Holanda recupera la autoestima competitiva y el buen juego con la llegada de Xavi. Él está feliz y se mimetiza con la cultura neerlandesa.

A Xavi Hernández (Terrassa, 46 años) siempre se le ha identificado por su defensa cerrada de la importancia del relato. La victoria no es suficiente para él, aunque sí imprescindible, y necesita añadirle cierto contenido simbólico. La pretensión que persigue es que sus equipos sean reconocibles y propositivos, dueños de la posesión y valientes en la presión. Con cambiante intensidad, ese propósito lo ha alcanzado en su estreno en el banquillo de Holanda. Dos victorias contra Serbia y sendos empates frente a Alemania y Grecia trazan un panorama esperanzador de cara al futuro en una selección que precisa legitimarse a sí misma tras años de zozobra. A primera vista, el encaje de Holanda y Xavi es el adecuado. Después de su salida del Barcelona y de dos años sin entrenar, el técnico priorizaba regresar al frente de una selección para poder compartir tiempo con su familia. Pudo ser Marruecos antes del Mundial, pero finalmente fue Holanda. No le importó ser la tercera opción, tras las negativas de Guardiola y Slot a Nigel de Jong, director deportivo de la federación, porque sabía que era el lugar idóneo para asentarse. “Me formé en la cantera del Barça, con una fuerte influencia de Johan Cruyff y Rinus Michels. Siento una conexión especial con el fútbol neerlandés. En cierto modo, podría decir que soy un hijo de su fútbol. En mi formación como jugador y entrenador, Van Gaal y Rijkaard desempeñaron un papel importante”, aseguró a su llegada, apelando al vínculo discursivo que le emparenta con la filosofía neerlandesa. Con ese mensaje quedaba clara su posición. La alusión tenía una carga de responsabilidad mayor. Xavi se alineaba desde el inicio con la idea de que el cómo es tan importante como el qué. Al triunfo se debe llegar desde el buen juego. El inicio alimenta la grata impresión que ha dejado y el feeling positivo que se traslada sobre el primer seleccionador extranjero en Holanda desde 1978, tras el austríaco Ernst Happel. Xavi ha sido atrevido en sus planteamientos, viéndose un 1-3-4-3 o un 1-3-2-4-1 en la construcción del juego; ha dado espacio a los jóvenes (Meerdink, Van Bommel o Zechiël); y ha sido capaz de corregirse a sí mismo con decisiones de banquillo relevantes durante el transcurso de los partidos. La jugada de los 30 pases en el gol de Zirkzee a Serbia en Eindhoven fue el sello perfecto al comienzo del idilio y la confirmación de que empieza a cumplir con su promesa. En su día a día, Xavi también empieza a mimetizarse con la cultura neerlandesa. La célebre rueda de prensa de su presentación, donde los periodistas se mostraron muy duros con De Jong, fue una primera toma de contacto que le sirvió para entender los códigos del sitio en el que aterrizaba. La franqueza con la que hablan no es una característica ajena a Xavi, que siempre ha sido sincero pese al posible coste reputacional para su imagen pública. Lo que ha empezado a cultivar es la autocrítica, una virtud que quizá le faltó en su etapa en el Barcelona. Xavi está feliz. Acompañado de su staff habitual —su hermano Óscar, el asistente Sergi Alegre y el preparador físico Pau Torres—, se empapó rápidamente de los entresijos del fútbol y del jugador neerlandés. Mantuvo reuniones telemáticas con el resto de los trabajadores de la federación y acudió a ver in situ partidos estratégicos. En Zeist, sede de la ciudad deportiva, a menos de una hora de Ámsterdam, instaló su campo base durante la concentración. El hotel está a diez minutos del campo, al que acude en bicicleta, y los entrenamientos ha resuelto cerrarlos casi en su totalidad para poder abordar la tarea táctica sin distracciones externas. De alguna manera, Xavi se está autovalidando en la consideración que tenía sobre sus raíces futbolísticas neerlandesas. Bajo este prisma, no es extraño que Xavi haya caído de pie. Se siente liberado del pasado y de un difícil período final en el Barcelona que, al margen de visiones revanchistas y personales, cuenta con un legado nada susceptible de controversia. Los títulos de Liga y Supercopa de 2023 y la apuesta por Cubarsí, Fermín y Lamine quedarán para siempre. Hay que darle valor por ello. Lo que parece obvio, a veces, no es tan obvio.