

Periodistas que siguieron durante décadas a la Albiceleste reconstruyen el camino del capitán: de las críticas y la renuncia tras las finales perdidas a la
Durante años, la imagen se repetía. Argentina sufría y Messi aparecía solo. Solo entre rivales, solo intentando encontrar una solución, solo cargando con una selección que parecía incapaz de ofrecerle lo que sí encontraba cada semana en Barcelona. Al menos, esa era la fotografía. Porque desde dentro del campo había quien veía algo más. “A veces el propio Messi se aislaba. Como que no le gustaba eso que estaba sucediendo, ese fútbol, que no era al que él estaba acostumbrado”, recuerda Ezequiel Fernández Moores, histórico periodista argentino que ha cubierto nueve Mundiales. Para él, aquellos primeros años de desencuentro entre Messi y la Albiceleste no admiten una explicación tan sencilla como la que terminó instalándose con el paso del tiempo. “Era mutua la distancia. No era solo que la selección lo dejaba solo”. Messi venía de un Barcelona hecho a su medida, rodeado de futbolistas con los que había aprendido a jugar casi de memoria. Argentina era otra cosa. “La selección no era el Barça. Aun teniendo muy buenos jugadores, no jugaba como el Barça y a él le costó mucho eso”, explica Fernández Moores. “Messi nunca jugó solo. Es imposible hacerlo en el fútbol”. Fernando Czyz, periodista argentino de Doble Amarilla y DSports, recuerda también a un Messi muy diferente al que ahora se despide. “Era un Messi introvertido, un Messi muy para dentro, un Messi al que no le gustaba figurar, que quería pasar desapercibido”. Era el joven del grupo: “Escuchaba mucho, hablaba poco”. Messi debutó con la selección absoluta argentina el 17 de agosto de 2005. Veintiún años después dice adiós a la Albiceleste. Entre aquel adolescente y el capitán que se marcha cabe prácticamente una vida: derrotas, críticas, una renuncia, regresos y títulos hasta convertirse en uno de los grandes símbolos de la historia de su país. El camino no fue recto. Tampoco fue siempre feliz. Durante buena parte de su carrera internacional, Messi convivió con una comparación imposible. Argentina llevaba años buscando al heredero de Diego Maradona y Leo intentaba escapar precisamente de ese papel. “Quería eludir toda comparación”, recuerda Czyz. Hasta el propio Maradona terminó pidiendo que dejaran de buscarle un sucesor y permitieran a Messi ser Messi. Porque, además, eran dos personalidades completamente diferentes. “Diego arrastraba todo con esa personalidad desbordante que tenía. Messi era todo lo contrario”, explica Fernández Moores. Messi tendría que aprender a liderar Argentina sin parecerse al hombre que la había llevado a conquistar el Mundial de 1986. Guillem Balagué, periodista y autor de Messi, la única biografía autorizada del argentino, coincide en que Leo nunca sintió que tuviera que convertirse en Maradona. “Él no pensaba que tenía que hacer eso, pero sí que veía, como todos, que se le seguía comparando y era muy injusto”. Messi tendría que encontrar su propia manera de ser Messi. Antes de aprender a convivir con Argentina, Messi llegó a pensar que lo mejor era marcharse. Y no ocurrió después de una derrota cualquiera. Entre 2014 y 2016, la Albiceleste perdió tres finales consecutivas con él como capitán. La primera fue la más grande. Argentina cayó ante Alemania en la final del Mundial de Brasil 2014 por el gol de Mario Götze en la prórroga. Un año después volvió a quedarse a las puertas de un título, Chile la derrotó en los penaltis de la final de la Copa América 2015. En 2016, el escenario se repitió. Otra final de Copa América, otra vez Chile y otra vez los penaltis. Y esta vez, además, Messi falló el suyo. En apenas 714 días, Messi perdió con Argentina las finales del Mundial de 2014, la Copa América de 2015 y la Copa