

Reencuentro entre el portugués y el club donde más puro se ha visto su estilo. Un vestuario devoto, su gesta en el Camp Nou y una Orejona 45 años después.
Poco queda, visible a ojos del profano, en el Inter que visitará este martes de aquel al que José Mourinho convirtió en tricampeón en 2010. El entrenador, Christian Chivu, fue pupilo suyo en el campo. Javier Zanetti, ahora vicepresidente, uno de sus legionarios. A otro que podrá saludar es a Marco Dellacasa, histórico jefe de fisioterapeutas del equipo nerazzurro. Pero da igual. El Inter es y será siempre casa para Mou. Si en algún sitio destiló la versión más pura de su estilo fue allí: la más salvaje (con permiso de los Clásicos en España) y la más ganadora. Amado las pocas veces que ha vuelto a Milán, incluso cuando lo hizo como entrenador de la Roma. Pero ahora es en el Bernabéu, el cénit, el éxtasis de la relación entre Mou y el mundo Inter. Pero hay que ir, como en todo, al origen. Y fue la desesperación de Massimo Moratti, el dueño de la Pirelli, que tenía que ver cómo el otro magnate de la ciudad (evidentemente, Berlusconi) ganaba Copas de Europa y él no. El Inter acumulaba 43 años esperando sentirse rey de Europa y Moratti había perdido la cuenta de los millones de liras primero y de euros después que había dilapidado para no ver la Orejona ni de lejos. Cuando Abramovich ejecutó a Mou en el Chelsea (septiembre de 2007) se gestó una semilla en forma de idea y con el enésimo fracaso europeo nerazzurro, ahora con Mancini y en ya en mayo de 2008, terminó de cumplir el plan. Cuando se vieron por primera vez para cenar Moratti se quedó prendado por un detalle, la aversión de Mou al salmón, “como si fuera kriptonita para él”. Eso y que veía ante sí a un ganador. Pero bien pudo salirle todo mal. André Vilas-Boas (asistente de Mou antes de volar en solitario) revela en el reciente documental Mourinho de Netflix que tras aquel mazazo en el Chelsea, además del Inter, tanto el Real Madrid como el Barcelona llamaron y con fuerza. Pero el Barça que parecía el favorito se quedó con Guardiola y el Inter se encontró el camino expedito. Como buen estratega, Mou venía preparándose para la posibilidad de entrenar en Italia. Meses de aprendizaje del idioma le permitieron entrar en el club como si fuera un duque de los Sforza. Dio su primera conferencia de prensa en italiano, usando incluso jerga (“No soy un pelele”, advirtió bien pronto a los medios) y agarró por las solapas al vestuario. Que, según el propio Mou en ese mismo documental, “tenía futbolistas muy mayores, pero aún tenían sueños”. A uno de los que primero se ganó es a uno que parecía fuera del club. “Mourinho fue un fenómeno. En su primer entrenamiento, llegó a Pinetina, todos estábamos en silencio, no volaba ni una mosca y dijo: ‘Oh también podéis reíros conmigo, eh’“, recordaba hace poco Marco Materazzi en una entrevista con Vieri. ”A partir de ahí, el ambiente se destensó y todo fue muy divertido...”. El de Setúbal rápido entró en sus mentes. Figo, que planeaba retirarse, quiso alargar un año más su estancia en el Inter. El management de Mou lo resumía Diego Milito años más tarde. “Logra que cada jugador rinda al cien por cien. Tiene la palabra justa en el momento indicado, el bastonazo cuando corresponde... Sabe proteger a su grupo. Siempre necesita de un enemigo enfrente para poder atacar y defender a su propio grupo, se inventa enemigos. Lo hace a propósito”. Lo corrobora Materazzi en el documental Mourinho a su visceral manera: “De cara al exterior José parece un mal sargento, pero con nosotros era un hermano, un padre y un hijo de puta alucinante...”