

Pedri, en The Players Tribune, hizo un repaso a lo que ha sido su vida y su carrera. De hacer las pruebas con el Madrid a cumplir el sueño de su abuelo.
Pedri tiene todo para convertirse en uno de los mejores jugadores del planeta. El centrocampista español tan solo tiene 23 años y ya es campeón del mundo y líder absoluto del Barcelona. Pero no fue fácil el camino que recorrió hasta llegar a la cima del fútbol mundial. En The Players Tribune, el centrocampista canario ha narrado al detalle cómo fue de jugar en el sótano del restaurante de sus abuelos en Tenerife a llegar a entrenar un día al Camp Nou y cruzarse con Leo Messi. Eso sí, antes viajó a la capital para hacer las pruebas con el Real Madrid. Un capítulo que no quiere olvidar... “Mi abuelo llevaba la Tasca Fernando, la mayor peña del Barça en las Canarias. Era un restaurante de tapas de los de toda la vida, con el techo de madera, las sillas de madera, la barra de madera, todo de madera. En las paredes había fotos de nuestra familia (nuestra familia real y los jugadores del Barça, claro)”, relató. “Yo crecí corriendo entre las mesas. Mi abuela no soportaba que mi hermano y yo jugáramos la final del Mundial mientras ella iba llevando la comida a las mesas, así que siempre nos mandaba abajo, a la “sala VIP”. Era como un pequeño sótano debajo del restaurante, donde guardaban el vino y las cajas. Pasé buena parte de mi infancia allí abajo, chutando la pelota contra la pared. De hecho, tenía 7 años cuando ganamos el Mundial de Sudáfrica. “Mi padre tiene una perspectiva fantástica de la vida. De joven fue muy buen portero, pero tuvo que renunciar a su sueño cuando falleció mi abuelo para poder llevar el restaurante. Mi padre y mi tío eran los únicos camareros, hasta que mi hermano creció y le pusieron a trabajar. A mí, la verdad, nunca me hicieron trabajar. Vieron algo especial en mí. Y siempre tenía permiso para salir y jugar al fútbol después de la escuela. ¡Excepto un día! ¡Un famoso día! Cuando acabó la jornada, le dije a mi padre. “Sinceramente. Os tengo mucho respeto a ti y a Pepe. Estoy destrozado”. “Mi padre me llevó a Madrid y, cuando llegué a la academia, todos los demás chicos estaban ya instalados en la residencia, e iban a clase todas las mañanas. Yo estaba por mi cuenta en el hotel todo el día, sin nada que hacer, aparte de mirar el teléfono hasta la hora del entrenamiento. Aquello no fue ideal para mi mentalidad. Después de una semana me enviaron de vuelta a casa. Simplemente no tenía que ser. Para ser sincero, fue una cura de humildad. No es agradable volver a casa y ver a tus amigos cuando todo el mundo sabe que no te ha ido bien. Pero nunca olvidaré que en casa todo el mundo me apoyó muchísimo. Y lo mejor es que en mi pueblo todo el mundo es un poco humorista. Todos se reían un poco de la situación. “No te preocupes, tu abuelo nunca hubiera permitido que jugaras en el Madrid. Seguro que estaba hablando con el de arriba, y… ¡Dios hizo que nevara justo ese día!”, admitió Pedri sobre los comentarios al regresar del club blanco. “Recuerdo que mi hermano voló conmigo a Barcelona, y tuvimos que ir en taxi al entrenamiento porque ninguno de los dos tenía carné de conducir. Era la época del COVID, así que tenías que llegar ya vestido de casa. Así que ya me ves en el asiento de atrás de un taxi normal, vestido con toda la ropa de entrenamiento del Barça, camino de la Ciutat Esportiva Joan Gamper. Bajamos del taxi, voy a la caseta de seguridad y digo: “Hola, me llamo Pedri. Vengo a entrenar”. El guardia me hizo señas para que pasara, y no tenía ni idea de por dónde ir. Y cuando abrí la puerta de la zona de jugadores, adivinad quién fue la primera persona que vi. Literalmente, la primera persona. Es Leo. Está delante de mí. De verdad. Me quedé sin palabras. Intenté presentarme, pero no sé qué fue lo que dije. Leo me sonrió, me dijo que me relajara, y me acompañó al vestuario. “Llegué en el mismo momento que Trincão, y durante unos cuantos días, nos quedamos en el gimnasio después del entrenamiento, porque nos daba demasiada vergüenza entrar en el vestuario con todas aquellas leyendas: Busquets, Piqué, Jordi, Leo… Nos quedamos por ahí disimulando como si estuviéramos haciendo estiramientos eternamente. Creo que nunca había ganado tanta flexibilidad. Hacíamos abdominales, nos atábamos bien los cordones de las botas o simplemente comentábamos cómo había sido el entreno aquel día. Estábamos alucinando solo con estar allí. Al final Leo se nos acercó un día. Se debió dar cuenta de lo que estaba pasando, y dijo: “Eh, ¿qué hacéis aquí? Venid dentro con nosotros”. Leo nos llevó al vestuario y nos mostró dónde sentarnos. Éramos como dos cachorritos. “¿Aquí? ¿Puedo sentarme aquí?”, relató. “Mi padre me recordó la promesa que le hice cuando era pequeño. Es que yo siempre fui un poco despistado. Cuando íbamos a entrenar, siempre me dejaba las botas, las espinilleras o cualquier cosa en casa. Yo ya estaba soñando con el partido. A veces tenía que volver hasta casa a buscar algo. Así que solía bromear conmigo: “Tienes que conseguir ser futbolista para que yo pueda ser tu asistente personal. Te seguiré a todas partes para asegurarme de que llevas los calcetines. Así no tendré que trabajar más de camarero, y podremos volar juntos por el mundo. Ese era nuestro trato. Cuando supe que me quedaba, le dije: “Papá, vas a tener que asegurarte de que no me olvido las medias del Barça, ¿eh? No puedo olvidármelas en la Champions”. “Las primeras veces que marqué después del COVID, cuando volvió el público, no sabía qué hacer con las manos. Cuando estaba en Las Palmas, mi familia siempre se reía de mí por sacar la lengua cada vez que marcaba. No me daba cuenta de que lo hacía. Era algo subconsciente. Así que pensé: “Vale, no puedes sacar la lengua en el Camp Nou. El abuelo me mataría. Así que salía corriendo hacia el córner con los brazos abiertos. No sabía qué hacer. ¿Sabes cuando marcas en el FIFA y puedes hacer una celebración, pero no sabes cuál elegir? Ese era yo. Cuando llegaba a la bandera del córner, solo pensaba: “Vamos, que venga alguien a abrazarme para no hacer el ridículo, porque no sé qué más hacer. Entonces, la primera vez que tuve días de descanso y volví a casa, estaba con mi familia, y me dijeron: “De verdad necesitas una celebración mejor. Haces el ridículo”. “Poder sacar a mi padre al césped después de la final y tirarle un penalti con él en la portería… No, eso ni siquiera sé cómo expresarlo con palabras. Él sacrificó su sueño para mantener vivo el negocio familiar. Trabajó muchísimo para que yo pudiera salir fuera y ser simplemente un niño, jugando al fútbol todo el día, libre. Ahora puede decir: “Mi hijo ha ganado el Mundial”.
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