

Se han cargado la Liga los herederos de Negreira. Estarán contentos. Una vez más. Liga adulterada. Y punto.
Arbitraje patético. Luego me extenderé sobre el pobre fútbol desarrollado por el Madrid de Mourinho en este derbi de la triste figura, pero me veo obligado a dedicarle parte de mi exposición al arbitraje horripilante del tal Ortiz Arias. Dicen que es madrileño, pero lo seguro es que de niño no pisó el Bernabéu ni tuvo la menor simpatía por la tropa vikinga. Su arbitraje fue unidireccional, tendencioso y determinante en una primera parte en la que adulteró el duelo al comerse dos rojas directas, a Cuti Romero y Kang-In Lee, además de perdonar en el primer cuarto de hora dos amarillas de libro a Álex Baena por dos entradas durísimas sobre Güler. Si encima el del VAR, Trujillo, le avisa en la de Cuti Romero y tras verla le sacas solo amarilla (¡pese al alevoso pisotón en la rodilla a Bellingham!) no me queda otra que pensar mal. Ortiz Arias lo ve en la pantalla y ve lo que todos. Roja de manual. Pero se acobarda, se achanta, escucha las voces del Cholo y sus suplentes presionándole con una grada enfurecida y, finalmente, decide destrozar el sentido de la justicia y saca amarilla al argentino. Por cierto, a la víctima, Jude, le había sacado tarjeta. Eso demuestra con qué mala fe pitó contra el Madrid. Y la patada con los tacos del coreano a la tibia de Valverde no tuvo ni un momento de revisión. El del VAR debió pensar que le iba a tirar otra vez el toro al corral y ni le llamó... Era más roja todavía que la del Cuti. O sea, con el Reglamento en la mano, el Atleti del Cholo debió irse al descanso con nueve jugadores, por lo que el derbi hubiese sido totalmente distinto. Y así llevamos muchos años. El sábado vimos cómo en una acción en la que el Sevilla encaraba un mano a mano para poner el 2-2, el árbitro (Martínez Munuera), paró el juego al ver a Christensen en el césped. Tremendo. Se han cargado la Liga los herederos de Negreira. Estarán contentos. Una vez más. Liga adulterada. Y punto. Sin fútbol. En el CTA no harán autocrítica. Seguramente, hasta le felicitarán. Pero la diferencia es que los madridistas sí somos autocríticos. Dejando el sonrojante tema arbitral aparte, hay que decir que el Madrid de Mou hizo un derbi flojísimo, sin intensidad, sin fútbol entre líneas, espeso, sin hilazón entre la medular y los atacantes. Un Madrid partido y sin juego, con Bernardo Silva y Diomande en el banquillo. No soy nadie para dar consejos, pero si yo fuese el portugués a la vuelta del parón de selecciones me liaba la manta a la cabeza y ponía titulares a Bernardo Silva, por Tchouameni o Valverde, y a Diomande, por Vinicius. Para eso creíamos los madridistas que vino en verano. Para que no le temblase el pulso. Para dejar claro que los egos se habían acabado y que el equipo está por encima de todo. ¿Cómo es posible que Carlos Espí no jugase ni un minuto? Mou debe ser valiente y dar un puñetazo en la mesa, o acabaremos como la temporada pasada. Hay que hacer frente a una realidad, por dura que sea. Vini está irreconocible y pide a gritos el jarabe de banquillo. Y Bernardo Silva y Güler deben ser titulares si queremos ver algo de fútbol. Bellingham debe ser el líder del equipo y darle todos los galones de mando. Y a Mbappé hay que pedirle que se ofrezca más, que grite de rabia si no le llegan balones, que justifique de una vez esa condición de estrella mundial que en días gordos como este desaparece... Frustrante. Antes del drama, mi amigo Alfonso me mandó una imagen de sus hijos (Pablo y Alfonso) que estuvieron en la grada del Metropolitano dispuestos a dejarse la garganta por su Madrid. Pero sólo pudieron jalear el gol de Rüdiger, que evitó una derrota amplia y deprimente. La afición no se merece esta indolencia de buena parte del equipo, que afronta los derbis como si fuesen un día más en la oficina. Que miren cómo pelea Giuliano Simeone...
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