América Centenario de 2016. Tres oportunidades consecutivas de romper una espera que la selección arrastraba desde la Copa América de 1993. Después de la tercera derrota llegó una frase que sacudió Argentina. “Se terminó para mí la selección. Son cuatro finales, no es para mí”, anunció Messi aquella noche. A las tres derrotas anteriores se sumaba también la final de la Copa América de 2007, cuando todavía no era capitán. Tenía 29 años. Fernández Moores nunca creyó que aquello fuese realmente el final. “Yo por lo menos no lo creí. Sabía que era un arranque emocional y que no era algo que iba a estar para largo. Para mí estaba clarísimo. Era dejar pasar el momento y saber que volvía, como efectivamente fue”. Messi había acumulado años de derrotas y críticas con una camiseta con la que parecía obligado a demostrar continuamente algo. Fernando Czyz lo recuerda “con mucha angustia”. Había ganado prácticamente todo con el Barcelona y una parte de Argentina no entendía por qué no podía repetirlo con su país. Las críticas llegaron incluso a algo tan pequeño como que no cantara el himno. “La estaba pasando mal”, recuerda Czyz. “Llegó al 2016 a la renuncia para ponerle algún punto final a su sufrimiento”. La decisión sorprendió, pero duró poco. Czyz recuerda incluso lo que sucedió después de abandonar el MetLife Stadium. “Cuando se sube al micro en Nueva Jersey le escribe a su familia y dice: ‘Me acabo de mandar una macana’, porque él mismo se dio cuenta de que no era para renunciar a la selección”. Aquella despedida provocó además algo inesperado. Durante unas horas dejó de hablarse de otra final perdida y Argentina comenzó a pedirle que volviera. “El foco que era perder la tercera final consecutiva pasó a ser: ‘Pidamos para que este chico siga jugando en la selección’”, explica Czyz. En esas ocasiones, el enfado terminaba dejando paso al fútbol. “Tiene ese pronto, la gente le deja solo y un día dice: ‘¿Cuándo es la convocatoria de la selección?’. Y ya está, ya estamos otra vez en la selección”, cuenta Balagué. Menos de dos meses después anunció su regreso. “Amo demasiado a mi país y a esta camiseta”, explicó entonces. El 1 de septiembre de 2016 volvió a jugar con Argentina ante Uruguay y marcó el único gol del partido. La reconciliación, sin embargo, todavía tendría que esperar. Si hay que buscar el momento en el que algo comenzó a cambiar entre Messi y la selección, lo fácil sería señalar al Maracaná de 2021. Argentina derrotó a Brasil, Messi levantó por primera vez un gran título con la absoluta y dejó atrás años de derrotas y frustraciones. Pero Ezequiel Fernández Moores sitúa el punto de inflexión mucho antes. Para él, el cambio empezó precisamente en una derrota: el Mundial de Rusia 2018. “A mí me dio la sensación de que el Mundial de Rusia 2018 marcó un quiebre. Es más fácil fijarnos en el quiebre a partir de que ganó, pero para mí el quiebre fue la derrota”. Rusia 2018 fue el cuarto Mundial de Messi. Argentina comenzó empatando con Islandia (1-1), cayó goleada ante Croacia (0-3) y llegó a la última jornada obligada a ganar a Nigeria para seguir con vida. Lo consiguió por 2-1, pero Francia la eliminó en octavos en un 4-3 en Kazán. Messi terminó el torneo con un gol y dos asistencias. Los resultados, sin embargo, solo cuentan una parte de lo que ocurrió en Rusia. La Argentina de Jorge Sampaoli nunca terminó de funcionar y atravesó el Mundial en medio de dudas y problemas internos. Fernández Moores recuerda también a un Messi incapaz de asumir el liderazgo que se esperaba de él en aquel momento. “Ese Mundial Messi estuvo casi inexistente. Destellos en la cancha y ausencia absoluta afuera de la cancha. El capitán del equipo. Y el equipo estaba en un caos, envuelto en una crisis muy grande de conducción con Sampaoli. Messi no hablaba. Hablaba Mascherano”. Argentina