El salario mínimo apenas superaba los 500 euros, una camiseta rondaba los 70 y 45 millones bastaban para protagonizar el fichaje del verano. Veinte años des

Italia era campeona del mundo, el Barcelona acababa de levantar la Champions en París, Cannavaro se llevó el Balón de Oro y Zidane disputó el último partido de su carrera. Era 2006 y el fútbol se movía en unas cifras muy distintas a las actuales. Messi apenas tenía 19 años y Cristiano Ronaldo todavía jugaba en el Manchester United. Fuera del fútbol también era otro mundo. El salario mínimo en España era de 540,90 euros al mes, hoy se encuentra en los 1.221. El alquiler rondaba los 10,8 euros por metro cuadrado y ahora está en 15,1. Y el PIB por habitante —el valor de lo que produce la economía dividido entre la población— ha pasado de rondar los 22.000 euros en 2006 a 34.210 en 2025, último año completo disponible. También ha cambiado el valor del dinero. La inflación acumulada desde 2006 ronda el 52,6%, lo que significa que los precios, en conjunto, han subido durante estos veinte años. Por eso, 100 euros de 2006 equivaldrían hoy a unos 153. Dicho de otra forma: algo que entonces costaba 70 euros tendría que rondar ahora los 107 simplemente para costar, más o menos, lo mismo. 2026 también ha sido año de Mundial. Veinte años separan Alemania del torneo de Estados Unidos, México y Canadá. Y entre medias han cambiado los fichajes, las camisetas, los abonos, las entradas, los premios y hasta el tamaño del propio Mundial. En 2006, Andriy Shevchenko cambió el Milan por el Chelsea por alrededor de 45 millones de euros. Era una de las grandes operaciones del mercado y una cantidad récord para el club inglés. Veinte años después, esos 45 millones quedan muy lejos del techo del mercado. Este año, el Manchester City ha pagado 145 millones por Enzo Fernández al Chelsea. Y el aumento general de los precios no explica semejante diferencia. 45 millones de 2006 equivaldrían hoy a unos 69 millones, menos de la mitad de lo pagado por Enzo. Lo que hace veinte años era una operación récord hoy no alcanza ni para pagar la mitad de uno de los grandes fichajes del verano. Comprar la camiseta de tu equipo en 2006 tampoco era barato. La nueva equipación del Atlético rondaba aquel verano los 70 euros. Y había ganas de comprarla, el club acababa de fichar al Kun Agüero, que no tardó en convertirse en uno de los grandes reclamos de la afición. A finales de ese mismo año, el argentino concentraba el 40% de las camisetas vendidas por el Atlético, incluso por delante de Fernando Torres. Veinte años después, una camiseta básica de un equipo de Primera cuesta de media 88,52 euros. Pero el precio cambia mucho dependiendo del club. Las del Barcelona y el Atlético rondan los 110 euros, la del Real Madrid cuesta 100 y la del Deportivo, recién ascendido a Primera, 89,95. Y esos son los precios de partida. Ahora existen también versiones prácticamente iguales a las que utilizan los futbolistas sobre el césped. Solo cinco clubes de Primera las venden y su precio medio ronda los 150 euros. Después llegan el nombre, el dorsal y los parches: añadirlos puede elevar todavía más la factura. Con todos los extras, una camiseta puede superar los 200 euros. Pero hay que tener en cuenta la inflación para hacer bien la comparación. Los 70 euros de 2006 equivaldrían hoy a unos 107. Es decir, comprar entonces aquella camiseta del Atlético suponía para el bolsillo algo parecido a pagar 107 euros ahora. Por eso, la camiseta básica no se ha encarecido tanto como podría parecer al comparar simplemente 70 con 100 o 110 euros. La diferencia se hace mucho mayor cuando entran en juego las versiones de jugador, la personalización y los parches. Hay otro dato que ayuda a ponerlo en perspectiva. En 2006, un aficionado español gastaba de media 87 euros al año en productos relacionados con el fútbol, según un estudio de Sport+Markt. Hoy, esa cantidad está incluso por debajo de los 88,52 euros que cuesta de media una sola camiseta básica de Primera. Ir al estadio para ver un gran partido ya suponía un desembolso importante en 2006. En febrero de aquel año, las entradas para un Athletic-Real Madrid en San Mamés costaban entre 30 y 80 euros para el público general. En Champions, ver un Valencia-Roma se movía entre los 35 y los 65 euros. El Clásico ya jugaba entonces en otra dimensión. El Barcelona-Real Madrid