

Martín Carparrós, Eduardo Sacheri, Sergio Levinsky, Pablo Alabarces, Diego Tachella y Emiliano Nunia reflexionan sobre el significado de Messi en Argentina.
El camino de Messi con Argentina, no siempre idílico y con curvas sinuosas, llega a su fin entre signos de máxima emoción y un amplio reconocimiento. Un país donde el fútbol se sitúa en un estrato superior asiste a su adiós bajo la sensación de vacío que deja y la reflexión sobre una figura que ha trascendido a la categoría de mito. “Lo que tenemos mucho los argentinos es como una especie de nostalgia por un pasado que nos parece glorioso y que en algún momento se torció. En ese sentido, el fútbol nos ofrece una suerte de redención. Primero Maradona y después Messi nos aportan esa certeza de que efectivamente estábamos destinados a la grandeza. Ese creo que es el gran significado de Leo respecto a la sociedad argentina”, sostiene el afamado escritor Eduardo Sacheri, cuya producción literaria está cargada de referencias futbolísticas (Esperándolo a Tito y otros cuentos de fútbol, La vida que pensamos, Papeles en el viento...). “Messi es un milagro para Argentina. Piensen que entre 1977 y 1997 tuvimos el enorme privilegio de tener al mejor jugador del deporte más masivo. Maradona era, por definición, irrepetible, y resultó que pocos años después de su final se repitió. Uno era extraordinario; dos eran perfectamente increíbles”, explica Martín Caparrós, periodista y escritor, ganador de numerosos premios, entre ellos el Ortega y Gasset. La adoración del pueblo argentino por Messi fue in crescendo y atravesó momentos de dificultad. “Normalmente, los jugadores argentinos debutan muy jóvenes en el país y se produce una simbiosis muy rápida. Eso con Messi no ocurrió. Siempre digo que se puede asemejar a cuando uno se entera que tiene un hijo con 18 o 19 años. Entonces, tiene que aprender a amar a un hijo que no sabía que lo tenía y entonces es una relación muy compleja”, expone Sergio Levinsky, periodista y sociólogo, autor del libro Messi y todo lo demás. Martín Caparrós también coincide en las barreras emocionales que tuvo que derribar: “Chocó con muchas resistencias. Era como un intruso, uno que venía a ocupar un lugar que ya estaba ocupado para siempre en nuestros corazones. Y, sin embargo, poco a poco, tuvimos que armarnos corazones para dos”. “La trayectoria de Messi en la selección solo puede pensarse como una sucesión de adversidades desde la certeza argentina medio disparatada de que su equipo tenía que ser campeón del mundo. Digo, porque ya había sido subcampeón, había ganado otros torneos; sí, le faltaba el Mundial, algo que casi nadie tiene, y al fin lo logró”, añade Martín Caparrós. En este punto, la voz de Pablo Alabarces, uno de los pioneros de la sociología del deporte en América Latina, también ahonda en esta idea: “Fue criticado por esta cuestión de no ganar nada y de perder todas las finales que jugaba. Para colmo se contraponía al éxito deportivo con el Barcelona”. El paso del tiempo derrotó a los prejuicios. “No representaba al argentino medio. La sociedad argentina no tenía ídolos tan ejemplares. Su conquista fue desde la simpleza, con su deportividad y buena imagen”, asegura Levinsky. Y desarrolla su argumento: “Cuando renunció a la selección, se produjo un hecho que yo considero contracultural habiendo perdido, que es que una sociedad tan exitista como la argentina en fútbol le pidió en pasacalles, en manifestaciones, en las carreteras, en todas partes, que volviera, por favor. Es extraño ese fenómeno”. Para Diego Tachella, psicólogo, docente e investigador, “Messi funcionó durante veinte años como un punto fijo al que volver incluso en los momentos en que la realidad del país daba pocos motivos para sostener algo. Eso no lo convierte en un salvador ni en un ejemplo moral, pero sí en un referente afectivo colectivo, que es una categoría distinta y probablemente más honesta. Una épica de luchar desde lo más bajo y llegar a la cumbre superando todos los obstáculos, nunca dejó de ser argentino a pesar de pasar la mayor parte de su carrera en Barcelona, ni su tonada rosarina perdió”. El periodista Emiliano Nunia defiende que el legado de Messi va más allá del fútbol: “Messi no solamente nos emocionó con sus goles y títulos en la selección argentina. Traspasó generaciones. Nos conmovió con una aleccionadora manera de vivir y sentir. Nos enseñó que se puede perder, pero es obligación levantarse, porque sus sueños se negaban al desalojo, aunque la sensatez protestará. Su voracidad y mentalidad ganadora fueron el motor de cada uno de sus sueños. Marcó a toda una generación no solo como deportista, sino también como ejemplo de persona. Los títulos quedan en la historia. Sus valores y grandeza quedan para siempre y nos deja la vara alta: tanto afuera como adentro de una cancha de fútbol”. Messi perdió, pero luego ganó. Su retirada de la selección provoca una desazón sentimental en la sociedad futbolera. “El vacío, por ahora, es enorme”, describe Martín Caparrós. “Yo creo que hay una despedida agradecida. Quedaría más vacío si Leo no hubiera logrado las consagraciones que consiguió con la selección argentina. Es un ciclo que se cierra sobre todo con agradecimiento más que con sensación de pérdida”, contrapone Sacheri. Alabarces considera que no habrá nostalgia social: “Deja un vacío de magnitud en el ámbito futbolístico, no solo para la Argentina. Socialmente no deja ninguna vacante. No hay tal ausencia social, por ejemplo. Está en todos los anuncios, en las redes…”. Una visión compartida por Levinsky: “El legado fundamental es el futbolístico, esa sensación de perder un genio. Y la otra cuestión, que me parece no menor, es que Messi deja un vacío también en cuanto al afecto del resto del mundo por la selección argentina. Consiguió algo muy difícil, que es que medio mundo fuera fanático de él”. Argentina tendrá que aprender a vivir sin el ídolo. Para Tachella, “el anuncio funcionó casi como un quiebre: obligó a una sociedad entera a empezar, todos a la vez y de golpe, un trabajo que hasta ese momento venía posponiendo, deseando que Messi dure para siempre. Y ese trabajo, además, no arrancaba de cero: se montó sobre un duelo que ya estaba abierto por la derrota en la final de la copa del mundo ante España. No hubo margen para narrar la despedida como un cierre glorioso, coronado por una victoria; fue una despedida que tuvo que convivir con la tristeza de lo que no se consiguió”. “Después de casi medio siglo de injusticia, la Argentina va a tener que acostumbrarse a vivir sin tener al mejor jugador del mundo”, medita Martín Caparrós. “Pero, al mismo tiempo, nadie deja de atesorar, escondida en un recoveco del cerebro, la ilusión de que no hay dos sin tres”.
Manchester United
Real Madrid
Barcelona
Todos os comentários