

La Cartuja refleja a un equipo aún con tuercas por apretar. La brillante versión del Bernabéu dista mucho de la de fuera de casa.
Hay un Real Madrid en el Bernabéu y otro, muy diferente, fuera. Capaz de ser tanto un huracán, como una lluvia tropical. Contundente, pero soportable. Hay un Real Madrid poderosísimo en ataque, pero con desconexiones en defensa. Que van más allá de los cuatro de la muralla; es una responsabilidad del bloque. Depredador con los colmillos de un dientes de sable y tendencia a desprotegerse en mitad de combates. Tal vez por confiarse. Este Real Madrid tiene dos caras. Resolución acorde a lo que es: un equipo aún en construcción. Una máquina temible, con tuercas por apretar. Imperfecta. En realidad, lo que más está llamando la atención en las primeras jornadas es la diferencia entre jugar en casa y hacerlo a domicilio. Que el nivel baja lejos de tu guarida es algo que sale en la enciclopedia de este deporte. Habitual, lógico. Pero la tripulación de Mourinho da una imagen muy diferente cuando navega en aguas ajenas. Tanto a la Real Sociedad, como al Málaga, le hizo cuatro goles. Sendas goleadas para ganar de manera plácida y agrandar la autoestima en forma de festín. De hecho, no todo es el gol. Más datos: en el Bernabéu está promediando 10 tiros a puerta y sólo recibe dos. Pero fuera de casa las cosas han sido muy diferentes. El estreno liguero, en Cornellà-El Prat, llegó a ser un dolor de muelas. Porque el dominio no se traduce al mismo idioma. La sensación es que el equipo fue mejor que el Espanyol y sin embargo, sudó tinta china para ganar. Dispara un tercio menos (7 entre los tres palos) y ha marcado seis goles menos. La pólvora se moja. Calada bajo el bochorno de La Cartuja, donde se quedó sin marcar, algo que es extraordinario: el Real Madrid sólo se había quedado a cero en uno de los últimos 24 partidos (el Clásico del 10 de mayo). Fuera de casa, además, le tiran el doble: cuatro por partido. Pero la lectura de las dos caras también se extrapola a las desconexiones defensivas. Porque realmente están siendo eso: desconexiones. Errores evitables y que por ende, duelen al cuadrado. El gol encajado frente al Espanyol fue una descoordinación entre Valverde −mayor responsabilidad− y la línea defensiva durante la marca a Calatrava. El encajado contra la Real Sociedad, una sucesión de faltas de contundencia −Konaté y Carreras− para frenar el contragolpe y anoche, en La Cartuja, un error de Valverde al perder la marca en el rechace del córner. No están siendo desajustes tácticos. No está siendo un equipo mal construido. Sino más bien fallos individuales que en contextos de goleadas pasan de puntillas, pero resultan especialmente dolorosos en marcadores ajustados. Y preocupan, especialmente, de cara a los partidos que vendrán, en los que no se permite el error, pues cometerlo te manda a la lona. Tuercas a apretar. Chispazos en los cables de una máquina que aún está en construcción. Y que ya sabe lo que es morder el polvo. De hecho, Mourinho llegó a bromear en pretemporada con que el equipo, realmente, tenía tres caras: “Fresco, cansado y supercansado”. Con el tiempo ha conseguido que esta última versión desaparezca. Es lo mínimo, en realidad; una vez que la pretemporada queda atrás y el trabajo físico debe haber dado sus frutos. Pero sí se sigue apreciando al Madrid “cansado”. Y en figuras concretas. Bellingham es una de ellas. Consecuencia inevitable de haberse incorporado a la pretemporada de los últimos, por el Mundial de Inglaterra. A partir del 70’, la gasolina entra en reserva. Y sin su carburante, se reducen las revoluciones. Es inevitable. Son detalles que aún no invitan a encender las alarmas. Ni siquiera las amarillas. Pero sí son sintomáticas de un proyecto que aún, lógicamente, no está en su cénit. Que debe seguir construyéndose. Este Real Madrid es feroz en ataque, genera una barbaridad; pero sus desconexiones defensivas generan cierto runrún. Son sus dos caras. Como la que demuestra en el Bernabéu, donde cuenta sus zarpazos por cuatro y fuera de casa, donde únicamente ha marcado dos goles. Y anoche, se quedó a cero. Tuercas a apretar en una máquina temible, pero aún imperfecta.
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