se marchó en octavos y Sampaoli dejó el cargo poco después. Lionel Scaloni, que había formado parte de su cuerpo técnico y había compartido selección con Messi como jugador, tomó las riendas del equipo de manera interina. Messi, por su parte, se alejó temporalmente de la Albiceleste y no volvió a jugar con Argentina hasta marzo de 2019. Aquella derrota no significó el final. Para Ezequiel terminó siendo el comienzo de otro Messi. Uno que, después de tantos años cargando con la obligación de ganar con su país, regresó de una manera diferente. “Me parece que llegó con otro ánimo a la selección. Y no con la mochila que ya pesaba 800 kilos de tener que ganar. Me parece que decidió sacarse la mochila”. Balagué había visto esa transformación incluso lejos de la selección. Durante años compartió con Messi varios eventos comerciales y recuerda cómo, al principio, había que llevar prácticamente todo preparado antes de que apareciera delante del público. “Te lo tenías que coger casi de la mano y tenerlo todo muy mascado antes de salir”, recuerda. En privado podía mostrarse relajado. En cuanto aparecía un escenario, se tensaba. Una escena con Argentina explica todavía mejor aquel carácter. En 2011, Balagué recuerda que a Messi le tocó dar una de sus primeras charlas como capitán. “Se quedó sin voz y fue Verón el que tuvo que hablar por él”. Los años fueron cambiándolo. La última vez que Balagué compartió uno de aquellos eventos con Messi, la situación era completamente diferente: “Llegó como cinco minutos antes de empezar, se le dijeron dos cosas y lo hizo con una tranquilidad...” Con Argentina ocurrió algo parecido. Para Balagué, el proceso comenzó después de aquella renuncia de 2016. “De repente vio que tenía que dar algo más como líder”. Scaloni comenzó a construir una selección nueva. Alrededor de Messi fueron apareciendo jugadores que habían crecido viéndolo: Rodrigo De Paul, Lautaro Martínez, Leandro Paredes y, más tarde, Dibu Martínez, Cuti Romero, Julián Álvarez, Enzo Fernández o Alexis Mac Allister. La Copa América de 2019 fue el primer gran ensayo de aquel equipo y Argentina terminó tercera después de caer ante Brasil en semifinales. Y ahí Fernando Czyz sitúa su propio punto de inflexión. En el partido por el tercer puesto contra Chile, Messi se enfrentó a Gary Medel, terminó expulsado y después elevó públicamente sus críticas contra la CONMEBOL y los arbitrajes. “Ahí vimos el primer Leo rebelde”, recuerda Czyz. “Ahí golpeó la mesa y para mí algo cambió”. Pero algo estaba cambiando también en su manera de ejercer la capitanía. “Fue un Messi que llegó más liviano”, recuerda Fernández Moores. “Más maduro. Más capitán. Y capitán a su modo”. Ese último matiz importa. Durante años Messi había convivido con la sombra de un capitán argentino que gritaba, gesticulaba y arrastraba a todos detrás de él. Intentar parecerse a Maradona era una batalla perdida porque simplemente no era su personalidad. “Me parece como que decidió: ‘Bueno, esto soy yo. Este es mi modo de ser capitán, mi modo de ser líder’. Y ahí la química funcionó mejor”, explica Fernández Moores. El grupo también cambió. Balagué pide expresamente no hablar de “amigos”, sino de jugadores que admiraban a Messi y reconocían su liderazgo. Y esa nueva Argentina se construyó también lejos del césped, con gestos mucho más pequeños. Rodrigo De Paul iba a buscarlo a su habitación. Salían juntos y compartían la rutina del mate con otros compañeros. “Siempre ha necesitado sentirse a gusto en su contexto y rodeado de gente que le entiende. Y, al revés, él ha dado el paso adelante de defender a los suyos también”, explica Balagué. Con Scaloni encontró además una relación diferente. No eran dos desconocidos. Habían compartido vestuario con Argentina en el Mundial de Alemania 2006. “No había ni la distancia