del 1 de abril de 2006 reunió a casi 100.000 espectadores en el Camp Nou y la enorme demanda alrededor de estos partidos alimentaba también la reventa. Aquel mismo año llegaron a documentarse localidades revendidas por cantidades cercanas a los 1.000 euros para otro de los grandes encuentros disputados en el estadio azulgrana, el Barcelona-Chelsea de Champions. Veinte años después, ya no hace falta acudir a la reventa para encontrar cifras de varios cientos de euros. Para el Barcelona-Real Madrid del 25 de octubre de 2026, las entradas puestas inicialmente a disposición de los socios cuestan entre 476 y 999 euros, dependiendo de la zona. Y eso antes de entrar en el terreno VIP, donde las localidades alcanzan los 5.500 euros. El Clásico anterior ya había enseñado hasta dónde puede llegar el precio cuando la demanda dispara la venta. En el Barcelona-Real Madrid de mayo de 2026, las entradas convencionales terminaron agotándose y, en los días previos al encuentro, solo quedaban localidades VIP: la más barata partía de 1.750 euros, las VIP Premium comenzaban en 2.750 y las opciones más exclusivas alcanzaban los 12.500 euros. Aquel partido dejó además otro récord: el Barcelona facturó 16,4 millones de euros en una sola noche, la mayor recaudación de su historia en un encuentro. En medio de estas cifras existen iniciativas que intentan contener el precio para quienes acompañan a su equipo fuera de casa. La Grada Visitante de LaLiga fija en 30 euros el precio máximo de un cupo de entradas para seguidores visitantes. Pero no afecta a toda Primera: en la temporada 2025-26 participaron 14 de los 20 clubes. Entre los seis que quedaron fuera estaban Real Madrid y Barcelona, además de Villarreal, Real Sociedad, Espanyol y Rayo Vallecano. Y esos 30 euros tampoco son el precio general de una entrada: se aplican únicamente al cupo visitante de los clubes adheridos al acuerdo. La Champions tiene su propio límite. La UEFA obliga a reservar al menos el 5% del aforo para los seguidores del equipo visitante y esas localidades tienen un precio máximo de 50 euros. Una cantidad que contrasta con lo que puede costar comprar una entrada fuera de ese cupo. Hasta en una final existe esa diferencia. En la Champions de 2026, los aficionados de PSG y Arsenal tuvieron entradas Fans First por 70 euros dentro de los cupos de los finalistas. El resto de categorías oficiales subían a 180, 650 y 950 euros. El resultado son dos formas muy distintas de pagar por el mismo fútbol. Un aficionado visitante puede entrar por 30 euros en determinados partidos de LaLiga o pagar un máximo de 50 en Champions gracias a los cupos protegidos. Pero un socio del Barcelona que quiera comprar una entrada para el Clásico de octubre de 2026 parte de 476 euros y puede llegar a 999. En una final, la entrada alcanza los 950. Y cuando se agota la venta convencional y solo queda la oferta VIP, como ocurrió en el Clásico de mayo, la barrera ya no son los cientos, son los miles de euros. Si los precios que paga el aficionado han cambiado en veinte años, el dinero que mueve la Champions lo ha hecho a otra velocidad. El salto es todavía mayor cuando el dinero deja de salir del bolsillo del aficionado y empieza a entrar en las cuentas de los clubes. El Barcelona levantó la Champions de 2006 tras remontar al Arsenal en París. Aquella temporada, la UEFA disponía de unos 430 millones de euros para repartir entre los participantes. Entrar en la fase de grupos garantizaba 1,6 millones y cada victoria añadía 321.000 euros. Alcanzar los octavos suponía otros 1,6 millones, los cuartos 1,9, las semifinales 2,6 y ganar la final 6,4 millones. Sumando resultados, rondas y reparto televisivo, el Barcelona terminó ingresando alrededor de 31,5 millones de euros por conquistar aquella Champions. Veinte años después, la escala es completamente distinta. Solo clasificarse para la fase liga garantiza 18,62 millones de euros, casi doce veces lo que se cobraba por entrar en 2006. Y una victoria vale ahora 2,1 millones. Es decir, ganar un solo partido de Champions en 2026 paga más que toda la cantidad que recibía un club simplemente por participar en 2006. Y la cuenta no deja de crecer. Alcanzar los octavos supone 11 millones; los cuartos, 12,5; las semifinales, 15; y llegar a la final, otros 18,5 millones. El campeón añade 6,5 millones más por levantar la Copa. El PSG es la mejor