

Según él mismo reconoce, el central del Depor recibió hace poco el diagnóstico de esta disfunción por déficit de atención e hiperactividad.
José María Giménez (Toledo, Uruguay, 31 años), flamante fichaje del Depor tras una carrera brillante en el Atlético, desveló la semana pasada en una entrevista con la Mutual Uruguaya de Futbolistas, replicada por La Opinión de A Coruña, que ha sido diagnosticado recientemente, junto a su hijo de ocho años, con un Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH). “A nivel de estudios siempre me fue relativamente bien, pero a nivel de conducta me condenaba. Pobres las maestras a las que le tocó lidiar conmigo… Cuando me cuentan que es hereditario, me pongo a llorar. Se lo tuve que transmitir a mi hijo: ‘Sos especial, como papá, y tenemos que tomar una pastilla todas las mañanas. La noticia, más allá de generar la lógica y necesaria empatía con los afectados, ha reabierto en los círculos científicos un histórico debate. La razón no estriba en poner en duda la afirmación del defensa. Más bien se centra en el sobrediagnóstico actual y en los errores en la evaluación que han rodeado siempre a este tipo de disfunciones. El runrún es inevitable. La controversia es latente desde las primeras descripciones de los cuadros somáticos realizados por George Still en 1902. El TDAH, según expertos en la materia como los doctores e investigadores William Barbaresi y Stephen Faraone, es un “trastorno real del neurodesarrollo” -de los más investigados en el mundo-, “universal y crónico”, con un patrón persistente de conductas de desatención, hiperactividad e impulsividad. Además, según el DSM-5 (manual diagnóstico y estadístico por excelencia sobre los trastornos mentales) tiene “un origen hasta ahora desconocido”, por mucho que ya se utilicen las resonancias magnéticas más desarrolladas en su evaluación y se reconozcan como factores de riesgo desde el consumo del tabaco y alcohol en el embarazo hasta las complicaciones prenatales. La realidad es que hoy no deja de crecer las sospechas, centradas en la relación entre la gran cantidad de casos destapados en la adultez y el pujante mercado farmacológico, cuando este tipo de desorden cerebral suele identificarse en las primeras etapas de escolarización. Varios profesionales de la Psicología consultados, algo alarmados por el crecimiento imparable de casos, prefieren no pronunciarse públicamente al respecto para no avivar viejas polémicas. Así que invitan a consultar los más actualizados archivos para entender con datos irrefutables la prevalencia del TDAH en nuestras vidas. Encontrar un diagnóstico no es tan sencillo. Y mucho menos en la adultez. Los textos oficiales, como varios recogidos en el Manuel de Terapia de Conducta (editorial Dykinson), coinciden: “Hay 15 millones de casos de TDAH en EEUU, y 3,3 de niños y adolescentes en la Unión Europea [el 85% de niños lo mantiene de mayores, mientras que en niñas es el 61%]”. Y prueba del interés generado es que “se publican tres artículos científicos sobre el caso al día”. Sin embargo, el 5% de niños tiene TDAH en el mundo y en los adultos ese porcentaje se reduce a la mitad, por mucho que “entre el 20% y el 40% de las consultas de psiquiatría infanto-juvenil se centren en abordar este problema”. Desde hace una década, Marino Pérez, especialista en Psicología Clínica y catedrático de Psicopatología y Técnicas de Intervención en la Universidad de Oviedo, además de coautor de ‘Volviendo a la normalidad’, ha sido tajante con el debate del TDAH. En una entrevista en ABC fue demoledor: “No existe. Es un diagnóstico que carece de entidad clínica, y la medicación, lejos de ser propiamente un tratamiento es, en realidad, un dopaje”. Otras fuentes, referentes al actual ámbito de la Psicología Deportiva, van por esa línea sin ser tan extremistas: “Depende de la perspectiva que asumamos. Desde la nuestra, desde el conductismo radical, pensamos que es mucho más útil analizar toda la cadena funcional de variables que inciden en que alguien de forma relativamente habitual tiende a comportarse. Ni siquiera nos gusta la palabra trastorno, porque cuando alguien dice ‘tengo TDH’ ya automáticamente tiende a hacer una serie de comportamientos por esa etiqueta cuando, en realidad, lo que hay son una serie de comportamientos que se van a desencadenar cuando ocurren ciertas cosas como estímulos, antecedentes y ciertas consecuencias. Lo necesario es hacer un buen análisis funcional de cada caso y