

Un milanista y un nerazzurro. Fabio Capello y uno de los arquitectos más importantes del mundo (Stefano Boeri) charlan con AS sobre la Scala del fútbol.
Antes de su fallecimiento, Sandro Mazzola dio una entrevista al diario AS que jamás se publicó. Hablaba de Mourinho, de Bastoni, pero sobre todo recordaba sus maravillosos años de La Grande Inter, dirigida por Helenio Herrera y liderada por Luisito Suárez. San Siro (la oficialidad del Meazza llegó en 1980) era un templo mayestático entonces, y a todos intimidaba jugar allí. Sus palabras -hoy póstumas- suenan y aparecen como una letanía, una invocación o alegato al pasado sin esquelas aún: ‘Ten piedad de nosotros antes de marcharte’. Habrá un Nuevo San Siro, sí. De hecho, se estima que sea la pieza angular de la Eurocopa 2032, en Italia. Hasta entonces, solo queda rescatar el recuerdo de un artefacto-monumento que ha dibujado una maravillosa historia futbolística. Con todos los focos acaparados allí siempre. “Luces en San Siro, y el juego en medio de la niebla…”, decía la inmortal canción del cantautor Roberto Vecchioni. Una oda al barrio milanés, sí, pero implícitamente dedicada al gran icono del Novecento, titulado a Giuseppe Meazza por sus dos mundiales logrados (1934 y 38). También porque vistió las dos camisetas. “¿Qué decir? Ha sido el estadio más icónico del mundo. Esas escaleras que subían al segundo y tercer anillo… Es algo irrepetible. Para mí fue un sueño jugar allí. También acudir con mis equipos. Cuando entrabas y mirabas hacia arriba, enseguida notabas la obligación a hacer algo extraordinario. Para mí será complicado imaginar que ya no estará. Un vacío, pero hay que mirar adelante”, relata -en pasado ya- Fabio Capello, tres veces entrenador del Milan (la primera como rossonero interino en 1987). Capaz de cincelar una de las páginas más memorables junto a sus homólogos milanistas Nereo Rocco, Sacchi o Carlo Ancelotti. Cuatro técnicos-condottieri y un sinfín de estetas azuzando el verde: de Van Basten a Weah, pasando por Savicevic, Maldini, Shevchenko, Pirlo, Baresi, Cudicini o Gullit. Oro puro. Enfrente, la némesis interista, con Beppe Bergomi, Facchetti, Ronaldo, Javier Zanetti, Matthaus, Klinsmann, Toldo o el propio Mazzola, cuya rivalidad con Gianni Rivera alcanzó incluso esferas políticas. También Trapattoni, quien jugó en el Milan y entrenó el Inter de los alemanes. Todos forman parte de las teselas de un maravilloso campo de fútbol que vio jugar a Cruyff y Maradona, Di Stefano, Riva y Totti, Sivori, Platini o la Quinta del Buitre, uno de los principales verdugos del Milan en los ochenta. Todavía vivía el genial reportero Gianni Brera, pluma fina de la Gazzetta dello Sport. El 19 de septiembre de 1926 se inauguró San Siro con un resultado tenístico: Milan 3-6 Inter. Lo que vino después y hasta hoy (proyectado y estudiado por el artista Liberty, Ulisse Stacchini) es magia y pasión en el imaginario colectivo. De hecho, tardó solo un año en construirse, y la estructura base del primer anillo necesitó diez mil quintales de cemento, 3.500 metros cúbicos de arena y 1.500 quintales de barras en hierro. Costó cinco millones de liras (dos millones y medio de euros). Inicialmente, fue solo estadio del Milan, entrenado entonces por el inglés Herbert Burgess, quien precisamente vivía en un pequeño apartamento allí dentro, próximo a la tribuna. Ya en la posguerra llegaron las luces y el segundo anillo. El trono estaba de dulce para su primer partido de noche, a las 21.30. Era 1958, y aún no existían los fondos (curva sud Milan; curva nord Inter) … La modernización definitiva llegaría para el Mundial de Italia 90. Cinco años después del estreno de Bruce Springsteen. Fue la noche mágica del Boss, con su primer directo italiano en San Siro (en 1980, tocó Bob Marley). Hubo un antes y un después. Equiparable a los conciertos épicos en Wembley de entonces, con Queen y Michael Jackson. El costumbrismo abría paso a las nuevas tendencias. Milán patentaba la moda. Era Milano da bere, lo más parecido a la movida madrileña, aunque con camparis y cocaína. Había especulación inmobiliaria y erotismo, trasladado al cine con Tinto Brass. “Notre-Dame en París, la Sagrada Familia, el Duomo de Milán o la Catedral