

Tras amenazar con golear a lomos de un Yáñez imparable, el Juvenil gana sobre la bocina gracias a Santamaría. Wanderers terminó con ocho. Roberto cerró la f
De la superioridad al sufrimiento y de ahí, a los fuegos artificiales. Con un tanto de Fran Santamaría ya grabado en letras de oro en La Fábrica. Porque tras amenazar con golear, se temió. Pero cuando los entrenadores de porteros sacaban los apuntes para la tanda, apareció el ADN. Ese que hizo al Juvenil A triunfar en España, en Europa, y ahora en el mundo. Que ha llevado a la tropa de Álvaro López a ganar Liga, Copa de Campeones y Youth League. Y ahora Intercontinental Sub-20, el primer español en hacerlo. Así, así, así reina el Madrid. El equipo que se relame con los retos, hasta merendárselos. En ocasiones triturando, como en el primer tiempo, a lomos de un Yáñez eléctrico que marcó y provocó. En ocasiones sufriendo, como en el segundo, frente a un Wanderers que cruzo la línea de la intensidad pronto y ya no miró atrás (terminó con ocho). Pero el sendero al éxito nunca es recto. Porque así se escribe la gloria. Un triunfo con sangre, sudor e historia. Que no fue fácil, nunca lo es. Menos en un encuentro de ingredientes infinitos. Uno que pronto borró la etiqueta Sub-20 del ecosistema. El Santiago Bernabéu, de récord. Con la mejor entrada en la historia de la competición y en ningún partido de juveniles: 52.117. La hinchada rival, encendida (los más de 3.000 presentes hicieron un banderazo y llegaron juntos al estadio). El coliseo blanco, engalanado e imponente. El campeón de la Libertadores visitando al de la Youth League. Esa competición por la que en su día pasaron y pisaron Mbappé, Lamine, Valverde, Haaland, Achraf, Musiala, Foden, Trent, Sané... De ellos es el presente, uno al que aspiran ellos, los diamantes del futuro. Pero la igualdad duró poco. Lo que quiso Dani Yáñez. El Madrid salió mandón, con Cestero manejando y llamando a la puerta de Mourinho, presente en la grada. Por si acaso. Wanderers, agazapado y guerrero. Hasta ahí, todo normal. Los de Álvaro López con posesión eterna, con amenaza constante. Lo marcaba la pizarra, lo mostraba el campo. Y la desesperación fue apareciendo en el cuadro wanderino. Entradas con temperatura creciente, con el 7 como foco principal. Y entre el 25′ y el 29′, terremoto. Expulsión, protestas y conato de tangana y gol. Fueron 240 segundos que lo redibujaron todo. En la enésima cabriola de Yáñez, Dubó le pisó. Un planchazo al gemelo lateral. No dudó Sylwestrzak ni tampoco desde el VAR (sí, se jugó con videoarbitraje). Roja directa y a pesar de resistirse a abandonar, Santiago Wanderers se quedó con 10. Fue el primer derechazo, pero el segundo llegó con la zurda. La de Yáñez, encendido. Buscó la falta directa, al palo largo, a través de un bosque de piernas, y la comba sorprendió a un Avello que solamente miró. 1-0. El premio a la insistencia, a la propuesta. Que se mantuvo hasta que llegó el silbatazo del intermedio. Un descanso que atemperó, que apagó un pelín la llama blanca y encendió la verde. Con un error impropio de un central acostumbrado a tener cabeza fría por caliente que esté el corazón. Pero Mario Rivas, que brilló en la pretemporada adulta, se confió. Se trastabilló en salida de balón y allí estuvo el más listo de Valparaíso. Si Christian Silva fue el máximo goleador de la Libertadores Sub-20 no fue por casualidad. Molestó y en cuanto pudo, chutó. A la red, como hacen los artilleros. Javi Navarro la tocó, pero no pudo sacarla. Tras un monólogo de 49 minutos, 1-1. El paisaje, tras el gol, cambió. Los de Felipe Salinas encontraron oro en una mina que parecía agotada. Yáñez seguía de dulce, sí, pero no encontraba premio al desborde. Yeremaiah cabeceó potente un centro, pero demasiado centrado. Y Wanderers buscaba de manera eterna el balón llovido. Para alejar problemas, para tratar de crearlos. Un panorama que hizo a Álvaro López mover el árbol. No quería loterías, porque las tandas son un cara o cruz. Entró Roberto por un Sergio Martínez que no estuvo fino en su primer día en el centro del escenario. También Liberto, un huracán para crear caos, como en Lausana. Pero todo se empantanó. Mucho. Sin lograr los juveniles blancos encontrar una receta continuista. Posesión sí, pero sin el colmillo del primer tiempo. Y llegaron más cambios. Para que uno de ellos fuera el clic. Fran Santamaría. Un chico que acaba de aterrizar. Un fichaje que ha caído de pie en La Fábrica. Su quinto zarpazo en cuatro partidos. Llegar, debutar y festejar. Un gol que nació en banda derecha. Yáñez y Fortea, esa conexión diabólica que juega de memoria, acabó en balón cruzado de Jesús. Y ahí estuvo él. Donde viven los killers. Tac, y explosión. De un Bernabéu que rugió que suele hacer los martes y los miércoles. Un cabezazo a Roberto Martín hizo que apareciera la sangre, el último de los ingredientes. Para firmar un final de partido acorde, para convertirlo en epopeya. Con Wanderers inmersos en una tangana constante que les dejó con ocho jugadores. Con Yáñez, el mejor, fallando un penalti que era la sentencia. Una que el fútbol quiso reservarle a Rober, el tanto del mártir. Con la cabeza vendada, sobre la bocina, la guinda. Para que bailase el Bernabéu, para que Valdebebas haga historia. Liga, Copa de Campeones, Youth League e Intercontinental. El Póker de Oro. Así, así, así reina el Madrid.
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