
. Dejé de escuchar, por fin, ese mantra de que el Madrid no hacía fútbol, que me repetía uno que no acababa de entender la regla del fuera de juego
Cuando, por fin, se fue Mourinho, volvió la paz a las comidas con mis amigos. Dejé de escuchar, por fin, ese mantra de que el Madrid no hacía fútbol, que me repetía uno que no acababa de entender la regla del fuera de juego. Se me perdonó, por fin, que Casillas no fuera el portero del Madrid, aunque después de Lisboa ya me lo perdonarían de corazón. Fue irse, por fin, Mou y volver a disfrutar, por fin, de los vinos y las conversaciones. De la amistad de hacía treinta y tantos años. Yo compartía el pan de la derrota con Angelita, madre de Petón, que le admiraba. Le dedicó uno de sus libros de poemas, encomendándole a la Virgen. Le tenía por un hombre recto y le sublevaban sus acosadores. Pero hay que saber reconocer la realidad. Habían ganado. Es mejor así, Angelita, le consolaba en su duelo, aquí no podía ser feliz. Ni yo mismo aguantaba un día más aquella intensidad. A Mourinho, calificado de personaje divisivo, se le reprochó con dureza el fichaje de Luka Modric. Luka Modric. Debería poner fin al alegato. Pero aprendimos cosas, gracias a Mourinho, que debo mencionar. Mucho de la hipocresía, por ejemplo. Hablemos de fútbol, no de árbitros. Así contestaban a Mourinho en medios cuyo modelo de negocio se basa en la polémica arbitral. Algunos periodistas deben creer que hacen mucho bien al fútbol porque jamás cometerán la grosería de pronunciar la palabra Negreira. Llevan a gala no hablar nunca de los árbitros. Es verdad que coges uno al azar y la única vez que habló de los árbitros fue para escribir que de las nueve remontadas del Madrid en la Liga que ganó con Mourinho «ocho se agilizaron gracias a decisiones arbitrales polémicas». Esa fue, precisamente, la temporada que el Barcelona pagó 576.190 euros a Negreira. Esa y la anterior y la siguiente, etcétera. Pero era Mourinho el que destruía el juego limpio. Incluso «el estado de felicidad en que se encontraba el fútbol español», según dijo un gran periodista al que mucho admiro y respeto que siempre estuvo en la trinchera que había cavado desde antes de que Mourinho se sentara en el banquillo del Madrid. A la luz de lo que hoy sabemos, esa sensación de felicidad, cierta, se sustentaba en un estado de ignorancia supina. La que procede de negligencia en aprender o inquirir lo que puede y debe saberse, dice la Real Academia. Las copas de Europa del Madrid, está probado, no transmiten felicidad al fútbol español. Sumen a su tinglado comunicacional en el desasosiego. En el patético deber de convencer al público de que valen menos que una Liga. Los estados de felicidad mediática del fútbol español vienen a coincidir, por casualidad, con la hegemonía del Barcelona. Mourinho estaba, pues, en el ejercicio de su misión. Era la hegemonía del Barcelona, mansamente aceptada por un Madrid incapaz de ganar una eliminatoria europea durante ocho años, lo que venía a destruir. Y fue la percepción de su capacidad de destruirla lo que puso de su parte, y contra la narrativa uniforme, a muchos madridistas sin otros prejuicios que los de nuestra bandera, que ya son bastantes. Si muchos le deificaron, como se ha denunciado —¡qué escándalo, ni que fuera Simeone!—, no fue responsabilidad de él, sino ignorancia de ellos. Tanta o más vergüenza dan los que, en nuestro campo, aplaudieron la expulsión del portero del Madrid. El muro mediático que les condujo a disparase contra sí mismos, ese sí que merece una tesis doctoral. Con semejantes antecedentes nada extraña que, en su retorno, Mourinho tenga enfrente de forma casi unánime la más recta opinión de la prensa deportiva patria. Se ve que el «estilo de confrontación permanente», del que le acusa Relaño, aconseja la confrontación permanente preventiva. Aunque el resultado se parezca peligrosamente al de una profecía autocumplida. Cuando vuelvan a ganar y, por fin, se vaya Mourinho deseo que haya tenido el tiempo, los recursos y el acierto para construir un equipo. Justo lo que no ha sido el Madrid de las dos últimas temporadas. La causa de que el presidente que siempre lo consideró «su» entrenador haya vuelto a dar el mando a un constructor de equipos. Así sea.
MU
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Barcelona
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