
Hat-trick del francés para golear a la Real. Gran segundo tiempo del Madrid, dirigido por Bellingham y Güler. Vinicius, tanto y asistencia.
El partido tuvo coreografía y goles, frío y calor. Se exhibió la Copa del Mundo, hizo su reentrada en el Bernabéu Mourinho, marcó tres veces Mbappé, la afición pitó y se entusiasmó, el Madrid trasteó y apretó, la Real aguantó y se hundió. Muchos partidos en uno, aunque el de verdad lo ganó el Madrid apelando a su energía atómica. Le faltan automatismos, pero como lo sobran jugadores va tirando con ello hasta que Mourinho haga de sus estrellas una constelación armónica. Mourinho ya tiene todo el pasaje a bordo, pero no en el mismo estado, a lo que parece. Así que repitió los de Cornellà, que fueron azúcar y vinagre en una misma noche, dejó a tres de los seis fichajes fuera del once y mantuvo a Arda Güler y Bellingham, a la espera de que mariden (a balón parado lo hicieron estupendamente frente al Espanyol), al menos hasta que Diomande alcance el punto de forma. A Matarazzo, como le fueron peor las cosas ante el Betis, cambió a cuatro. Uno de ellos, Oyarzabal, que solo jugó media hora ante los andaluces, como nueve, a costa de sacrificar a Oskarsson, ese nueve islandés que aún no es Isak y quizá nunca lo sea. La Real anda muy retrasada en el mercado. A estas dos primeras jornadas ha llegado con bajas (Gorrotxa, Odriozola, Pablo Marín…) y sin fichajes. Tiene a punto a Sarr, central del Chelsea, y Héctor Fort, lateral del Barça, pero no firmaron a tiempo como para estar en el Bernabéu. Así que al choque llegó con los mismos del curso pasado, más algún canterano con buenas notas, y la intranquilidad de cinco derrotas consecutivas, cuatro en los últimos amistosos y la quinta en el estreno liguero. El Madrid tuvo el arranque de Cornellà. Cierta aplicación en la recuperación de la pelota sin exageraciones y constantes acometidas de Dumfries, al que la vocación interiorista de Arda Güler, que nunca se lanzará al espacio exterior, le daba cien metros de banda. El resto era más familiar: el recorrido de fuera hacia adentro de Vinicius, que le dio para un primer disparo alto, y el esprint desatado de Mbappé, cuyo primer tiro cruzado sin demasiadas posibilidades topó con los pies de Remiro. No hay jugador en el mundo con la aerodinámica del francés. También con los pies respondió Courtois a Oyarzabal, quien a pase de Kubo y en posición de mayor privilegio que la de Mbappé, no acertó a superar al belga. Fue el primer síntoma de que al Madrid le costó meterse el partido en la palma de la mano. Sucedía porque casi nada tramitaban Valverde y Bernardo Silva, en teoría el hombre que tiene el mapa del tesoro. Y Kubo salvaba, con su constante movilidad, la vigilancia de Carreras. Sucede desde hace tiempo, probablemente el transcurrido desde su último éxito, que el Madrid se vuelve, a ratos, distraído y olvida la misión. Camina entre la conexión y la desconexión, así que sus partidos carecen de uniformidad. Durante un tramo de la primera mitad monopolizó la pelota, hundió a la Real, se movió de lado a lado y fue el que sueña el Bernabéu. En aquella fase Remiro le ganó un mano a mano a Vinicius. Fue Mbappé quien le puso frente al meta blanquiazul. Parte del futuro del Madrid depende de que esa relación mejore. El equipo de Mourinho es vendaval o calma desesperante, no la lluvia fina que pide la afición. La falta de constancia del Madrid volvió a reavivar a la Real y enfadar al Bernabéu, al que no le queda un gramo de paciencia. Los primeros silbidos fueron el epílogo del que pudo ser gol del año. A un envío cruzado de Oyarzabal respondió Sergio Gómez con un voleón tremendo de zurda sin apenas ángulo que rozó el palo contrario. Un remate impresionante que cambió el humor del estadio. Para entonces ya calentaba todo el banquillo blanco, algo que viene a ser una señal de advertencia. Así se lo tomó el equipo, porque de inmediato Valverde filtró un pase interior a Mbappé, que en el control desarmó a los centrales y acribilló a Remiro. De él se esperan copas de plata, con orejas, a poder ser, y no botas de oro. En ello está. El Bernabéu pareció perdonarlo todo, incluso jaleó a Konaté, cuando un balón rebotado en él acabó sirviendo a Sucic el empate. Lo dicho, un estadio bajo una ducha escocesa. Entonces llegó al partido Cucurella, que se presentó en el Bernabéu paseando la Copa del Mundo en un pasillo abierto por ambos equipos, y apareció el Madrid que probablemente tiene en la cabeza Mourinho. Mejoró Bernardo Silva y recuperó su versión de pretemporada Arda Güler, el jugador con el fútbol más pegadizo de este Madrid. Abundaron las ocasiones. Remiro le sacó con los pies un remate a Mbappé y otro a Arda Gúler. La Real empezaba a verse sometida a un encierro, aunque mantenía un buen orden defensivo, pero nada es invulnerable a la colección de talento de que dispone al Madrid. Bellingham y Mbappé desactivaron el blindaje con una pared relámpago. Esta vez no perdonó el francés para firmar el doblete. A la Real no le quedaba más y el Madrid decidió volar. Vinicius marcó el tercero después de una cabezonada de Bellingham, que se negó a entregar un balón que parecía tener perdido para acabar poniéndole al brasileño la pelota casi en la línea de gol. Vinicius le sirvió luego el hat-trick a Mbappé y cambió los pitos por ovación. Se fue tan feliz como Mourinho.
MU
Real Madrid
Barcelona
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