
Apremia al vestuario a ganar puntos mientras el equipo coge forma y se sincroniza el estado físico. Le gustó la agresividad ante el Espanyol.
“Mientras se forja el equipo, hay que ganar como sea”. Ese está siendo el leitmotiv que maneja una y otra vez José Mourinho desde que puso de nuevo los pies en Valdebebas el pasado 11 de julio. Construir el Real Madrid que él busca es mucho más sencillo sobre una cama de buenos resultados de inicio, especialmente hasta el primer parón de selecciones (21 de septiembre)... al que se llegará tras un derbi en el Metropolitano. Es casi una obsesión, dentro del pensamiento perfeccionista del portugués, el hándicap peliagudo de tener el estado físico de la plantilla ‘partido’ en tramos. Futbolistas con bastante más carga de batería (Huijsen, Valverde, Güler, Dumfries...), que otros (Mbappé, Bellingham, Konaté, Cucurella...). Al estreno liguero se presentaron algunos que multiplicaban por siete el número de entrenamientos de otros compañeros. Tras salvador 1-2 en el RCDE Stadium, el técnico portugués volvió a incidir en cómo el Madrid fue acorralando al Espanyol pese a que los pericos “no habían tenido ningún jugador en la Copa del Mundo y llevaban muchas semanas trabajando juntos”. No poder dominar las transiciones (un básico de su libreto) en algo que apuntó Mou en su hoja de cosas pendientes, pero desde la conciencia de que sincronizar al equipo va a llevar un cierto tiempo. A falta aún de piernas, “el hambre”. Mourinho está azuzando el espíritu competitivo del vestuario con ese concepto, el hambre de títulos en panzas que no han catado en las dos últimas campañas alguno de los tres títulos de cabecera: Champions, Liga y, en menor medida, la Copa del Rey. Hay ganas “de metal” en Valdebebas. No es palabrería, aunque el estreno no fue brillante, sí fue esforzado. El Madrid tuvo diferentes tramos de menos lucidez pero la intensidad, con Mou, es innegociable. Su equipo registró más duelos ganados que el Espanyol (63 a 51), más recuperaciones rápidas tres pérdida de balón (22 a 17) y más robos de pelota (60 a 55). A diferencia de lo que podría llegar a percibirse desde fuera, Mourinho quiere (dándole la vuelta a la expresión) convencer y vencer. No imponer. Está instaurando una cultura en el día a día en Valdebebas. Exigencia diaria y un orden en el juego, solidaridad desde Courtois hasta Mbappé. Los propios jugadores parecen abonados a la fórmula. Tibu insistió tras el 1-2 en “la disciplina del equipo en el campo”, en que es algo que “exige” Mou y en cómo eso tiene ya consecuencias palpables. “Todo el mundo rema en la misma dirección”, sentenció el gigante belga en Cornellà-El Prat. Es un horizonte en el que en los planes de Mourinho adquiere una relevancia aún mayor sumar puntos para capear el calendario inicial. Marcaba siete partidos hasta el parón internacional con cuatro de ellos lejos del Bernabéu: el del Espanyol y le vienen el Villamarín, el Martínez Valero y esa visita al Metropolitano. Eso sí, a la vuelta del mismo recibirá la alegría del esperado retorno de Militao. Mourinho está apelando interna y externamente a la ambición del plantel y la idea, por lo que se vio el pasado sábado en Barcelona y pese a todo lo que queda por mejorar, parece que les está calando.
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