muestra. El campeón de Europa de 2026 terminó recibiendo más de 140 millones de euros de la UEFA al sumar los distintos conceptos de la competición. El Barcelona había levantado la misma Copa veinte años antes con unos ingresos totales de 31,5 millones. El campeón actual se lleva más de cuatro veces lo que ingresó aquel Barça. Y detrás de esa diferencia hay una bolsa de dinero mucho mayor. La UEFA pasó de disponer de unos 430 millones de euros para repartir entre los participantes de la Champions 2005-06 a destinar 2.467 millones a Champions y Supercopa veinte años después. Dos Mundiales separados por veinte años muestran cuánto ha crecido el torneo. Alemania 2006 tuvo 32 selecciones y 64 partidos; el Mundial de 2026 pasó a 48 equipos y 104 encuentros. Son 16 selecciones y 40 partidos más. También hay mucho más dinero en juego. En 2006, Italia recibió alrededor de 16 millones de euros por ganar el Mundial. En 2026, el premio para la federación campeona rondó los 44 millones de euros. Además, cada selección tenía asegurados alrededor de 11 millones de euros entre participación y preparación antes incluso de disputar su primer partido. España terminó llevándose el título y una parte del premio fue para los futbolistas. Los internacionales habían pactado recibir el 45% de lo que la FIFA pagase a la Federación por ser campeona. El reparto dejó alrededor de 756.000 euros brutos para cada uno de los 26 jugadores. La comparación con 2006 deja un dato curioso. España cayó entonces en octavos, pero tenía acordada una prima de 540.000 euros por jugador si ganaba el Mundial. Italia, que sí fue campeona, pagó unos 250.000 euros a cada futbolista. El crecimiento del Mundial también llegó a la grada. En Alemania 2006, las entradas más baratas para la fase de grupos partían de 35 euros. Para la final de Berlín había localidades desde 120 hasta 600 euros. En 2026, el sistema ha sido muy diferente. FIFA aplicó precios variables dependiendo del partido, la categoría y el momento de compra. También habilitó entradas de 60 dólares para una parte de los cupos reservados a los aficionados de las selecciones clasificadas. Era la opción más asequible, pero representaba solo una parte de las localidades disponibles. Fuera de esos cupos, los precios alcanzaron otra dimensión. Para la final del Mundial, las entradas llegaron a situarse en varios miles de dólares, con localidades oficiales que superaban los 6.000 y categorías que llegaron a acercarse a los 8.000 dólares. No era reventa, eran precios dentro del sistema oficial de venta. La distancia con 2006 es enorme. Entonces, la entrada más cara para la final costaba 600 euros. Veinte años después, una localidad oficial para el mismo partido podía multiplicar varias veces esa cantidad. El fútbol de 2026 se parece poco al de 2006. Hay más partidos, más competiciones, estadios renovados, camisetas con nuevas versiones, premios mayores y un negocio que ha crecido hasta cifras que hace veinte años parecían difíciles de imaginar. Pero hay algo que no ha cambiado, para que todo eso exista sigue haciendo falta alguien al otro lado. El aficionado continúa comprando la camiseta, pagando una entrada, viajando para acompañar a su equipo y organizando su vida alrededor de un calendario cada vez más cargado. Es quien llena los estadios, quien convierte un partido en un acontecimiento y quien mantiene un vínculo con unos colores que no entiende de balances ni de premios millonarios. Porque ser aficionado nunca ha consistido únicamente en pagar. Hay una parte que no aparece en ninguna cuenta, las horas, los desplazamientos, los nervios, las derrotas, las celebraciones y esa costumbre de volver al siguiente partido pase lo que pase. Eso era igual en 2006 y sigue siéndolo en 2026. Lo que sí ha cambiado es todo lo que se ha construido alrededor. El fútbol es más grande, llega más lejos y genera mucho más dinero. Y cuanto más crece el negocio, más fácil resulta perder de vista a quien lleva sosteniéndolo desde mucho antes de que las cifras fueran estas. Veinte años después, en medio de todos esos millones, sigue estando el mismo de siempre: el aficionado que paga por vestir, ver y seguir a su equipo. Porque el fútbol puede cambiar de formato, multiplicar sus ingresos y hacerse cada vez más grande, pero sin alguien en la grada que siga queriendo estar ahí, las cifras valen bastante menos.