de Colonia… Imposible olvidarlas, y esto vale para algunos estadios como Maracaná, Old Trafford o San Siro. Representan la historia del fútbol mundial. Un cruce de miradas y emociones, de generaciones. Es un patrimonio, un símbolo, una arquitectura única, un templo”, subraya Stefano Boeri, arquitecto, urbanista y político italiano. Inventor del renombrado Bosque Vertical de Milán. Uno de los edificadores más célebres de los últimos tiempos, junto a Rem Koolhaas, Zaha Hadid o Frank Gehry. “Es una estructura atractiva e interesante. Compuesta por tres arquitecturas que se han ido sobreponiendo con el tiempo. El primer anillo aún conservaba las escuderías para los caballos, herencia del hipódromo que estaba en la zona. El segundo le dio precisión y empaque en términos arquitectónicos. El último emerge con las grandes torres. Todos son independientes entre sí. Suponen un crisol de estilos y técnica, de momentos, de belleza. Es una obra de arte única”, enfatiza. Una mole maciza, dinámica y efervescente destinada a morir en la futura transformación, pero también a dejar un legado eterno. Y es que por allí pasaron dos Papas (Benedicto XVI y Francisco), un sinfín de sponsors (Mediaset o Pirelli) y, además, se disputaron un buen puñado de finales de Champions (hasta cuatro). Por no hablar de los partidos de Copas del mundo y esa pintoresca fiebre en las gradas con pancartas que hicieron historia… Coreografías inspiradas en el grito de Munch y en Matrix, ese apodo cruento, sarcástico y sanguinario referido a Marco Materazzi. Dos mundos; una rivalidad titánica. El final vuelca al inicio. Tanto en la psique de Fabio Capello como en la de Stefano Boeri, San Siro representa lo magnánimo, pero también la espera y tensa calma. Esta, a veces, aguarda júbilo o desilusión. La rossonera la reescribió Berlusconi con la ayuda de Gallini, y en el lado opuesto aparecieron Moratti, padre e hijo. “Recuerdo estos nombres propios… Beccalossi, Skoglund, Corso, Rummenigge, Altobelli, Ronaldo, Mou o Meazza”, anticipa Boeri, quien presentó hace años un proyecto para el nuevo fortín. “Diseñé un estadio-bosque. Lo quería construir así. Uno cuyo perímetro estuviera recubierto de plantas, arbustos y árboles de todo tipo. Más de un centenar diferentes. No era algo visionario, sino pragmático y realista. Eficiente para las grandes arenas (templos; coliseos; anfiteatros) del fútbol. No lo aceptaron, aunque el objetivo era que se volviera a respirar el perfume de la naturaleza. Yo tengo este olor aún… La hierba, la tierra de San Siero cuando iba de niño. Hoy ya no existe, pero propusimos algo insólito, donde la naturaleza entraba en simbiosis con el zumbido y el bullicio que siempre lo caracterizó”. Ese que, en palabras de Bergomi, intimidaba a los visitantes. Porque sí. Era especie de gota china que aniquilaba. Algo así como el miedo escénico del Bernabéu. No se trataba solo de un ruido ensordecedor arribado de la gente que arengaba. No, era algo que venía de una dimensión más elevada, próxima al cielo que siempre tocaba con sus filamentos. “Cualquier nuevo proyecto para un estadio debe albergar conciencia pues se trata de algo extraordinario. Imaginé el futuro ahí. Una arquitectura basada en una visión contemporánea, aunque sin perder el sentido de responsabilidad. San Siro posee una historia compleja y profunda”, destaca. En realidad, todo es una trampa. Vecchioni usa San Siro como pretexto para contar la historia con su novia. Buscaban un lugar oscuro con el coche. En la Montagnetta, cerca del estadio. Era interista, de hecho. Como también lo era Adriano Celentano (el Elvis italiano). Él entonaba siempre el tema ‘Eravamo in centomila’… Las personas -cuando los asientos no estaban numerados- que bien podían acudir al derbi de Milán en el heráldico y pantagruélico San Siro, quien custodió arte, fútbol, ovejas en el prado durante los cincuenta y una moto zarandeándose por las gradas. Nadie es perfecto. Ni siquiera él, hoy ya en manos de las dos entidades (cedido por el Ayuntamiento de Milán) que trabajan en uno ultramoderno y supersónico para reescribir su historia, su música y poesía. También los goles, por esto es solo fútbol.
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