

Un golazo del gaditano coloca el 3-2 definitivo. Carvajal y Aguado, los otros goleadores castillistas. Antal y Koke Mota, los rojiblancos.
Bienvenidos a la locura. A un partido desbocado, feroz, memorable. A un duelo que abrazó el vértigo, que huyó del control. Que tuvo penas máximas y una alegría mayor, la de La Fábrica. El filial que dominó y que encontró el premio. Dentro de ese atrevido guion con cinco tantos. Las cosas no siempre son como comienzan, pero esta vez sí, porque terminó igual. De golazo a golazo. El de Carvajal, para empezar; el de Yáñez para terminar. Dos obras de arte emparedadas por todo lo demás. Y fue mucho. En realidad, todo se resumen así: fue un derbi. Uno que convirtió al Castilla en príncipe en la capital. Uno en el que el rock and roll empezó casi sin pestañear. Entre la lluvia, entre las novedades. Con un filial rojiblanco renovado, pues sólo Cubo estaba en el Madrileño el curso pasado. El resto, nueve refuerzos y un ascenso (Pablo Pan). Con ese regreso de Cestero que demuestra que lo ocurrido es pasado. Con ese trivote que formó junto a Thiago (partidazo) y Sergio Martínez con el que López de Lerma quiso dominar (de inicio). Con Ángel Carvajal de nuevo en punta. Su segunda titularidad por delante de Rachad... y su primer gran concierto. Porque en el 9′ se marcó un solo. La cerilla de un incendio que ya no se apagó. El Castilla golpeó primero y lo hizo gracias al del Barrio de Santa Ana. Fue una jugada de campanillas. Controló a 40 metros, arrancó, superó en potencia a la zaga rojiblanca y frente a Astralaga, a la red. Golazo. Sin dudar, como no hizo el curso pasado en su cesión en el Valladolid Promesas. Tanto marcó en Segunda RFEF (20 tantos) que debutó incluso en Segunda (otra diana). Por eso le recuperó La Fábrica. Y qué mejor día para empezar a recoger frutos que un derbi. El zarpazo despertó a un Atleti que hasta entonces había dormitado. Buscaron los de Torres algo más de presión, de verticalidad. Y encontraron alguna cosquilla a lomos de Sergio Díez y Kamata por el carril derecho. Aunque el Castilla tenía a dos inhibidores en la sala de máquinas: Cestero, director de orquesta, y Thiago, omnipresente. Se entienden, se nota. Y a dos versos libres como son Leiva y Yáñez. Amantes del regate, del fuera adentro. Dispararon el tensiómetro de la zaga visitante en un par de ocasiones. Todo delante de Mourinho y su cuerpo técnico, atento. O de David Villa, consejero del Atlético... y Sergio Ramos, visita sorpresa. El dominio era blanco, aunque Cubo avisaba con un ‘no tacón’ que, de conectar, era gol. Pero crecía un Thiago Pitarch que aparecía en área contraria y que probaba los guantes de Astralaga y con él seguía creciendo el Castilla. Tanto que se paladeaba el segundo. Se olfateaba. Pero lo que llegó fue el empate. De la nada, con un zapatazo de Antal desde 30 metros que iba a las manos de Mestre..., hasta que un toque en Mario Rivas lo convirtió en imparable. Y el jarro de agua fría pudo ser congelada, porque un trallazo de David García, de los mejores del Madrileño, se topó con la madera un suspiro después. La fina línea entre la alegría y la tristeza. Fútbol, ya saben. O mejor dicho, un derbi. Que siguió sumando ingredientes tras el silbatazo intermedio. Que entró en combustión en cuestión de minutos. Primero, con el 2-1. Un penalti que revisó y revisó el colegiado (seis minutos de FVS). Lo agarró Diego Aguado, tras forzarlo. Y lo ajustó tanto que los 190 centímetros de Astralaga no llegaron. Era el 61′ y en el 63′... ¡otro penalti! Con Aguado ahora como antagonista, derribando a Cubo. Con Mestre poniéndose la capa, pues adivinó y paró a David García. Pero Koke Mota fue más rápido que nadie. Tan rápido que en suspiro volvía el empate. Entre penas y alegrías máximas. Una locura eterna. Porque en el 71′, nuevo zarpazo. Ahora aplicando la ley Yáñez. Con una jugada que se sabe como si fuera su alfabeto personal. Conducción desde banda derecha hacia dentro, para tras abrirse, enroscar con la izquierda. Gol ‘made in Cádiz’. Un duende itinerante (dos goles en la Youth, dos con el Castilla, otro en la Intercontinental Sub-20). Un extremo con muchos colmillos. Y claro, ante ese contexto, el duelo se rompió. Mestre salvó el empate en un barullo. Los de Torres empezaron a empujar y la tensión se comenzó a disparar. Cambios, amarillas, interrupciones. Que hacían al reloj correr y al Madrileño desesperar. Que creaba espacios que Fortuny no convirtió en 4-2 al contragolpe de milagro. Pero con arreones con corazón como un testarazo de Vega que se topó de nuevo con un atento Mestre, otra vez. Con un gol de Ciria anulado por fuera de juego, con Astralaga buscando el empate en área rival, con Jorge Castillo perdonando el 3-3 en la última. No podía terminar de otra manera. Fue un partidazo. Fue el derbi de los derbis. Y en la locura, reinó Yáñez. ¡Diviértete cada día con tu pasión por el deporte! Descubre la sección de Juegos de AS y disfruta de retos entretenidos que, además, te ayudarán a mantener la mente activa. Juega aquí.
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