

Exhibición de Yáñez en el regreso a la Youth League, 141 días después de levantarla. Derribó la muralla ‘nerazzurri’ con un doblete.
Podría llamarse el mal del campeón. Término oficioso mayoritariamente extendido en el tenis. Y que se resume fácil: cuando un tenista gana un torneo, mucho ojo al primer partido del siguiente. Esa primera ronda acostumbra a tener aspecto de manzana golden, pero tiende a envenenada. La teoría se examinaba hoy en el Di Stéfano. Hace 141 días, el Real Madrid ganaba la Youth League. Su segunda, tras aquella en 2020. Y la faena no iba sólo de vencer, sino de convencer de que nadie tenía la barriga llena. Que el colmillo sigue afilado; que el campeón, pisa como tal. Y así fue. Sin despistes, sin jugar con fuego. El Real Madrid, con Yáñez como abanderado estelar, firmó un partido sobresaliente. Prácticamente impecable. Y tumbó al Inter, incluso, desprendiendo síntomas de facilidad. Demostrando que hay hambre de más. Colmillo de campeón. El bloque es continuista y eso vale un potosí en este tipo de torneos. Son cinco jugadores y medio los que siguen, respecto a la final de Lausana: Joan Martínez, Lezcano, Carlos Díez, Yáñez y Ciria. Titulares en aquella contienda. El ‘medio’ corresponde a Lacosta, quien entrase entonces desde el banquillo, pero sigue creciendo y ya es titular en la sala de máquinas. Las novedades fueron Guille Ponce en portería −Javi Navarro, héroe de la final, será el segundo guardameta del primer equipo esta noche, con Lunin de baja por fiebre−, Guille González en el lateral derecho, Mateo Garrido como central, Cherif de pivote −sensación en los primeros compases de la pretemporada− y arriba, Yeremaiah Ramos, killer que cogiese el puente aéreo Academia-La Fábrica en 2024. Mucho talento. Quedó claro sobre el césped. Decir que el Real Madrid tiranizó la posesión es ser generoso con el Inter. Casi no hubo partido. Todo se reducía a la pregunta de cuándo llegaría el primero que, de no haberlo hecho, habría sido otra “anormalidad” consecutiva, como lo catalogaría Mourinho. Fue un martillo pilón con sangre fría. Sabedor de que la muralla nerazzurri se derribaba más con la astucia de un caballo de Troya, que con la embestida de un ariete. Balón de lado a lado; limpiaparabrisas. Y cuando recibían los extremos, verticalidad escoltada. Era una fórmula repetida hasta la saciedad, porque el Inter prácticamente no pisaba el campo rival. No le duraba el balón. Todo se reduce a un dato: al descanso, el Real Madrid llevaba diez tiros, por sólo dos del Inter. Dos que fueron mansos como una capibara. Era una cuestión de derribar la muralla. De tiempo. Y aunque por momentos se resistió −aunque el fútbol base de Italia no atraviesa su mejor momento, el amarrategui va en la sangre−, terminó sucediendo de la manera más insospechada. Balón a la espalda de la defensa y Sorino, lateral izquierdo, lo tocó para dibujar una involuntaria asistencia espectacular a Yáñez. Controló el balón en el área, recortó y disparó con potencia. Un zurdazo durísimo que superó a Farronato, también, gracias a que se lanzó demasiado y antes de tiempo. Fue como cuando el castillo, aparentemente robusto, se transforma en uno de naipes y se viene abajo por completo de un soplido. Para entonces, Yáñez ya había firmado varias diabluras por banda, originando tal dolor de cabeza en el propio Sorino, que fue sustituido el descanso. A destacar también el partido de Yeremaiah, delantero de mucha movilidad que hace jugar y transmite jugar como los ángeles. Que dará mucho, mucho que hablar. Entre las chiribitas que desprendían las varitas de arriba y la firmeza de Cherif, el Real Madrid agarraba el toro por los cuernos. No sufría. No sentía nervios. El campo seguía inclinado hacia la derecha: Yáñez había pasado a bailar a Rocca. En realidad, cualquier reproche sería injusto: tiene calidad para mucho más y regateará a prácticamente cualquiera en esta competición. El guante le queda pequeño. Y desprendiendo la misma sencillez, hizo el segundo. Control desde el costado derecho, internada hacia la frontal y zurdazo raso. Balón pegado al poste, imparable. Gol. En la recta final se vivió la primera gran puesta en escena de los próximos diamantes. La potencia de Corcoba, la electricidad de Espinosa y el colmillo de Fran Santamaría, autor del tercer gol en el descuento. Delantero del Juvenil A esta temporada y que, de momento, marca en todos los partidos. Fue la guinda a una velada en la que merece remarcar el enésimo clínic de liderazgo silencioso de Carlos Díez y la progresión de Lezcano. En Valdebebas saben que hay generación para volver a relamerse. Pero que esto es muy largo. Por lo pronto, victoria contundente. Y es importante, porque el grupo es homónimo a una etapa de montaña: el funcionamiento de la Youth es calcado al de la Champions... pero sólo jugando las primeras seis jornadas. Es decir, deberá ir a Roma, recibir al Leipzig, visitar al AEK Atenas, recibir al PSV y por último, viajar a enfrentarse al Arsenal. Las tres salidas son durísimas. Así que convertir el Di Stéfano en un fortín es básico. Se clasifican directamente a octavos los ocho primeros (luego, los ocho siguientes deben disputar el playoff contra un rival de la ronda de campeones). La fórmula es esta. Abrazar el talento de Yáñez. Demostrar que la barriga no está llena. Afilar el colmillo. Y de salida, espantar el mal del campeón.
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