Es un jugador total. Brilla en cualquier puesto y da la sensación de que podría hacerlo en otro más. Ese 9 del Pizjuán fue más que un guiño...

Sólo faltaba verle con el dorsal de los elegidos para acabar de oficializar la teoría. Fermín López (23 años) siempre ha sido un seis al que le gusta moverse como un ocho, que tiene la cabeza de los privilegiados que lucen el diez y que puede hacer surcos como el siete más veloz o el once más desequilibrante. Pero, sobre todo, por encima de cualquier otro superpoder, es un todoterreno con el instinto de los nueves. Verle con ese mágico número en Sevilla no sólo confirmó las sospechas del seleccionador como previsión por si se constipan Ferran y Oyarzabal, sino que pudo haber encendido la bombilla de Flick ahora que Raphinha anda de nuevo renqueante. No hay un futbolista fuera del gremio de delanteros centro que interprete mejor esa posición. No engaña a nadie. Pese a que haya despistado con el 32, el 16 y el 7 en el primer equipo del Barça; con el 11 en el filial; con el 10 en el Linares; con el 8, 19 y 25 en la Absoluta, con el 11 en la Olímpica y con el 19, 14 y 17 en la Sub-21. Siendo un atacante que se asocia como los ángeles y que es solidario como el que más, para robar y crear, tiene la portería metida en la cabeza. Ante Croacia fue otro ejemplo más. Fue una metralleta: en un rato, cuatro tiros con mala baba, con palo incluido, y un movimiento clave en el 1-0. Sus números son incomparables si se ponen frente a frente ante perfiles con menos peso en las estadísticas que han jugado en su terreno antes (Iniesta) o después (Pedri). Y son reveladores si se enfrentan a los monstruos que le rodean. Con 36 tantos y 30 asistencias desde que irrumpió hace cuatro temporadas en el Barça (143 partidos y 7.459 minutos), es influyente a cada paso que da y podría decirse que es decisivo cara a portería cada 124’. Olmo, su competencia, lo es cada 127’; Lamine, que ya está en el pedestal del fútbol mundial, lo es cada 103’ y Raphinha, que es un Balón de Oro sin trofeo, cada 82’. No sería la primera vez en la historia de este deporte en la que un profesional llega a la élite en una demarcación, demuestra sus cualidades en algún otro puesto más y termina pasando a la historia en un departamento totalmente diferente para el que se le fichó. Bale, Pirlo, Mascherano, Lahm, Navas y varios más lo recuerdan con orgullo. E igual que Di Stéfano y Matthäus en las alturas, y Loren entre los círculos norteños, fueron retrasando sus pasos desde el corazón del área rival a la propia, Fermín tiene condiciones para recorrer el camino inverso: dar el salto, sobre todo cuando le llegue la madurez, y plantar su genio en el punto de penalti. Es curioso su presente. Indiscutible en el Camp Nou, no tiene sitio fijo en el once de la Selección, que suele ser donde desembocan los titulares del día a día como premio. En el Pizjuán creía que no iba a jugar. Y mientras, Olmo, suplente en su club, es dueño de esa parcela con la Roja. Ambos tienen asimilado, por ahora, ese rol. Pero como ha sucedido con Pedri, que ha retrasado su posición, permitiendo que quepan más jugones juntos, ¿por qué no se puede adelantar la de Fermín, en un momento dado, para que la sociedad siga creciendo? Alinear culés es una garantía. La gestión de las ausencias de Raphinha puede arrojar algo de luz. Porque, aunque De la Fuente no tiene necesidad de probaturas y sólo actuaría en urgencias, Flick ya ha asimilado que no volverá al pasado (ariete puro). Sin Lewandowski ha conquistado el futuro, a semejanza de equipos modernos como el PSG, con un punta que es de todo menos el manido palomero.