situación”. Y aquí es cuando, tanto antes como en el presente, aparece el tema de la medicación, con severos efectos secundarios, y de la lluvia de recetas en falsos positivos… “Todo esto viene en parte por la industria farmacéutica y la influencia de los médicos… No existen dos TDAH idénticos. El gran problema es que esa industria es muy potente bajo la idea de que hay un problema farmacológico cuando no es así. Y al mismo tiempo se está reforzando estos casos de forma operante de manera muy clara. Un niño que diga que tiene TDAH tiene más tiempo para hacer el examen. Y un jugador hará ver que tiene algunos problemas para responder a las demandas que le vienen dadas por el juego y que le pide su entrenador. Eso puede hacer que la bronca sea menor…”. La presencia del TDAH en el deporte en general, y en el fútbol en particular, siempre ha generado discusiones. Abundan los textos en Internet en los que, por ejemplo, se destaca como afectados a Iniesta y Zidane mientras que ellos nunca han confirmado nada. Y Andrés no es dudoso de transparencia. Él mismo reconoció una depresión. La clave es que el trastorno es complicado de diagnosticar, hasta el punto de que incluso las pruebas con la más alta tecnología suelen dar negativo en un principio. Sin embargo, durante mucho tiempo se ha extendido la leyenda urbana de que cualquier jugador diferente a los demás, por sus diversas características, podía tener un TDAH que, por otra parte, tiene unas manifestaciones que van cambiando con la edad. El sobrediagnóstico, tan bien definido por profesores como García-Peñas y Domínguez-Carral, se ha disparado tanto que el Comité Permanente de la Asamblea del Consejo de Europa se vio obligado a actuar en marzo de 2015 con la aprobación de la Resolución 2042: “Se insta a todos los estados miembros a garantizar el tratamiento integral con TDAH y se hace hincapié en adoptar medidas para manejar criterios y procedimientos más rigurosos a fin de evitar los diagnósticos poco fiables, la mejor formación de los profesionales para garantizar los diagnósticos y encaminar la investigación a intervenciones no farmacológicas”. El neurofeedback es, en la actualidad, una de esas herramientas demandadas más avanzadas. ¿En qué puede afectar a un futbolista tener TDAH? Sobre todo, en los niveles de atención y concentración a la hora de tomar continuamente decisiones en un deporte donde los estímulos son innumerables y hay que elegir entre numerosas posibilidades cada pocos segundos. Para ello es importante destacar que, con el paso de los años, “la hiperactividad suele persistir mientras que el déficit de atención se mantiene”. Y que existe “más hiperactividad en niños” y “más problemas de atención en niñas”, según aportan las más sesudas investigaciones. La clave diferencial entre las personas diagnosticadas con TDAH respecto a aquellas que no lo padecen está, según los manuales que son referencia en Psicología, “en el grado, la disfunción causada y el deterioro generado”. Por eso, en la evolución es determinante atender a la intensidad de los síntomas y considerar hasta qué punto los problemas característicos interfieren en la vida del afectado y si sufre deterioro ocasionalmente o de forma permanente. Siempre teniendo en cuenta que existe un riesgo genético y ambiental, unido a una gran comorbilidad (combinación de trastornos). Pero más allá de los efectos que el TDAH puede tener, cobra una especial relevancia el hecho de que la medicación es uno de los pilares del tratamiento junto a la terapia cognitivo-conductual. Las pastillas, más centradas en la atención que en la hiperactividad, nunca recomendadas para menores de cinco años, suelen variar. Existe el metalfenidato, que estimula el Sistema Nervioso Central, la atomoxetina, comercializada como Strattera, y la isdexanfetamina. De ahí que los médicos tienen que estar especialmente atentos en la élite para no violar las normas de las leyes antidopaje al recetar anfetaminas y componente similares que figuran en la lista de sustancias prohibidas de la Agencia Mundial Antidopaje (AMA). Para no incurrir en errores, y por tanto en sanciones, hay que contar con la Autorización de Uso Terapéutico (AUT) y evitar así problemas de positivos en los controles recurrentes que se hacen en el profesionalismo. Por lo demás, más allá de ese mecanismo de alerta, normalidad. Giménez, como tantos otros duros pacientes más desconocidos, tienen cuerda para rato.
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