
El mejor momento social del Málaga convive con una realidad tan ilusionante como frustrante: miles de malaguistas se quedan fuera.
No sorprende que el Málaga haya alcanzado el 99,96% de renovaciones en su campaña de abonados. Sorprendería lo contrario. Solo diez abonados decidieron no renovar su carné. Los otros 26.540 mantuvieron su compromiso con el club, un respaldo que permitirá cubrir esas escasas vacantes y volver a alcanzar el tope de 26.550 abonados, el pico histórico de la entidad, por segundo año consecutivo. No ha hecho falta una gran campaña de captación. Tampoco promociones extraordinarias. La inercia ya era imparable. Ya lo fue el verano pasado, cuando el equipo seguía en Segunda División y la lista de espera se disparó. El ascenso no ha hecho más que acelerar un fenómeno que llevaba tiempo creciendo. Muchos aficionados con varias décadas siguiendo al equipo aseguran no recordar una Malagamanía semejante ni siquiera en los años de la Champions. No es solo una cuestión de resultados. Basta con salir a la calle para comprobarlo. La camiseta blanquiazul vuelve a formar parte del paisaje cotidiano. Se ve en los colegios, en los barrios, en los paseos marítimos y en cualquier rincón de la provincia. Ya no resulta extraño cruzarse con un niño vestido del Málaga; se ha convertido en una imagen habitual. Cada nueva equipación genera una expectación enorme y el club también ha sabido alimentar ese sentimiento de pertenencia. La tercera camiseta, dedicada a los 103 municipios de la provincia, fue un acierto porque entendió algo evidente: el Málaga hace tiempo dejó de representar únicamente a una ciudad para convertirse en el equipo de toda una provincia. Las cerca de 200.000 personas que, según las estimaciones de las autoridades, salieron a celebrar el ascenso tampoco fueron una casualidad. Fueron la confirmación de una corriente social que llevaba años creciendo. La Academia siempre estuvo ahí. Siempre fue una fábrica de talento. La diferencia es que, cuando el club cayó al momento más delicado de su historia reciente, fueron esos cimientos los que sostuvieron el proyecto y terminaron devolviéndolo al fútbol profesional. Sobre esa base ha crecido un equipo con el que la gente se identifica. Un grupo formado, en buena parte, por chicos de la casa, de los barrios malagueños, cercanos, reconocibles y con un fuerte sentimiento de pertenencia. El proyecto de Loren Juarros y Juanfran Funes ha terminado de consolidar esa conexión. Que Juanfran Funes vaya a dar el pregón de la Feria de Málaga no es solo un reconocimiento a su trabajo. Es la prueba de la dimensión que ha adquirido el entrenador y del vínculo que este Málaga ha construido con la ciudad. Después de tantos errores acumulados durante años, también es justo reconocer cuando el club acierta. Y en la recuperación de ese sentimiento de pertenencia ha acertado de lleno. Pero el 99,96% también deja una lectura mucho menos amable. Hace no demasiado tiempo el reto era llenar La Rosaleda. Hoy el problema es exactamente el contrario. Miles de malaguistas quieren entrar y no pueden. Esa es la gran paradoja del momento que vive el club. Nunca había habido tanta gente queriendo acompañar al Málaga y, al mismo tiempo, nunca tantos aficionados se habían quedado sin la posibilidad de hacerlo desde la grada. La Rosaleda se ha quedado enana para la dimensión social que ha alcanzado el club. Las 17.000 personas que permanecen en la lista de espera son solo la parte visible del fenómeno. Detrás hay muchos más malaguistas que ni siquiera contemplan abonarse porque saben que, hoy por hoy, encontrar un sitio es prácticamente imposible. El malaguismo ha crecido hasta un punto en el que resulta imposible medir cuánta gente se ha quedado sin asiento. La consecuencia es tan ilusionante como frustrante. No hablamos de aficionados ocasionales. Hablamos de personas que sienten el club como propio, que quieren formar parte de su día a día y que, sencillamente, no tienen sitio. Y ahora la pelota está en el tejado de la ciudad y de las administraciones. El club ha crecido mucho más rápido que su estadio. Mientras el sentimiento blanquiazul no deja de expandirse, La Rosaleda hace tiempo que dejó de responder a esa realidad. El horizonte de 2032 aparece como la gran esperanza para que Málaga cuente con un estadio acorde a la dimensión que ha alcanzado su equipo. También como un calendario que muchos observan con lógico escepticismo. Durante años se discutió si el Málaga era el primer equipo de muchos malagueños. Hoy la realidad parece responder por sí sola. La pregunta ya no es quién siente al Málaga por encima de cualquier otro club. La pregunta es cuántos malaguistas se quedan sin sitio en La Rosaleda. Paradójicamente, el mayor éxito del Málaga también ha destapado su gran asignatura pendiente. El logro ya no es llenar La Rosaleda. El verdadero logro ha sido construir un malaguismo que hace tiempo dejó pequeño ese bendito estadio.
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