

Messi se retira de la selección argentina con dos asistencias y un gol en una noche tremendamente emotiva. Se va con cuatro títulos, 208 partidos, 126 goles
Un día contará la leyenda que Messi dejó Argentina para siempre, que su sangre albiceleste paró de brotar, que la ’10′ que lució por más de dos décadas ya está huérfana y vacía. Un día entenderá el fútbol -esa religión de entusiastas que traspasa fronteras- que Messi se fue para no volver, que su zurda quedó aparcada en una vitrina de diamantes, que no hubo más Mundiales, más Copas América, más Leo defendiendo a su país, a su gente, a su amado deporte, al de todos nosotros. La historia más grande jamás contada llegó a su fin. Fue el relato circular que condujo a un pibe desde Rosario a Barcelona, desde Barcelona al mismísimo infierno argentino y desde ese mismo infierno a la gloria de levantar títulos con la Albiceleste en Maracaná, en Londres, en Qatar, en Miami. Leo se quitó la camiseta de Argentina por última vez entre lágrimas y en paz. En paz con su difunto padre Jorge y consigo mismo. En paz porque logró por fin disfrutar de un país, el que le dieron y él con fuerza eligió, pues su salida temprana rumbo a España le hizo ser durante mucho tiempo un forastero tanto acá como allá. Hoy ya nadie duda: Messi está a la altura de los más grandes argentinos de siempre, Gardel, Maradona, Borges, Perón. Entre la emoción del Monumental y las muestras reverenciales de los jugadores de Benín, a Messi su partido de despedida la hizo sacar el lado más humano. No le gustó demasiado que se parase el encuentro a los 10 minutos para ser ovacionado, pero sí se divirtió como mejor sabe posteriormente, con jugadas, tirando paredes, poniendo a prueba al portero rival constantemente. Dos goles pudo marcar antes de empezar a repartir asistencias. La primera, a Otamendi en un córner; la segunda, a Nico Paz para que este lograra un gol de bandera. Si alguien pensaba en el exmadridista como posible heredero, aquí va otra muestra de ello. Pero la fiesta era de Messi y solo suya. Un penalti sobre Giay permitió que Leo se colocara a once metros del portero beninés. No era la final del Mundial, pero lo pareció. El disparo del ‘10′ voló hacia la escuadra para poner el broche de oro a un periplo legendario, a 208 partidos, 126 goles, 70 asistencias y cuatro títulos internacionales con su país, al camino de un genio que difícilmente será repetible y que desde hoy deja un vacío en Argentina y en el fútbol de selecciones. Queda el de clubes. Parece poco para seguir disfrutando de alguien al que definitivamente hay que dar las gracias. Nadie las merece más que él.
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