

El equipo de Simeone se lleva un derbi muy polémico en el que el árbitro perdonó, con 0-0, tarjetas rojas a Cuti Romero y Kang-in Lee.
Fue un derbi a la antigua usanza, de esos que se alargan en llamas durante la semana por un quítame allá esas rojas. Sucedió que Ortiz Arias se ahorró dos a jugadores del Atlético, una en contra de la sugerencia del VAR, diluvio sobre charco después de que el Madrid hubiese extendido sus sospechas por el colegueo del árbitro con algunos jugadores del Barça. Luego pitó un penalti a Huijsen, que lo fue, y esta vez sí atendió al videoarbitraje y dejó al Madrid con diez. Nadie sabe si el parón FIFA será suficientemente largo como para perimetrar el incendio. El tiro al aire del CTA deja heridos. Antes y después de los sucesos, el Madrid fue peor que el Atlético, se manejó sin criterio ni intensidad, falto de garra y de fútbol, con algunos jugadores instalados en la vida pirata. Los vicios de dos años de secano se mantienen, la pareja de mediocentros no crea y no hay hilo conductor entre sus estrellas. El Atlético, en cambio, fue lo que quiere el Metropolitano y lo que dice su himno, coraje y corazón, el territorio de Giuliano, gran impulsor del juego de su equipo. El equipo tuvo orden, especialmente cuando entró Koke, y más ambición que su vecino, sobre todo después del empujón arbitral. Los derbis invitan a la moderación, tiempo para agarrarse a los fieles y huir de las mudanzas a gran escala. Pasó en este también. Simeone cambió a tres de los que golearon a Osasuna para elevar el factor de protección: Pubill como lateral, músculo en el centro con Llorente y Cardoso para equilibrar la fortaleza de piernas de Tchouameni y Valverde y Julián Alvarez en el banquillo. Esa herida está tardando en cicatrizar y Jonathan David venía de marcar en los dos últimos partidos. Menos tocó Mourinho y nada que no estuviera en las previsiones. Dumfries por Trent, que para algo fue el club al mercado, y Bellingham por el brillante Diomande para componer el cuadrado mágico de Mourinho. Control por desborde, fórmula casi siempre aplicable en los partidos grandes. Y Vinicius en el once, prueba que la fe abunda más en Mourinho que en la afición. No hubo, pues, cambio de planes y tampoco medioambiental. El partido comenzó a hervir desde un comienzo. Una patada destemplada de Baena a Güler desencadenó el primer conflicto: tarjeta para Simeone por comerse al cuarto árbitro, entrada de Cardoso a Bellingham, devolución de la visita de Güler a Baena. El derbi de toda la vida, plato servido en caliente. Mucho suceso y muy poco fútbol. Al Madrid le convenía bajarle volumen al choque con posesiones largas sin demasiado horizonte. Sabe que las pinturas de guerra son el maquillaje atlético en estos encuentros y quedaba el efecto memoria de la manita del curso pasado. Al otro lado, el equipo de Simeone no gastaba un gramo de arrojo, aunque suya fue la primera ocasión, en una magnífica maniobra de Giuliano que acabó en cabezazo errático de Jonathan David. El partido olía a cerrado y no solo por la contención de los técnicos, sino por las alteraciones del sistema nervioso y por la imprecisión de algunos de los principales, Mbappé y Jonathan David a la cabeza. Del guion se salía Giuliano, revoltoso habitual en estas citas que le ganó los primeros desafíos a Cucurella. De labor de vigilancia dimitió pronto Vinicius, afectado por los pitos y por un apagón que no parece tener fin. Esas dificultades en la transición de unos y otros se acentuó en el tramo central de la primera parte. El sismógrafo registró remates levemente desviados de Giuliano y de Vinicius. El peso de los centrocampistas del Madrid era mínimo y los del Atlético decidieron apoderarse de la zona. El partido comenzó a volcarse sobre Courtois mientras el equipo de Mourinho era incapaz de encontrar la salida del túnel. Una y otra vez el Atlético le pirateaba la pelota a un Madrid invertebrado. Y como en todos los derbis apareció el primer giro de guion, con Ortiz Arias en el centro de la escena. Cuti Romero, central de mecha corta, le metió un planchazo en la rodilla a Bellingham en la disputa de una pelota. Roja de reglamento, llamada de Trujillo desde el VAR para advertírselo al colegiado madrileño y simple amonestación para el argentino. Dos árbitros, dos criterios, un buen lío en el peor momento, con el Madrid en armas contra el colectivo. Y en plena discusión, otro pisotón posterior naranja oscuro de Kang-in Lee sobre Valverde también quedó en el limbo, esta vez con silencio del VAR. El lance pareció más involuntario, pero más peligroso. El Madrid, que ya había denunciado la familiaridad del colegiado con los jugadores del Barça, se cargaba de razón para pedir el libro de reclamaciones. La conmoción detuvo el encuentro hasta el descanso. Simeone temió que se le aplicara otra ley escrita en el aire, la de la compensación, y quitó al amonestado Pubill. En ese ambiente, Huijsen le hizo penalti a Giuliano, al que agarró cuando ya había controlado el balón y se disponía a encarar a Courtois. Ortiz Arias mostró una amarilla que era roja. Esta vez sí atendió al VAR y dejó al Madrid con diez. Doble desventaja para el Madrid, numérica y en el marcador, porque Grimaldo convirtió la pena máxima. Mourinho aplicó entonces medidas extremas, entre ellas el relevo de Vinicius por Diomande. Ya era tarde, porque el equipo del menos a nada y encajó pronto un segundo gol, en centro de Giuliano y remate a placer de Jonathan David. A Simeone le pareció que era el momento idóneo para meter a Giuliano. La euforia ayuda a la paz. La pitada tuvo carácter moderado. De ahí al final, el partido fue absolutamente del Atlético, ayudado por el resultado, por el desánimo del Madrid y por el magisterio de Koke. En una misma jugada tuvo el equipo rojiblanco el tercero: Courtois hizo una parada extraordinaria a cabezazo de Cuti Romero y Rüdiger salvó el remate de segunda instancia de Julián Alvarez. El equipo de Simone solo volvió a pasar apuros, más allá de un mano a mano de Diomande, mucho más acertado que Vinicius, ante Oblak tras el gol postrero de Rüdiger. Apunten al asistente, Bernardo Silva, el pie que le falta al equipo en el centro del campo. Simeone, entre olés de su gente, ya tiene la certeza de que el equipo está en vuelo y Mourinho, de que detrás de los desmayos existe una patología.
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