llegar a Madrid en perfecto estado de revista. Mou agradeció su esfuerzo dándole el caramelo de la titularidad. El fichaje más popular y celebrado por el madridismo militante, Cucurella, también se hizo esperar, pero en el segundo acto ya pudimos disfrutar con su vigor habitual, con esa melena icónica que lleva grabadas dos estrellas en su cuero cabelludo. La grada le pitaba. No olvidan lo de la Eurocopa y aquel penalti reclamado. Cucu, ni caso. No saben perder. Y en la portería, esa zona pantanosa en la que el técnico portugués empezó en 2013 a labrar su abrupta salida del club en aquel tercer año tormentoso con las vacas sagradas del vestuario, regresó el THE GOAT en la materia, Tibu Courtois. El contexto sí importaba esta vez. No era un bolo más de verano, como los de Austria (2-2 con la Fiorentina) o Hungría (2-1 al Ferencvaros). Se jugaba en Gelsenkirchen, en el corazón de la cuenca minera del Ruhr. Pero les sonará más el nombre del Schalke 04 si les digo que aquí plantó sus reales, nunca mejor dicho, una de las grandes leyendas blancas de la historia: Raúl. El eterno ‘7’ dejó su sello en el Bernabéu con sus 323 goles, 741 partidos y tres Champions casi seguidas que acabaron la sequía madridista en la máxima competición continental (32 años de paréntesis desde la Sexta de los Ye-Yés en Bruselas’66). Pero si ustedes pasean por el Veltins Arena en cualquier partido de la Bundesliga, a la que han regresado ahora por la puerta grande tras tres años de destierro, verán un montón de camisetas del Schalke con el 7 a la espalda y el nombre de Raúl. Incluso, muchos llevan el nombre de ‘Señor Raúl’, como aquí se le conoce admirativamente tras firmar un bienio glorioso entre 2010 y 2012, con 40 goles, 15 asistencias, una Copa, una Supercopa y unas históricas semifinales de Champions en las que eliminó al Inter en el cruce de cuartos, que era el vigente campeón tras auparle a lo más alto un año antes... José Mourinho. Eso sí,el ‘7’ actual del Madrid, Vinicius, no despierta las mismas pasiones. Al igual que sucedió en A Coruña, cada vez que tocaba la pelota el brasileño le cayó una pitada indisimulada. Nunca se había enfrentado a ellos. No entiendo tanta crispación cuando Vini no hizo un sólo gesto que fuera desafiante. También pitaban a Cristiano, que aquí se hinchó a meterles goles en los duelos de Champions de 2014 (1-6) y 2015 (0-2). Mejor no darle más vueltas. La goleada dejó más notas positivas. Huijsen, que ya triunfó en la Roma con Mou, casi hace un doblete llegando como una fiera a balón parado. Dean quiere reivindicarse tras su annus horribilis. Seguirá creciendo. Y hablando de juventud, divino tesoro, el que sigue deslumbrando es Carlos Espí. En tres ratos con su flamante nueva camiseta lleva dos goles y otro anulado en Riazor con un fuera de juego milimétrico. Inevitable ilusionarse con el tanque de Tavernes de Valldigna, que se asemeja en una versión actualizada de un Joselu 2.0. El valenciano metió un gol de cabeza a la vieja usanza. Apunta a fichaje muy rentable. El Madrid de Mourinho cierra la pretemporada con una sólida brillantez. Sin grandes alardes, pero pasando por encima de los rivales gracias a un juego solidario que no deja rendijas. Courtois y Lunin van a dejar de vivir en el alambre y en ataque el equipo tiene un arsenal que aterroriza a las líneas enemigas. En la segunda patria de Raúl pueden dar fe. Un rodillo rosa les pasó por encima. Y el sábado, toca Cornellà. Esto tiene buena pinta.
MU
Real Madrid
Barcelona
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