. No sólo tuvo que emplear psicología. Había que lograr ganar. Mou fue prácticamente un monje. Cuando no estaba en el centro del entrenamiento interista en Appiano Gentile, se refugiaba en su casa, en Cernobbio, a 53 kilómetros al norte de Milán. Más de una vez ha dicho que en aquellos dos años, de la parte turística de Milán sólo conoce el Duomo y porque fue allí a celebrar los títulos interistas. No todos, la Champions no, pero ya volveremos a eso. Empezó a darle vueltas a la táctica. Pero sobre todo a cómo hacer de Ibrahimovic al fin un capocannoniere de verdad. El mejor. Esa 2008-09 bailó al son del sueco. “Con José era rock and roll, joder, cada día pasaba algo... me hizo ser más letal, me sentía intocable, pensaba que podía destruir a cualquiera”, dice con su risa medio bárbara el propio Ibra en ‘Mourinho’. Con él el Inter reventó la Serie A otra vez más. Pero estaba el botín principal. “Mou nos convenció de podíamos ganar en Europa”, insistía Zanetti en ese documental. Pues no. Dos goles de Cristiano para el Manchester United en cuartos de la Champions echaron abajo el telón. Cuentan que en el mismo vestuario le dijo a Moratti: “Dame cinco fichajes y la siguiente la ganamos”. Uno fue inesperado. Ibrahimovic pidió irse al Barça y pese al pesimismo de ver irse a su mejor jugador, Mou, cuco, solicitó que se metiera a Etoo en la operación como moneda de cambio. Ahí comenzó a edificar el éxito. Un camino en el que todo le salió al portugués a pedir de boca. A la par que la Copa de Italia y de nuevo el Scudetto, ganado en la última jornada, llegó la conquista definitiva. Se vengó primero de Abramovich en octavos (“No jugaba contra el Chelsea, era contra él”, recuerda Mou en el segundo episodio del documental) y luego del Barça que había preferido a Pep y la afición culé que se burlaba de él llamándole ‘El Traductor’ con aquella vuelta de las semifinales de mayo de 2010 en el Camp Nou. Las de la roja a Motta en el minuto 20, la de aguantar numantinamente el 3-1 de la ida con Etoo de lateral y la de celebrar corriendo como un poseso el triunfo recibiendo la lluvia de los aspersores. “No fue fútbol, fue resistir en una guerra, algo tribal”, resume Mou. Y la final del Bernabéu, claro. Pero ahí el Bayern apenas opuso resistencia a un rodillo empujado por el doblete de Diego Milito. Se jugaba otro partido en paralelo y no era desdeñable. El del futuro de Mourinho, ya tentado por Florentino Pérez desde semanas antes. “No podía estar en un lugar mejor, pero me quería ir al Real Madrid”, confiesa 16 años más tarde Mourinho en su documental. Era el elefante en la habitación mientras se preparaba esa noche decisiva. “No lo hablé con él antes para no romper el hechizo”, admitió Moratti. “Internamente me di cuenta de que tras la final no iba a ser más el entrenador”, diría Zanetti. “El Madrid quería firmar el contrato la noche antes de la final”, amplía Mou, “pensaban que si ganaba, podría cambiar de opinión, pero no quise firmar por respeto”. Pero no lo hizo. De hecho, ni volvió a Milán con el equipo y por eso la poderosa imagen de su despedida fue extraña, aquel abrazo entre lágrimas con Materazzi en el párking del Bernabéu. El portugués se fue a la francesa. “En mi mente era ganar e irme, porque si me subía al avión y lo celebraba con los fans, no me iba, pero ya había tomado una decisión, por eso tuve que escapar, huí de esa emoción, el trabajo estaba hecho”, explica casi dos décadas después. Su cuerpo se marchó pero su presencia espiritual siguió siendo tan poderosa entre la afición (que aún le venera) y en las entrañas del Inter, que desquició a alguno de sus sucesores. Según sacó a la luz años después Materazzi, Rafa Benítez hizo quitar el retrato de Mou de la sala de entrenamiento donde figuraban todos los entrenadores del club lombardo. “La historia del Inter no debe borrarse ni discutirse. Con ese gesto, Benítez mostró su carácter, el de una persona débil”, apuntilló el guerrillero central. Puro Inter de Mourinho.
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