

El delantero salva otro triunfo de un Madrid que se desmayó en la segunda parte tras irse al descanso con 0-2. Primera gran actuación de Diomande.
No hay jugador más barato que Carlos Espí, premio clavo ardiendo cum laude de esta Liga. Volvió a salir en un momento de emergencia extrema para rescatar a un Madrid que se veía en el derbi colgado del abismo cuando ni siquiera ha llegado el otoño. Sucedió tras un nuevo desvanecimiento después de tomar dos goles de ventaja en la primera mitad y de celebrar la primera actuación sobresaliente de Diomande, un regateador y un defensor cuando se le pide, que no son incompatibles martillo y yunque, Le ha instruido bien Mourinho. Vinicius anduvo en el otro extremo, y no solo geográficamente. Ha perdido el ángel en el desborde y en el remate. Se le fueron demasiadas ocasiones. El Elche, ejemplo de fe y de vergüenza torera, remó contra corriente hasta ganarse el empate con el sudor de su frente. Al Madrid volvió a funcionarle su lucidez histórica en situaciones desesperadas. Carlos Espí, este sí, ha nacido para jugar en este equipo. No ha acabado el verano, pero ya es primavera para Mourinho. Ahora tiene stock en todas las posiciones, algo que probablemente no se mantendrá a lo largo del curso, y cree que es el momento de mantener frescos a los probables y activos a los posibles. Así que en el Martínez Valero cambió a cinco de los que jugaron frente al Rayo, en una maniobra preventiva por el derbi del domingo. La remodelación alcanzó a Bellingham, el intocable mejor cubierto tras el estirón de Arda Güler, vitamina el sábado cuando al equipo se le fue el santo al cielo. En el Metropolitano probablemente cabrán los dos, pero contra el Elche, un equipo que no ha ganado aún en esta Liga, el portugués mantuvo a Diomande, necesitado de una puesta a punto que le ponga a la altura de su precio. Se atreve y defiende, virtudes que pueden hacerle muy popular en el Bernabéu. De los de atrás solo quedó Konaté. Vinicius y Mbappé, en cambio, repitieron. No ve Mourinho jugadores de su altura en la plantilla y con un Barça a la velocidad de la luz un recorte por ahí le parece arriesgado. Y en el ambiente flota el Balón de Oro, ese intruso que se ha colado en la Liga y en la cabeza de Mbappé. Martín Anselmi cambió menos, pero le dio, por primera vez, la titularidad a Osorio, que regresaba de una cesión a Defensa y Justicia y que solo había tenido 56 minutos en lo que va de temporada. Fue una magnífica punta del iceberg ilicitano, un equipo con pretensiones, que emplea la pelota como escudo protector, que se aplica en la presión, que se resiste al encierro. Un segundo volumen de lo que quiso ser el equipo con Eder Sarabia, pese a las notables pérdidas del verano: Febas, Affengruber, André Silva, Álvaro Rodríguez… Aceptó el primer pulso con un Madrid que se dejó dos puntos en este estadio el curso anterior, pero las intenciones fueron por un lado y la capacidad del equipo por otra. Sin embargo, creyó hasta el final. Pese a la presunta igualdad, el equipo de Mourinho frecuentó pronto el área ilicitana, con Trent como lanzador desde su banda y Vinicius enredando permanentemente en su banda con la falta de finura habitual en los últimos tiempos. El Madrid no documentaba excesivamente su dominio, más allá de dos remates fallidos del brasileño, el segundo en posición envidiable, y un cabezazo de Huijsen a los guantes de Dituro, y el Elche no rehuía la réplica. Dos medias vueltas, de Tete Morente y Osorio, tuvieron verdadero peligro. Un pie de seda, el izquierdo de Arda Güler, rompió el aparente equilibrio. El talento es el mayor enemigo de la organización. Desde fuera del área, en su perfil, lanzó un golpe franco con más precisión que fuerza que tocó en un palo y se coló junto al otro después de darse, caprichosamente, un paseo por la línea de gol. Definitivamente ha mutado de peso pluma a peso pesado en el equipo. Hasta el tanto fue uno más de ese Madrid de mando espumoso. Después, se convirtió en la luz natural del equipo, con un ojo de águila para los desmarques de los de arriba y una jerarquía indiscutible en todas las zonas del campo. Merece una titularidad sostenida en un equipo en el que la nota de corte es altísima. Donde antes ponía ingenio ahora, además, pone orden. Al son del turco el Madrid fue volviéndose más invasivo y sumando jugadores a la causa. Dos de ellos, Valverde y Diomande, prepararon el segundo gol, sincronizando pase (del uruguayo) y desmarque (del costamarfileño). Al final del camino estaba Mbappé para rematar el trabajo y añadir goles a su candidatura a hombre del año. De paso, Diomande ya tenía una asistencia de la que presumir. Su fichaje necesita cifras. Tras el descanso, como ante el Rayo, el Madrid se tomó sus minutos de asuetos. Esta vez no estaba el público del Bernabéu para recriminárselo. El Elche se resistió a entregarse y se vio un par de veces en el área de Courtois, pero el gol se le hace bola. Se lo dice la clasificación. La pérdida de presencia en el choque de Arda Güler tuvo bastante que ver con esa caída de tensión en el Madrid. El Elche lo advirtió y comenzó a encadenar ocasiones. Dos, de Cepeda y Tete Morente, resultaron avisos serios. Mourinho justifica los desmayos en la falta de piernas y pide tres meses de gracia que ni el Bernabéu ni el Barça le van a conceder. Tampoco el Elche, que encontró recompensa a su persistencia. Entró en el partido con gran cabezazo de Osorio en internada de Cepeda que dejó muy atrás a Trent en su arrancada para meter un centro con luces. Un golazo. Vinicius había aplicado oxígeno con Bellingham y Brahim y le había retirado la licencia a Vinicius, que se marchó sin un gesto de desaprobación. No está para eso. Diomande se marchó a la izquierda. Y entonces llegó el castigo merecido, una media vuelta de Fer Niño que le quitaba dos puntos al Madrid de carácter grave. Solo faltaba ese doble mortal que el equipo blanco se guarda para los descuentos. Espí estaba allí para empujar un centro de Mbappé y ampliar su leyenda de Balón de Oro del último minuto en un equipo que debe pasar una nueva revisión.
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