

Una horrible primera parte y un segundo tiempo en el que se perdonó lo indecible llevan a los txuri-urdin a su primera derrota en la Europa League.
El estreno de la Europa League en Anoeta dejó un sabor amarguísimo y un golpe de realidad tremendo para la Real Sociedad. El conjunto guipuzcoano, que llegaba cargado de ilusión a la cita continental, se estrelló de bruces contra las urgencias en una primera mitad nefastamente ejecutada, quizás la peor desde que Pellegrino Matarazzo ocupa el banquillo txuri-urdin. La apuesta del técnico estadounidense por una defensa de cinco se le volvió en contra a las primeras de cambio: ante un rival de la Premier League como el Bournemouth, los experimentos salieron carísimos. Los británicos, dirigidos por Marco Rose, impusieron un ritmo vertiginoso con un fútbol directo y físico que desnudó por completo las dudas locales, hundiendo anímicamente al equipo en cuanto encajó el primer bofetón. La reanudación ofreció un guion distinto tras el paso por vestuarios y la vuelta al dibujo habitual. La Real Sociedad acortó distancias con fortuna y embotelló a los cherries en su campo, llegando a disponer de hasta tres ocasiones clarísimas en las botas de su delantero centro para haber salvado los muebles. Sin embargo, perdonar tanto en el área rival penaliza una barbaridad en la alta competición. La reacción final no bastó para arreglar el estropicio del primer tiempo y certificar así una derrota dolorosa que recuerda, a las primeras de cambio, que en Europa la falta de contundencia y la endeblez se pagan muy caro. Pellegrino Matarazzo sorprendió de inicio dibujando un 5-2-3 con dos carrileros de mucho recorrido para medirse al Bournemouth. El choque empezó eléctrico: los ingleses mordiendo arriba y la Real Sociedad buscando la réplica nada más arrancar con una internada de Oskarsson que despejó Smith cuando Oyarzabal ya armaba la pierna en el punto de penalti. Los txuri-urdin reaccionaron adueñándose de la pelota y empezaron a someter a los de Marco Rose. Sergio Gómez tiró una pared de tiralíneas con Oyarzabal y su pase raso lo achicó António Silva como pudo. El partido olía a gol local, pero el fútbol es un deporte traicionero. En el primer zarpazo visitante, Truffert la puso desde la izquierda y Kluivert la mandó al fondo de la red. Aunque el línier levantó el banderín, el VAR validó el tanto porque Luken Beitia se había quedado enganchado rompiendo el fuera de juego. El tanto de los cherries desconectó por completo a los txuri-urdin. Sergio Gómez intentó rebelarse con un desmarque en ruptura servido por Oyarzabal, pero la zaga británica cortó el peligro abajo. La Real Sociedad dominaba el balón a ratos, pero regalaba metros a la espalda. En un desajuste defensivo que arrancó con una imprecisión de Héctor Fort, Tavernier conectó con Scott y este dibujó una rosca perfecta al segundo palo. Rayan le ganó la partida a la marca y cazó un frentazo que tomó a Marrero a contrapié. Era el 0-2 y el ambiente en Anoeta se ponía muy enrarecido. Para colmo, rozando el minuto 25, Tavernier puso un caramelo a balón parado que Evanilson estrelló en la cruceta desde su casa. A la Real Sociedad no le duraba la posesión ni dos pases. El invento del esquema de cinco centrales no terminaba de cuajar con piezas que llevaban disputados muy pocos minutos en el equipo y sin apenas rodaje juntos. Scott mandó un aviso de cabeza con António Silva y, poco después, Tavernier volvió a retratar a Héctor Fort y Luken Beitia para poner un centro tenso que Jon Martín tuvo que despejar en boca de gol cuando Evanilson ya se relamía. El 0-2 al borde de la media hora era, objetivamente, un mal menor para lo que se estaba viendo sobre el verde. En el banquillo local, Pellegrino Matarazzo no encontraba respuestas. El técnico estadounidense gesticulaba, se sentaba, consultaba a sus asistentes y trataba de corregir a un centro del campo que no la olía. La Real Sociedad estaba completamente grogui, superada en intensidad y desorganizada sin la pelota. Los futbolistas enfilaban la caseta desorientados, pidiendo el tiempo muerto a gritos ante el runrún de la grada. Matarazzo tomó el camino del túnel a toda prisa: le tocaba reconstruir un equipo roto en apenas quince minutos de descanso. Tras el paso por vestuarios, Pellegrino Matarazzo movió ficha de inmediato dando entrada a Gonçalo Guedes por un desdibuajdo Héctor Fort. El técnico estadounidense rectificó la propuesta inicial y volvió al 4-2-3-1 más habitual, ubicando a Luken Beitia de lateral diestro, juntando a Yangel Herrera y Beñat Turrientes en la sala de máquinas y soltando por delante a Barrenetxea, Guedes, Oyarzabal y Oskarsson. La Real Sociedad necesitaba meterle un chispazo al duelo para reenganchar a la grada de Anoeta. Costó arrancar diez minutos en los que la posesión seguía siendo bastante estéril, hasta que Turrientes probó fortuna desde la frontal obligando a Petrovic a estirarse. Fue el aviso antes del gol: Sergio Gómez puso un caramelo con música al área, nadie tocó el cuero, Sarr amagó sin rozarlo y el meta del Bournemouth midió fatal la trayectoria. El balón botó y se coló llorando pegado al palo. Había partido. El gol espoleó a la parroquia guipuzcoana, y contagió de energía al cuadro txuri-urdin. Barrenetxea empezó a encarar sin cadena y Guedes daba la sensación de romper líneas cada vez que agarraba la pelota. Incluso Matarazzo se contagió del ímpetu actuando de recogepelotas en la banda para no perder ni un segundo en los saques de banda. El propio Guedes rozó el empate con un zapatazo lejano que Petrovic despejó a córner como pudo. Los cherries sintieron el golpe, acusaron el esfuerzo físico del primer acto y dieron un paso atrás para achicar agua ante el empuje local. En el minuto 72 la Real Sociedad rozó el milagro tras una transición rápida. Guedes se plantó delante de Petrovic, pero le sobró un recorte dentro del área cuando pedía disparo a quemarropa; la cedió atrás para la llegada de Oyarzabal, que la picó con sutileza, pero el balón cayó manso sobre el techo de la red. Fue la última acción del capitán, sustituido de inmediato por un Sucic que le dio aún más criterio al tramo final. La escuadra donostiarra volcó el campo por completo hacia la portería británica, asumiendo riesgos atrás ante un rival roto que solo buscaba achicar balones. Sucic enganchó un rechace en la frontal que taponó Christie con el cuerpo cuando el estadio ya cantaba el empate. El tramo final fue un ejercicio de fe y desesperación a partes iguales. A siete minutos del noventa, Sergio Gómez sirvió otro centro tenso desde la izquierda que Oskarsson no acarició de milagro en el segundo palo. Segundos después, una genialidad de Zakharyan dejó al ariete islandés completamente solo ante Petrovic: el ‘9’ controló, cruzó el remate abajo y el meta del Bournemouth sacó una mano prodigiosa. Todavía tendría una más Oskarsson en el 90 a bocajarro para firmar la igualada, pero volvió a fallar en la definición. La Real Sociedad murió en la orilla pagando muy caro su nefasta primera mitad y una falta de puntería imperdonable en la alta competición europea.
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