

El recital del mediocentro ante Croacia pone el acento en la contradicción de sus suplencias en el Arsenal. Nadie sabe qué le deparará el futuro.
Martín Zubimendi (27 años) tiene la buena costumbre de no darse importancia. En un mundo de influencers, dominado por un narcisismo galopante, casi enfermizo, destaca desde la discreción. Se trata de una virtud, demasiadas veces silenciada, que todo mediocentro ha de tener. Un equipo debe sentir su presencia y jerarquía sin hacer ruido. La contundente victoria de España ante Croacia (4-1) subrayó la influencia de Zubimendi en el juego. Los focos fueron para otros, pero el control pasó por sus botas. Es un futbolista especial en la dirección, siempre bien perfilado para recibir, y un facilitador para sus compañeros. Buscarle siempre es una opción fiable y él responde con una pulcritud exquisita. En el Sánchez-Pizjuán apenas falló un pase en todo el partido, realizó 12 conducciones progresivas y se impuso en todos los duelos que mantuvo. Fue una exhibición en toda regla. Por raro que parezca, Zubimendi no es titular ni en la Selección ni en el Arsenal. Se puede entender desde el punto de vista de la competencia -Rodri, Guimaraes o Rice, entre otros-, pero no desde la perspectiva de su talento y ascendiente. Partidos como el de Croacia acentúan la sensación de injusticia que rodea su actual momento. En la Selección no era titular desde noviembre de 2025 y en el equipo inglés apenas promedia 24 minutos por partido, algunos de ellos como lateral derecho. La paradoja a la que se enfrenta Zubimendi es que ahora es inviable sacar a Rodri del once de España, y tampoco le será fácil imponerse a Rice, Guimaraes o Lewis-Skelly en el Arsenal. Sus actuaciones reclaman un estatus superior, pero el contexto le perjudica. Tampoco juega a su favor su acreditada respuesta cuando le toca salir con el partido en marcha. Las finales de la Eurocopa o del Mundial atestiguan su capacidad de adaptación al ritmo del partido. Su credibilidad no se resiente. Todas las pistas indican que Zubimendi no puede ser carne de banquillo por mucho tiempo. Al menos, no debería en condiciones lógicas. Aunque Arteta no quiere bajo ningún concepto desprenderse de él, a su madurez futbolística le conviene que sea respetada su trascendencia. Ha dado muestras de su paciencia durante su carrera. Su tranquilidad en el campo se traslada también fuera del mismo. Mide cada paso, valora cada riesgo. De la Real Sociedad solo se fue en 2025 cuando sintió que era la decisión adecuada. Lo normal es que se hubiera ido en 2024. El Liverpool pagaba entonces la cláusula de rescisión, cifrada en alrededor de 60 millones de euros, y trazó un ejercicio de persuasión que no le funcionó. Zubimendi rechazó su oferta. “No era el momento adecuado para irme. Me quedé en San Sebastián y fue una temporada difícil, pero aprendí mucho. Quería dar un paso al frente, asumir ese peso después de que otros se fueran”, explicó tiempo después. En esa frase se lee entre líneas que quería ser la pieza más relevante de la Real antes de optar por un cambio de aires. Ahora asume el desafío de dar la vuelta a su situación en Londres, aunque en el horizonte puede encontrar otras soluciones a medio plazo. Se habla del Chelsea de Xabi Alonso y se pide que el Real Madrid se mueva por él. Nadie sabe qué deparará su futuro. Lo que es seguro es que la idealización de Zubimendi es más pertinente que nunca. No es un suplente cualquiera.
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