formal entrenador-jugador ni la sobreactuación de ‘es el mejor jugador del mundo’”, apunta Fernández Moores. El 10 de julio de 2021 llegó finalmente el desahogo. Argentina derrotó 1-0 a Brasil en el Maracaná con un gol de Ángel Di María y conquistó la Copa América. La Albiceleste llevaba 28 años sin ganar un gran título y Messi consiguió, a los 34, el primero con la selección absoluta. Además, terminó el torneo con cuatro goles y cinco asistencias. Después de tantos años persiguiendo una copa, Messi ya tenía una. Pero la imagen que mejor explica su transformación quizá llegaría un año y medio después. 18 de diciembre de 2022. Lusail. Argentina gana 2-0 a Francia y acaricia la tercera estrella. Entonces Mbappé necesita apenas 97 segundos para marcar dos veces y convertir una final que parecía decidida en un partido nuevo. Fernández Moores no recuerda tanto los goles como lo que ocurrió inmediatamente después del segundo. “Hay una imagen que muestra que Messi se desmorona. Se cae, se arrodilla. En la cancha es como resignado, como vencido casi”. Durante unos segundos reaparece el Messi de tantas derrotas. Y desaparece enseguida. “Es impresionante cómo se reincorpora de inmediato. No es que va un compañero. No, no. Él mismo toma postura erguida. Para mí esa fue una imagen muy poderosa”. La final continuó. Messi volvió a marcar en la prórroga para poner el 3-2, Mbappé completó su triplete para el 3-3 y Argentina terminó proclamándose campeona en los penaltis. Fernández Moores encuentra precisamente ahí la distancia entre dos versiones del mismo futbolista. El Messi de años atrás también podía aislarse cuando algo salía mal. El de Lusail necesitó apenas un instante. “Se aisló dos segundos. Necesitó esa frustración íntima, que fue pública, pero no duró dos segundos. Él inmediatamente se reincorpora”. Para Czyz, la imagen que resume toda aquella historia llegó unos minutos después. Messi caminaba hacia la Copa del Mundo antes incluso de que se la entregaran. Pasó junto a ella y la besó. “Creo que es el momento que resume la vida de Leo. Todo el tiempo pensando en ganarla, toda una carrera, muchas frustraciones. Esa imagen será póster para la eternidad”. Habían pasado diecisiete años desde su debut con la absoluta. El chico que durante años tuvo que aprender a convivir con Argentina había terminado aprendiendo también a levantarla. Y a levantarse él. Qatar puso la copa que faltaba. Pero, Czyz cree que Messi ya había conseguido algo todavía más complicado, convertirse en uno de esos pocos lugares en los que un país acostumbrado a dividirse podía encontrarse. “A nosotros, los argentinos, nos cuesta encontrar lugares de unión, lugares donde todos nos sintamos representados, identificados”, explica. “Y creo que Leo fue ese lugar. Leo y esta selección”. El Mundial terminó de cerrar la historia. “Había ya una comunión entre los argentinos y Messi, y el broche de oro terminó siendo ese título en Qatar”. El chico que había intentado escapar durante años de la comparación con Maradona terminó consiguiendo algo diferente. Para generaciones de argentinos que nunca vieron jugar a Diego, apareció otro nombre al que querer parecerse. “Argentina se queda con el Messi superhéroe”, resume Czyz. “El Messi que no la tuvo fácil en la selección, que se retiró, que volvió, que fue campeón del mundo, campeón de América... Argentina se queda con ese Messi que todo lo puede”. Y con una nueva frase en los patios, en los campos de tierra y en las camisetas de los niños. “Antes era: ‘Quiero ser Maradona’. Creo que ahora también está, para las generaciones venideras: ‘Yo quiero ser Messi’”. Veintiún años después de su debut, Argentina ya no espera que sea Maradona. Tampoco que sea el Messi del Barcelona. Se despide siendo Messi.
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