
La salida de la leyenda, que vuelve a casa como asistente en el filial, obligó al Barça más limitado económicamente a tirar de ‘cincos’ que no funcionaron.
Cómo cambia el panorama. Y, sobre todo, qué rápido. El 28 de junio de 2023 el barcelonismo estaba ilusionado por el hecho de que Joan Laporta se lanzara a fichar a Oriol Romeu, canterano exiliado en el Girona que había sido una de las sensaciones de la temporada anterior. La dolorosa salida de Busquets, la negativa del Villarreal a dejar salir a Parejo, principal objetivo para sustituir a la leyenda, y las estrecheces económicas acumuladas empujaron a Xavi a decantarse por el mediocentro de Tarragona. Era barato, 3,4 millones de euros, y resultón. Se trataba del primer paso de los ocho totales que se darían para intentar llenar un vacío que, tres años después, y sin necesidad de jugar aún, sólo Rodrigo ha zanjado. Dar con la clave en esa demarcación ha sido una de las grandes preocupaciones del club durante todo este tiempo. Es donde realmente se condensa el sello de la Masia. El puesto que marca el paso del estilo. Y el mejor termómetro para el aficionado. Busquets no había decidido irse con Messi a Miami fruto de la frustración por no contar ya en el Camp Nou. En su última campaña había sido el sexto jugador con más minutos en la plantilla. Se iba un capitán dentro y fuera del campo. El Barça estaba tan exigido para encontrarle un recambio de garantías que se planteó absolutamente todo. Desde lanzarse con calderilla a por Zubimendi, Kimmich o Lo Celso, hasta apostar por el riesgo con Aleix García o Fresneda. Pero Xavi, que había coincidido con Oriol Romeu en la primera plantilla en el curso 2010-2011, rechazó ofrecimientos más jugosos como el de Ederson, que maravillaba con el Atalanta, y apostó por un producto de la casa, cocinado a fuego lento desde 2004, pese a que ni el mismo protagonista se veía en ese nuevo rol. Dos años antes había sido sincero: “No podría jugar en el Barça de Xavi. Si tuviese al nivel, estaría ya. Nunca me han llamado desde que me fui”. Y nada más llegar se mostró entre precavido y temeroso: “Llenar el vacío de Busquets es un reto”. Oriol Romeu llegó mediante un traspaso en el que se criticaron mucho las formas del Barça. Firmó tres años y jugó en esa temporada 2023-24 menos de lo esperado: 1.435 minutos distribuidos en 37 encuentros. Pese a empezar como indiscutible, fue puesto en duda a los tres meses, acabó siendo el 19º futbolista más utilizado y confirmó ciertas deficiencias que el propio centrocampista había aireado en el podcast La Sotana años antes de su regreso a Can Barça: “Cuando analizaba los partidos me di cuenta de que a partir del minuto 60 perdía dos o tres balones de manera innecesaria. Me vino entonces a la cabeza el fútbol de Xavi, y como tenía su teléfono por ahí le escribí para decirle que tenía ese problema para ver si me podía ayudar. Me respondió que cuando jugaba tenía odio a perder una pelota, que era lo peor del mundo y que sufría mucho. Y que ese odio a perder el balón le ayudó…”. Después de aquel año donde el alumno daba envuelto en presión tantos pases malos como buenos, Oriol volvió a Girona, donde nunca nada ya fue lo mismo, Más tarde pasó por el Southampton, donde durante años había sido todo un líder, y ahora milita en el Avispa Fukuoka de Japón lejos de la élite y de la presi. El fantasma de Busquets no dejaba de sobrevolar en el Barça. Algo que la Selección, mientras, sí había logrado solucionar con la firme apuesta de De la Fuente en Rodrigo desde la consecución de la Nations League en 2023 pasando por la Eurocopa del 2024 y sin olvidar el último Mundial. Xavi, sin el comodín ya de Oriol Romeu, tocado anímicamente a esas alturas, tuvo que rectificarse y se aferró a la inteligencia de Gundogan como primer parche. En otras ocasiones se vio obligado a retrasar a De Jong, tantas veces interior, con el riesgo de que ocupaba tanto espacio con ese don expansivo que dejaba de ser la referencia exigida. El técnico, nervioso por la irregularidad de los resultados y por la nula competitividad en la Champions, se animó a probar más cosas. Unos días a Sergi Roberto y otros, cuando se necesitaba jerarquía, pierna fuerte y un tapón, a Christiansen, central de nacimiento. Le costó tanto encontrar la luz a Xavi que retocó el 1-4-3-3, santo y seña blaugrana, para probar otros dibujos con dos pivotes que salvaran la papeleta. Pero nada. No hubo suerte. No aparecía la consistencia. Entre amagos de dimisiones, renovaciones en papel mojado y ruido, mucho ruido, Xavi acabó saliendo por la puerta de atrás para volver a la sombra, de la que ha salido ahora para aceptar el proyecto de la selección de Países Bajos. La llegada de Hansi Flick en 2024 vino acompañada de más pruebas en medio campo al mismo tiempo que Busquets, tan añorado, seguía impartiendo magisterio en Estados Unidos, con otra camiseta, otros socios y a otro ritmo. El técnico alemán dio el visto bueno a la cesión de Oriol Romeu a Girona. Y renovó la confianza en De Jong, que dio una vez más un paso al frente para erigirse como la alternativa principal por delante de la defensa. Eso sí, con la inestimable ayuda de Pedri para sacar el balón jugado y ocupar todo el espacio que abarcaba Busi pensando el doble y desplazándose la mitad. Sin embargo, no era suficiente y el plan se vino abajo por las dichosas lesiones. Así que por ahí aparecieron, por fe y también necesidad, dos nuevos productos del fútbol base como Casadó (que debutó con Xavi) y Bernal. Aun así, Flick sacrificó a Eric algún día, ya de vuelta tras una mili en Girona que le catapultó al estrellato, para dar empaque a la medular. Y así, hasta este nuevo verano, en el que el Barcelona se ha empeñado en no sufrir nunca más con el pivote. Ha fichado a Rodrigo, cuenta con Bernal hasta 2029 (de momento), siempre tendrá a De Jong en sus oraciones, tiene el colchón de Eric para las urgencias y ha recuperado al Busquets más genuino para que siga cuidando en la cantera con mimo cómo se fabrican las copias más prometedoras.
MU
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