

Cubarsí y Cucurella, que han disputado los últimos 930 minutos con España, ejemplifican esa sintonía que ha llevado a La Roja al éxito.
Sólo tres campeones disputaron los 750 minutos en el Mundial: Unai Simón, Pau Cubarsí y Marc Cucurella. Sólo el azulgrana y el madridista, como jugadores de campo. Mérito mayor, por el obvio inmovilismo en portería. El resto, en un momento u otro, más o menos, respiró. Ellos no. Tampoco lo han hecho en este arranque de Nations. Al menos, hasta ahora, porque tendrán que hacerlo. Pero De la Fuente, en su aluvión de cambios entre un día y otro (cinco de Inglaterra a Croacia), no se los planteó a ellos. Los días que había que sentar los cimientos de la clasificación, inamovibles. Han disputado los últimos 930 minutos con España. Una dupla que es el símbolo de esa unidad que es capital en la Selección. En un fútbol marcado por los antagonismos, un crack del Barça y uno del Madrid son dos de los estandartes más fiables. El uno aporta calma, orden y jerarquía silenciosa. El otro, energía, carácter y una competitividad contagiosa. Juntos reflejan la esencia de una familia donde las diferencias enriquecen y el escudo (de España) está por encima de todo lo demás. Dos personalidades, un mismo lenguaje. Esa es la fuerza de la Selección. Y ellos, con ese impulso, no han parado de crecer. “Después de jugar el Mundial, Cubarsí está en otro nivel”. La reflexión de Hansi Flick, que ya había anunciado sobre marzo que el central de Estanyol estaba entre los mejores centrales del planeta, ha sido ratificada en datos en el tramo inicial de temporada. Su crecimiento en números, sinceramente, impone. Ha pasado de un 64,73% en duelos ganados la temporada pasada, a un 70,83, un crecimiento porcentual de más de seis puntos. En porcentajes de duelos aéreos, también ha crecido diez puntos: de un 59% a un 69%. Y de 9,78 recuperaciones por partido ha pasado a 12,93. Hay más. De 4,3 recuperaciones rápidas después de pérdida, ha pasado a 6,38. Y aunque el Barça puede que incluso haya defendido de manera menos kamikaze que al inicio de la temporada pasada, recuperado 4,31 balones en campo rival por 1,89 del curso pasado. Es curioso. Cubarsí sólo ha retrocedido en dos datos: las progresiones con balón y los pases largos con éxito. Todo tiene una lógica aplastante. Ahora, es el central que controlan los rivales. En el Barça, dejan salir a Gerard Martín o Christensen con el balón. Se ha convertido en el jerarca del centro de la defensa azulgrana, el encargado de sostener también el inicio del juego ofensivo. Cubarsí es también ya jefe en la defensa de la Selección. Su poso, su manera de enfrentarse a los partidos, ha cambiado mucho desde la cita en América del Norte. Allí se convirtió en élite mundial después de secar a Cristiano, Messi y Mbappé. No sólo eso. También fue capaz de colaborar en el juego ofensivo. Filtró pases con sentido que saltaban líneas; y él mismo dio el paso hacia delante para invadir territorio enemigo y encontrar el sitio perfecto para chutar desde la frontal el día de Bélgica en Los Ángeles. Merino hizo el resto. Nueve años menor que Cucurella (19 y 28), Cubarsí pertenece a otra generación y, sin embargo, desprende un aroma muy alejado de la superficialidad de las huecas redes sociales. Criado en un pueblecito como Estanyol, crecido en la discreción de la aulas y campos de entrenamiento de la Ciutat Esportiva de Sant Joan Despí, siempre ha preferido que se hable de él por lo que hace dentro del campo, aunque él mismo entiende que son otros tiempos. “Puede que no sea muy mediático, pero estoy entrando poco a poco”, dijo en una entrevista durante el Mundial. Lógicamente, y pese a que no es donde se siente más cómodo, sabe que tiene que cuidar su marca. La esperan grandes cosas. En poco tiempo puede ser elegido Golden Boy, un trofeo sólo apto para elegidos (Doué, Lamine, Bellingham, Gavi, Pedri, Haaland, João Félix, De Ligt o Mbappé los últimos ganadores) y también el Kopa que France Football entrega al mejor joven. El caso de Cucurella es distinto, pero con la Selección como hilo conductor igualmente. La Eurocopa 2024 le catapultó y, desde entonces, la élite ha sido su hábitat. Tanto que el Madrid, cuando pensó en reforzar el lateral izquierdo, apuntó en su dirección. Un fichaje de 55 millones de euros que no trastocó el día a día en Chattanooga. Tampoco su rendimiento mundialista, excelente en campo propio (secó a Doku, Dembélé, Olise...) y en el rival (tres asistencias). Por, amén del talento, la naturalidad con la que Marc lo afrontó. Porque así es como afronta cada situación. Porque, como dicen en su Alella natal, “es alguien sencillo, en un mundo complejo”. Él, con su sensibilidad y alegría, lo trivializa. Y con su garra es indispensable. Siempre. En cuanto Mourinho supo que su fichaje era una opción dio el “sí” y le llamó. Una especie de “te quiero aquí”. El resto se hizo a toda velocidad. Al mismo tiempo que Cucu se convirtió en titularísimo (octavo más utilizado, 520’, a pesar de incorporarse tarde por el Mundial). Sin ser el comienzo de campaña anhelado, especialmente en lo colectivo, su manera de ser ya se está dejando notar en el vestuario blanco. Y tiene buen entendimiento con un Mourinho del que destaca que “siempre está de buen humor”. Los baches de rendimiento los asume. Como el fallo ante Inglaterra ante el que ya se repuso contra Croacia. Como aquel derbi tan polémico como doloroso para el madridismo, y los utiliza para crecer. “A nosotros en el Madrid, por las características de nuestros jugadores, nos gusta correr mucho, hacer ataques muy rápidos y muchas veces nos toca correr más. Antes del parón, no hemos acabado de la mejor manera. Todo es un proceso”, sintetizó en entrevista con la SER. Y a España la utiliza para recuperar más vuelo aún. Es uno de los órganos vitales de la “familia”. Un compromiso tan fuerte que lo lleva tatuado (a De la Fuente, concretamente). Por eso, como Cubarsí, es parte de la fuerza de la Selección.
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